Esto creo, esto pienso

Tantos supuestos, para encubrir realidades

Por Rafael R. Ramírez Ferreira

El buen sentido; no la edad,

nos da la sabiduría.

Publio Siro.-

Tantos supuestos secretos que desde su inicio todos sospechan; tantas argucias, cómplices silencios y traiciones, mientras cuidadosamente observan cuál fruta madurará primero para colocarse debajo de ella o quedarse quieto en el medio, por si no logra llegar al manjar en su caída, y cual hiena mansa –que no las hay- dejar que el otro coma primero para después continuar ellos con las sobras, pero que les parecen una deliciosa exquisitez. Digo todo esto, para ver si le es familiar este comportamiento en alguien en específico o algunos de la misma calaña que por años se han mantenido en ese comportamiento camaleónico. A mí me pusieron esa tarea y solo me vino a la mente Maquiavelo y todas esas lacras políticas que imitan su comportamiento, arrastrándose como ratas en los oscuros laberintos de las traiciones e indelicadezas.

Extraño parecería que luego de tantos años, autoproclamados líderes que nunca han sido elegidos por méritos propios sino, cuando el dedo del “líder” adquiere movimientos mágicos y los señala, porque de lo contrario, ni sus familiares votan por ellos, sean precisamente quienes pisotean como si fueran cucarachas, a todos aquellos que poseen todo lo moral y real liderazgo que en estos elementos es invisible, porque siempre han carecido de ellos.

Cae la lluvia y el infernal ruido de la civilización se apacigua; y en estos tiempos de modernidad y avance tecnológico, donde cualquiera posee varias Maestrías y Diplomados, sin contar los Seminarios, me cuestiono si ante la pérdida de aquellas cosas morales y éticas que constituían la regla y no las excepciones, en realidad deberíamos valorar si debemos ser más apasionados con la vida y sus responsabilidades, que el mismo profesionalismo.

Pero lo cierto es que ya no sé si eso aún existe o son las brumas de la incredulidad lo que me acosa, porque en el diario vivir, poco a poco hemos notado el cómo las cosas cambian, en donde no hace tiempo hasta ser un regidor representaba lo mejor como persona que existía en el lugar y de la honradez siquiera hablar porque eran incuestionables, pero ahora, es lo peor lo que nos acosa y se regocija en el ambiente político, donde los papeles de fiscalizar en nombre del pueblo, que correspondía a los legisladores u honorables, simplemente ha desaparecido.

La Tiranía que hoy mal gobierna, nos ha llenado de estiércol, moral y éticamente, donde un funcionario “elegido” se convierte en un semi-Dios, nadie lo puede tocar ni lo ha tocado; en ocasiones son acusados de indelicadezas pero como por arte de magia las pruebas se convierten en meras acusaciones sin fundamento y así lo certifica la justicia, la misma que es nombrada por ellos mismos o por el Tirano. La cuestión es que muchos pretenden culparlos de esos males pero en resumen, son completamente inocentes, porque todos se ponen de acuerdo para jugar sucio cuando las cosas se ponen feas.

Pero son inocentes, porque solo existe un culpable de nuestras penas y desgracias y lleva por nombre “Pueblo”, ese conjunto amorfo que se ha acostumbrado a la dadiva y por eso permanece calladito y sumiso, sin querer entender que la caterva de políticos; partidos políticos y sus “afluentes”, están más que pasados de estar colocados en un tanatorio para su incineración, no vaya a ser que enterrados, puedan resucitar.

Porque este pueblo no quiere vigilar, supervisar los actos de estos esperpentos deformadores sistémicos de las realidades, con sus cínicas expresiones y jerga propia de un tigueraje “culto”. Supervisión es el premio a la excelencia y cuando no se ejecuta, simplemente se les envía el mensaje de has lo que te venga en ganas y es precisamente, lo que hacen los políticos. Por eso, al ser elegidos se consideran con mando para ordenar, para manejar autoridades militares y policiales, solo así se explica el comportamiento prepotente de estos señores en pueblos y ciudades, convertidos en ley y batuta, porque además, el Tirano se lo permite y el pueblo solo observa de manera cobarde y silenciosa. ¡Sí señor!

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