Cuando las fuerzas del Partido Comunista lideradas por Mao Tse-Tung ganaron la guerra civil en 1949, y el generalísimo Chiang Kai.-shek cruzó el estrecho de China  seguido por cerca de millón y medio de sus partidarios para establecerse en Taiwán, la República Dominicana contaba ya con 105 años de independencia. Con un territorio montañoso mucho más pequeño que el nuestro, apenas 36,200 kilómetros cuadrados, incluyendo las pequeñas islas sobre la que ejerce su soberanía, Taiwán era entonces apenas una provincia rebelde bajo la constante amenaza del gobierno de Pekín.

Sesenta y siete años después, los taiwaneses forman una de las naciones más prósperas y desarrolladas del mundo.

Para finales de la década pasada, el volumen del comercio de Taiwán alcanzó los US $ 496 mil millones, con exportaciones equivalentes a US$ 255,6 mil millones e importaciones del orden de los US$ 240.4 mil millones, para un superávit en la balanza comercial superior a los quince mil millones de dólares. Sus reservas de divisas a junio del año pasado, 2010, eran de más de US$ 350 mil millones, sólo superadas por China, Japón y Rusia, cifras que la colocaban en el puesto número 16 en el ranking de las mayores economías del mundo.

El desarrollo de esta pequeña isla del Pacífico Occidental, entre Japón y las Filipinas, se ha dado en una situación de peligro permanente con China Continental con más de 1,400 misiles apuntando todavía hacia sus costas, a pesar de los avances logrados en las negociaciones bilaterales que habían generado, al cabo de sólo dos años, a octubre del 2010, cuando estuve allí, catorce acuerdos en las áreas del transporte y las comunicaciones.

La educación ha jugado un papel fundamental en el crecimiento y desarrollo de Taiwán. En la actualidad, el índice de analfabetismo en la población mayor de 15 años es de menos de un dos por ciento, con inversión gubernamental en el área estimada en un 6.0 % del PIB y entre un 16 y un 20 % del presupuesto. Existen allí más de 160 instituciones de enseñanza superior, 147 de las cuales son universidades y colegios universitarios, con una población estudiantil estimada en más de 1,4 millones, 181 mil programas de maestría y 33 mil de doctorado.

El alto nivel de institucionalidad y el respeto a las reglas del juego, hacen de Taiwán uno de los lugares más seguro para la inversión, situación esta que le ha permitido escalar posiciones de liderazgo en el ámbito de la industria de la tecnología informática, con un asombroso crecimiento de empresas de tecnología de punta o de vanguardia. En los últimos años, con los auspicios del gobierno, Taiwán ha establecido más de cien centros de incubación de  negocios, en su mayor parte administrados por universidades, lo que ha facilitado el rápido desarrollo tecnológico del país.

Buena parte del éxito de Taiwán descansa en la posición que ocupa en los estudios globales realizados por instituciones y organismos internacionales. Por ejemplo, para comienzos de la década actual figuraba en el quinto rango de 50 países encuestados en cuanto al clima de inversión; en el 17 lugar en competitividad global de 134 naciones objeto de investigación y en el puesto 16 entre 82 países en lo que tiene que ver con mejor entorno comercial.

Un estudio sobre índice de competitividad de la industria de la tecnología informática realizado por la Unidad de Inteligencia de la revista The Economist, la situó en el lugar número dos entre los 66 países más avanzados del mundo. Su índice de presteza en la red alcanzó la décimo tercera posición entre 134 países encuestados, según el Foro Económico mundial, y otro estudio de la Unión Internacional de Telecomunicaciones de Naciones Unidas sobre el Indice de Desarrollo de Tecnología Informática y de Comunicaciones (2007-2009), la situó en la posición 25 entre 154 naciones. En el ranking de desempeño de E-Gobierno, un estudio de Institución Brookings  la colocó en la segunda mejor posición entre 198 países encuestados.

Las negociaciones con China Continental, iniciadas en el 2008 tras el regreso al poder del partido Kuo Ming Tan, bajo la presidencia de Ma Ying-jeou, culminaron con un acuerdo marco de cooperación bilateral puesto en vigencia en septiembre del 2010, que le han abierto las puertas a Taiwán al resto del mundo asiático, continente al cual pertenece pero al que ha tenido muy poco acceso debido al boicot de muchos años auspiciado por China comunista..

Recuerdo que Chao Chien-min, ministro encargado, del Consejo Continental que llevaba las negociaciones con China, me dijo en octubre del 2010, en una entrevista en Taipei, que las difíciles pláticas con el gobierno de Beijing habían dado resultados  debido a que el tema de la soberanía fue puesto a un lado, concentrándose en el ámbito de la economía y dejando para mejor momento el aspecto político de las dos China.

Durante mi visita a Taiwán, pude observar los progresos de la nación y los avances en el campo de la práctica democrática. Después de los duros sacrificios que la realidad internacional impuso a los taiwaneses, a tono con el crecimiento de la economía, el liderazgo político emprendió hace casi cuarenta años el ciclo de reformas políticas que generó una expansión económica sin precedentes, ubicándolo entre los países más prósperos del continente asiático, y que permitieron, además, sentar las bases de lo que es hoy una democracia firme.

En 1986 se puso fin a la Ley Marcial que suprimía los derechos constitucionales de los ciudadanos y se permitió la formación de nuevos partidos, abriéndose la Asamblea Nacional para dar paso a nuevos representantes de las corrientes políticas que habían nacido al amparo de los aires de libertad que soplaban ya sobre toda la isla.

Las reformas continuaron durante toda la década de los ochenta y en 1991 la Asamblea Nacional y el Yuan Legislativo quedaron remozados con la elección de representantes de las nuevas fuerzas políticas, poniendo término al reinado del Kuomintang que había gobernado a la isla desde la llegada del generalísimo Chiang, luego del establecimiento del régimen comunista en China continental.

Cabe destacar el extraordinario papel jugado en este proceso por el presidente Chiang Ching-kuo, hijo del generalísimo Chiang Kai Shek,  a quien había sucedido en el poder a su muerte.

Con uno de los más impresionantes desempeños económicos de las dos últimas décadas, Taiwán se ha posicionado como una de las democracias más sólidas y prósperas de Asia y un verdadero gigante a nivel mundial.

El aislamiento a que ha sido obligada, desde su salida forzosa de la organización de las Naciones Unidas como consecuencia del ingreso a la misma de China comunista, plantea a Taiwán muchos desafíos que deberá enfrentar en los próximos años, el más delicado de los cuales es, sin duda alguna, su relación con Beijing.

No es aventurado destacar, sin embargo, que los resultados de los acuerdos bilaterales  auguran un periodo de tranquilidad y cooperación, vitales para ambas naciones.

En mis conversaciones con funcionarios taiwaneses durante mi visita a Taipei, quedó de manifiesto su creciente interés de fortalecer los vínculos con nuestro país y el resto del mundo y su gran disposición a cooperar con el desarrollo de las naciones más necesitadas. Los dominicanos de mí generación y la que me sigue, conocen la importancia de la cooperación técnica taiwanesa en muchas áreas de nuestro desenvolvimiento económico, y muy especialmente en el área de la agricultura, como es, por ejemplo, el cultivo del arroz.

Durante mi visita a  Taiwán, muchos funcionarios me plantearon la importancia que para ellos tiene el que el gobierno dominicano le respalde en sus esfuerzos para ingresar a dos agencias de las Naciones Unidas. Chao Chien-min, entonces viceministro del Consejo de Asuntos de China Continental, me dijo que el respaldo dominicano y el de otros aliados con los cuales Taiwán mantiene vínculos diplomáticos son esenciales a la aceptación de ese país asiático por Naciones Unidas como miembros de pleno derecho en las agencias sobre el Medio Ambiente y el Transporte.

Dijo que la vuelta a la ONU sigue siendo un sueño de Taiwán. Esta nación se retiró voluntariamente del organismo mundial en 1970,  del que había sido socio miembro fundador, cuando se hacía claro que la inclusión de China significaría automáticamente su expulsión del organismo.

“Confiamos en que volveremos a ser miembros de la ONU”, dijo Chao al resaltar que para entonces no era posible, por lo cual su objetivo inmediato era  pasar a formar parte de la agencia de Naciones Unidas sobre aviación civil, como garantía de la seguridad aérea en la zona. El argumento a favor de este pedido es que por Taiwán pasan cada año alrededor de 300,000 vuelos, casi igual a la frecuencia área sobre Nueva York. “No se trata de un asunto político, sino un tema de seguridad”, expresó el funcionario taiwanés..

El gobierno de Taipei también confía en ingresar a la agencia sobre el medio ambiente de Naciones Unidas debido a los efectos del cambio climático sobre el país y la necesidad de atenuar los riesgos del fenómeno. “Si se nos deja fuera se estarían viendo nuestros esfuerzos como un tema político”, dijo.

Desde cualquier ángulo que se le vea o juzgue, Taiwán es, sin duda alguna, un ejemplo para naciones como República Dominicana y la sola comparación de los indicadores económicos, algunos de los cuales hemos citado, serían suficientes para demostrarlo.

Todo esto induce necesariamente a la pregunta ¿qué explica el enorme desarrollo económico y cultural de una pequeña isla como Taiwán, conocida también como Formosa, en medio de una constante amenaza foránea y condiciones geográficas inferiores a la nuestra y al mismo tiempo el relativo desarrollo que nosotros, los dominicanos, con mejores condiciones, hemos alcanzado en un plazo muy superior?

Creo que nos ha faltado visión de largo plazo y vocación para concertar compromisos duraderos. Diferente a lo que hicieron los taiwaneses, cuando les llegó el momento de asumir grandes decisiones, nos faltaron fuerzas y voluntades para hacer lo que era necesario en el instante preciso. Todavía hoy nuestras diferencias pueden más que nuestras coincidencias, a despecho de que parecen más las últimas que las primeras.

El progreso, escribió Oscar Wilde, no es más que la realización de las utopías. En este país, el problema estriba en nuestra imposibilidad de impedir que las utopías de largas horas de ensueño no trascendieran más allá de los límites de la poesía.

El ruido de nuestras discusiones ha dejado sordos los oídos de la nación  para escuchar la llamada de la oportunidad que tantas veces ha pasado por nuestras puertas sin llegarnos a percatar de su presencia, permitiendo así una y otra vez que se alejara de nosotros.