Las palabras que vienen como chorros, te caen, de pueden moler o demoler, pero siguen. Todo mundo se queja pero poca gente se piensa desde la potencia que da ser “ser humano”. De este “ser” a ser sujeto, persona, más allá del “ciudadano”, va quedando poco trecho.

Ya sabemos aquello de la cultura de la queja, de que mejor mañana que hoy, de que una basurita en el suelo no se notará si estás en un estadio, de que si me pongo delante, ¿por qué no?, si siempre habrá alguien delante.

Voy a lo que podría ser lo más evidente pero que simplemente no lo es: a la responsabilidad de la persona, al apartarse de los lanzamientos bruscos cuando en el fondo eres tú mismo parte de esa máquina infernal que devora ciudades, espacios, lugares, es decir, el hábitat, es decir: tú, yo mismo.

Nos reconocemos en esta vorágine del capital, en esta cultura donde el i-pad y el whatsapp y el twittter arrinconan la inteligencia, los sentimientos, la voluntad. Vivimos en medio de una cárcel facebookera, donde te reclaman “i like”, notas, aclaraciones, juegos infantiles, “adivine adivinador”, y tú sin poder salir de la pantalla, con todo a ley de un simple desliz de su índice. Controlamos el mundo desde la cama si es que alcanza el wi-fi. Siempre que te levantas hay un botoncito para pulsar, sea la compu, la máquina de café anunciada por Clooney, los zapatos de no sé qué marca que te darán una seguridad de Hércules, algún comentarista radial con su máquina esquiza, brincando de Oliver Cromwell al descubrimiento de la Penicilina, intercalando una frase de Osho con el posible resurgimiento de Maridalia Hernández, mientras las sillas de plástico se despedazan en convenciones, reuniones, y los funcionarios aquellos, insaciables, faltándole manos para meterse tantos millones en los bolsillos mientras te exaspera más que nunca la vocesita ya no tan melíflua de su Reverencia o el mismísimo Alcalde, el papá de Robertico, ay, abismo trágame.

¿Y qué queda del sujeto?

¿Qué pasa con el lector, el caminante, el que se encontraba con alguien al menos los fines de semana, al menos para ver un partido de los Yankees o los Dodgers o para comerse algún arrocito o comerse una galletica de las buenas?

Ubiquémonos: la humanidad insular cambió las conversaciones por el chateo, el ron por los vinitos, las comidas por la degustación de quesos y los cumpleaños por los mortuorios, las giras a la playa por el perderse en Fontainebleau –el francés o el miamense, da lo mismo-, las postales por la foto en el pub donde todos estábamos tan pero tan felices.

Todo esto es comprensible hasta un punto: hasta ese en que nos quieren confundir un jalao con un palito latigoso o un White Label con un Single Malt.

Si: hasta ese momento en que la queja no es más que la excusa para no asumirse, para esquivar las responsabilidades, para buscar falsos u otros culpables.

A mis amigos les preguntaba por el último libro leído, el último paseo. Mejor no recordar. Los libros se esfuman. La ciudad se deshace. Los profesores no leen. Los intelectuales no leen –si no es que Vargas Llosa les tira alguna piltrafa para que se entretengan-.

Tengo ya veinte años celebrando la “Fiesta del libro” en el espacio de Santo Domingo y ya me he convencido de que sólo los elegidos dejarán caer sus huesos, porque es mejor meter libros en el carrito junto a libras de ñames y plátanos, porque es más saludable recibir la aprobación de algún intelectual detrás de la neverita o la mesa de canapés que buscar parqueo o tirarse a pie hasta el Cementerio de la Independencia, el Parquecito de los poetas o en medio del ruido de la Mercedes con 19 de Marzo, y horror, mejor las cámaras que la dureza de los bancos.

Pero estos vacíos no me cansan ni esos vértigos me harán sucumbir en el convencimiento de que la ciudad la hacemos nosotros, de que nosotros somos la ciudad, de que la queja te puede aligerar pero que no te llevará a nada, de que hay que ser feliz con lo poco y si lo mucho viene, que venga, que no se detenga, pero mejor quedémonos con esas “pequeñas alegrías” de las que hablaba Herman Hesse, esa que no necesita  constancia de nada, que se da porque se da, y mejor los abrazos así que los reportajes de los blogueros o los miles de likes o de twitts.

Todo a su tiempo pero también todo en su tiempo. Es como comenzar con el Eclesiastés –cuando dice que todo tiene su tiempo-, seguir con el Bhagavad Gita –cuando habla de Arjuna y sus guerras y los tiempos del Khali yuga, la era de riña e hipocresía-, aderezándole una canción de Cat Stevens –“How can i tell you”-, y acabar mirando fotos de mis dos sobrinas tan bellas, la Julia y la Ema.

Ya vuelvo a Mario Benedetti en “El cumpleaños de Juan Ángel”:

La ciudad del sol está vacía
y no me lo perdono
porque soy yo quien debo llenarla de presencias
yo quien debo desmantelar soledad tras soledad
convertir lo remoto en perentorio
lo poco en mucho
lo desgarrado en continuo
está vacía porque yo estoy vacío
pálido cenizo resurrecto para qué
porque yo estoy vacío
porque desvanezco las turbias presencias con la sola excusa de su turbiedad
y no me lo perdono