Hay dos recomendaciones que algunos amigos, familiares y allegados me han hecho siempre: la primera, que no ventile tantas «verdades» abiertamente; la segunda, que no comente e intercambie opiniones en las redes sociales, y que solo me limite a publicar las tiras.

Sobre la primera, yo hace tiempo que me cansé de este "chivismo ilustrado", de este estado constant

e en que nos encontramos los dominicanos de paranoia, de miedo subrepticio que hace que temamos, muchas veces, a ser rechazados por decir lo que pensamos y lo que sentimos acerca, por lo demás, de nuestras verdades sociales tan evidentes y obvias; tan rudas y concretas como «paquetazo tributario». Hemos creado una inmensidad de tabúes fatuos, anquilosantes e hipócritas que contribuyen a la degradación de nuestra sociedad. Por ejemplo, mucha gente dice que no hay que discutir ni de política ni de religión; no estoy de acuerdo. Creo que dos aspectos tan gravitantes en nuestro devenir merecen ser debatidos en forma llana, diáfana y transparente.

Sobre lo segundo, si bien es cierto que Incómica prefiere expresarse a través de imágenes, no menos cierto es el hecho de que estos tiempos dejaron de ser hace rato verticales, más ahora con el auge de las redes sociales. Creemos que la gente también desea conocer otros aspectos y opiniones de los creadores, de tal suerte que haya ahora una relación más horizontal —tipo misionero (?)—, y estos medios digitales son la panacea que ni en sus mejores tiempos los «nostradamus» pudieron imaginar… Esto evidentemente tiene sus riesgos, ya que pueden darse malos entendidos. Pero las opiniones son como los culos, todos tienen uno. A mi particularmente no me interesa imponer una verdad, ni dar sermones ni nada que se le parezca. Creo en la disidencia y en la discrepancia como motores del desarrollo humano y por ello nuestra frase insignia es aquella que se le atribuye, erróneamente, al gran Voltaire: "No estoy de acuerdo contigo, pero defenderé tú derecho a expresarte". Es en base a esto que en nuestra página web no se editan, borran o moderan los comentarios; y, en ese reconocimiento, va implícito, de manera extensiva, nuestro derecho a la crítica y a la disensión de opinión.

Déjenme contarles algo. 

Mi psiquiatra me recomendó, como terapia, que canalizara mi rabia a través del arte, al verme consumido por la indignación «por el asco que da mi sociedad». Él ahora no está muy contento, porque ya no voy a sus sesiones y ha dejado de cobrar sus honorarios. Esto, señores, lo hago gratis desde hace año y medio atrás… Y hay otras razones para ello. 

Tampoco digo que en algún momento mi trabajo en Incómica no pueda significar un ingreso remunerativo, pero ello no debe ser a costa de prostituirme y dejar de lado los principios con los que alguna vez mi boca se ha llenado, y los criterios profesionales y humanos que han regido a Incómica en este tiempo. 

Y ojo, que tampoco me interesa mostrarme como un dechado de virtud. Si hay algo que en tal caso haya que mostrar, es nuestra humanidad llena de aristas e imperfecciones.

Yo trabajo para ganarme el sustento mío y el de mi familia, y el de las «botellas», «comecheques» y «tinacos»; y paso, como muchos otros dominicanos, "las de Caín" para pagar las cuentas a fin de mes, a tal punto de convertirnos en expertos de la «elongación de la billetera», para beneficio de esos que practican la «elongación testicular».

Déjenme contarles otra cosa.

Previo a las elecciones se acercaron a mí personas vinculadas a los sectores políticos tradicionales… Esos mismos amigos, que tan prestos están a aconsejar, me mandaron a hablar con ellos. Al final yo no quise y me hice el loco, porque sabía cuál era el propósito.

Pero aun habiendo mucha necesidad, me asquea tremendamente el estado actual de situación de mi país, en donde pareciera que hay patente de corso para asaltar descaradamente, invocando los más bizarros, deleznables y ridículos argumentos.

Entre tanta podredumbre, aún hay esperanza —no pendeja— y vemos gente que finalmente se alza indignada a voz en cuello.

Y a pesar de tan cruda realidad, aún vemos nacer milagros a diario, como las sonrisas de luz en la infancia curtída y pedigueña que deambula en las esquinas de nuestras ciudades y que ha sido olvidada por esos hijos de putas. Y me avergüenzo, ante esto, de caer a veces en el desánimo y la desesperanza, cuando en realidad debo considerarme un privilegiado.

Siempre oigo esa maldita frase: "La necesidad tiene cara de hereje", a la que me gusta agregar "y la dignidad cara de príncipe"… Hemos aguantado lo indecible. Antes y durante.

Una vez más, he hecho caso omiso a los consejos de mis amigos…

INCÓMICA NO SE VENDE NI SE ALQUILA.

QUE OS DEN POR EL CULO.