Cómo escapar al bombardeo informativo que nos ahoga en estos días de guardar, días largos, con más angustia que gracia, días que se suceden unos a otros sin final feliz, sin final a secas. La respuesta aparece en forma musical:

 

A orillas del río Bravo, hay una linda región

con un pueblito que llevo, muy dentro del corazón,

mi Matamoros querido, nunca te podré olvidar,

mi Matamoros del alma, nunca te podré olvidar.

 

Es el himno que Rigo Tovar le dedicó al lugar que lo vio nacer, un 29 de marzo de 1946. Ciudad heroica y leal, según los historiadores, aunque para el fuereño, para el visitante promedio, sea un lugar feo y olvidable, lleno de maquiladoras y calor pegajoso, un lugar de paso hacia el «progreso dolarizado» del impertinente imperio.

Sin embargo, tiene un rinconcito de playa salpicada por el Golfo de México y tiene a Rigoberto Tovar García, que lo inmortalizara en esa nostálgica canción. Porque la leyenda cuenta que, mientras estaba en Houston, Texas, trabajando en lo que fuera (tapicero, ayudante de mecánico, vendedor en una farmacia, mesero) él así calmó su tristeza…

Escucharlo ayuda a combatir la depresión por tanto encierro, aseguran sus fans: Ahora que siento que ya estoy cansado, que me estoy muriendo, que estoy acabado, decía en Mi testamento, hasta que el 27 de marzo de 2005, la muerte llegó sin recato alguno. La noticia sacaba lagrimas: luego de un largo calvario de enfermedades y adicciones (requisito de toda estrella digna de tal nombre) el Sirenito moría en la ciudad de México y su familia, (sus familias), se miraba feo en el funeral, reclamaba, exigía, amenazaba…

Quince años después, ¿la gente lo sigue recordando? Ni duda cabe: marcó una época, como diría el lugar común, pues su música no era sólo cumbia, tenía un sabor diferente, era un ritmo innovador que aprovechaba los teclados Yamaha, las guitarras eléctricas, el sonido «disco», la influencia del rock, para hacer vibrar a las multitudes. Por eso se vestía todo de negro (Ray-ban incluidos) como si dirigiera a los Scorpions, como si fuera uno de los cuatro de Liverpool y no el mero mero de los Costa Azul.

Los críticos podrán alegar que sus letras son simples, casi inocentes, pero tan contagiosas como el virus que hoy nos quita el sueño y tan auténticas, como las ganas de bailar que nos dan al escucharlas. No importa que Rigo también cante al desamor y a la revancha (no que no, ibas a llorar por mí, cuando estuviera lejos de tí) es una tristeza guapachosa, un despecho sonriente, si se me permite el oxímoron.

Algunos como Beto Arcos, mencionan que Rigo se sentó en la silla del ídolo popular, vacante desde la muerte de Pedro Infante. Otros recuerdan que convocó a más personas que el papa. El hecho sucedió en Monterrey, a principios de 1979. Muchos y muchas (seamos políticamente correctos) llegaron al lecho seco del río Santa Catarina, para ver al vicario del divino y soportaron un frío del demonio que no se fue ni con las bendiciones de Juan Pablo II. Pasaron los días y en ese mismo sitio, la gente llegó, se juntó, se empujó, se estrujó, se emocionó, para bailar con su música. «Que la gente tenga más ganas de bailar que de rezar no le sorprende a nadie, pero quien convoca a una multitud del tamaño de la que se reunió en Woodstock, sea un tipo que canta su amor a Matamoros es nostálgica vanidad», menciona Elda L. Cantú y yo, nomas asiento y le doy toda la razón.

Mientras preparo este texto descubro no sólo le cantó al amor y a sus sinsabores, sino que también  habría lanzado pases de futbol. En efecto, para el mundial del 86, exhortaba al equipo mexicano al ritmo de: « pónganle crema a sus tacos, muchachos, que hay que ganar el mundial». El uso de palabras como portería, triunfar, escudo, fuerza colectiva, gol, sirvieron de poco a la hora patear los penales y se inauguraba la triste tradición del «ya merito» pero esa, es otra historia.

Su mayor éxito, que no el único, es El Sirenito, en el que se conjugan ritmo y fantasía verbal. Rigo que pide disculpas por ‘ser tan guapo’, sabe que su galanura trasciende a las mujeres, pues hasta una una sirena acapulqueña caerá rendida ante sus encantos. ¿Cómo le hizo para reescribir el mito de la mujer-pez; tan temida por Odiseo, que para escapar de su hechizo se pone cera en los oídos?, mientras que el orgullo de Matamoros, no tuvo empacho en acariciarle las escamas, pese a que después fuera acusado ante la corte de Neptuno de comérsela en un Viernes de Dolores. Por suerte, la susodicha aparece y cuenta toda la verdad: «tuvimos un sirenito, justo al año de casados, con la cara de angelito, pero cola de pescado…». Simplemente genial.

Nunca tuve la fortuna de verlo cantar en vivo, es más, ni siquiera lo recordaba cuando llegué por primera vez a Matamoros, hasta que en la carretera que viene de Reynosa, me sorprendió su estatua de bronce, hechura de un italiano y producto de miles de llaves que la gente dio con entusiasmo. Esa calle, cuyo nombre es…Entonces supe que él si era profeta en su tierra, tenía que serlo, pues puso en el mapa a un lugar antes invisible.

La ciudad por su parte, no se cansa de rendirle homenajes y hasta museo le puso. Un sitio que quisiera visitar, pero con eso de la cuarentena me conformo (es un decir) con ver unas pocas imágenes en internet. Se encuentra en medio de un parque llamado Olímpico. Hay una figura de cera, fotos de sus conciertos, de la ropa que usaba en sus bailes y supongo (exijo) que sus cumbias se confunden con el calor insistente…Mi Matamoros querido, nunca te podré olvidar; nosotros, tampoco Rigo.