El azulejo es una pieza de cerámica de poco espesor, con una de sus caras vidriada como resultado de las altas temperaturas a que es sometida y que se ha esmaltado haciendo que se torne impermeable.
La elaboración de esta pieza permite que se pueda dibujar y colorear un diseño.
El carácter impermeable permite que se pueda utilizar para la ejecución de murales expuestos a la intemperie.
Descripciones como estas parecen tontas al profano y en ocasiones hasta necias por su aparente o escasa importancia.
Así es como algunas personas tienen la creencia de que las artes plásticas sólo sirven para decorar o para que los espacios habitados por humanos se vean más “bonitos”.
Eso pensé cuando, al término de una reunión que se dio hace algunos días, intervine al final de la misma para referirme al desastre que se está haciendo con las esculturas de la ciudad.
Sólo había comenzado a hablar cuando la mitad de los concurrentes se estaba poniendo de pie y preparándose para retirarse.
Algunos días más tarde leí una noticia que me confirmo en mi creencia de que las obras de arte no se realizan con el fin de decorar espacios habitables ni para que se vean bonitas.
La noticia que leí en un importante diario nuestro se refiere a la más reciente tragedia sucedida en la Catedral Metropolitana de San Salvador, en El. Salvador.
Se refiere a la obra del Artista Fernando Llort, que es figura emblemática de su país y quien realizó un mosaico compuesto por miles de azulejos que componen la pintura de la fachada de la mencionada catedral de la capital de El Salvador.
La catedral de San Salvador es un templo importante por varias razones, algunas trágicas como la edificación que se hizo en tiempos de la colonia que fue destruida por un terremoto en el final del siglo XIX.
El templo que está hoy en pie y que hasta el año pasado ostentó como gracia divina el mural de Fernando Llort en su fachada fue consagrado en la década de los setenta por el Arzobispo Oscar Arnulfo Romero.
Obispo que fue asesinado en 1980 cuando oficiaba una misa en la capilla del hospital de La Divina Providencia de aquella ciudad de San Salvador. Los restos de Monseñor Romero descansan en la Catedral, cuya fachada transformó con su arte el artista Llort.
El mural que renovó la imagen de aquella conocida Catedral de San Salvador se compone de un mosaico de azulejos que desde los años setenta destacaba con un toque vernáculo y verdadero sobre la falsa arquitectura llamada ecléctica, con sus tres mil azulejos de cerámica dibujados y pintados por el artista.
Se tiene registrada una frase dicha por Monseñor Romero en una de sus homilías:
“La misión de la Iglesia es identificarse con los pobres, así la Iglesia encuentra su salvación”.
Quizás dijo lo mismo en un lenguaje muy especial del arte el pintor y artesano Fernando Llort, por lo que aquel mural portentoso fue pasto de la piqueta por orden de la jerarquía que hoy orienta a los católicos de El Salvador.
El artista que pinto el mural que fue destruido por la jerarquía de la iglesia Católica se da también como artesano y algunos dicen que en esta mezcla con el mundo de la artesanía es que se produce un encuentro entre su universo de hoy con sus antepasados indígenas.
Es importante en el desarrollo de la obra de Llort una visión de la sociedad que le permitió mezclar su pasión por la artesanía y la integración que logró con los habitantes de una localidad salvadoreña llamada Las Palmas, en la que pudo lograr un trabajo colectivo y la creación de un taller que llamó Semilla de Dios. Lo que dio lugar a un trabajo en equipo y a la creación de una cooperativa que terminó beneficiando a la colectividad del lugar.
La pregunta que debemos hacernos es ¿Por qué se ordenó destruir esta obra importante, que es quizás tanto o más que la arquitectura del templo?
La respuesta está en los niveles de importancia que adquirió el martirio de Monseñor Romero y el paralelo que supone en el lenguaje de símbolos la obra de aquel artista que nos enseña a respetar a los marginados.
Los dominicanos tenemos más de una experiencia en este tipo de agresiones al colectivo desde una autoridad ejercida con arbitrariedad.
Para muestra tenemos el traslado de las esculturas de Antonio Prats que estaban expuestas en el exterior del “remodelado” Palacio de Bellas Artes en tiempos del gobierno de Balaguer, quien se hizo responsable del traslado alegando que el mismo escultor quiso evitar que se expusieran porque no les gustaban.
Tenemos la sustitución en una época más reciente del mural del artista Silvano Lora, en la universidad del Estado, que fue una disposición oficial para beneficiar económicamente a un autodenominado pintor que anda por ahí haciendo y deshaciendo.
O el embadurnamiento de que es objeto el bello Monumento que es homenaje al tratado Trujillo Hull que tanto ha preocupado al arquitecto nuestro que ha estrenado una novedosa y efectiva forma de protesta.
El 3 de enero apareció en un periódico salvadoreño unas declaraciones del artista Fernando Llort:
“Dijo no sentirse satisfecho con las explicaciones ofrecidas hasta el momento por la iglesia y exigió una respuesta más seria y coherente sobre la remoción de su obra.
“Pidió a la iglesia que le entregue los escombros para hacer una obra homenaje a los artistas y artesanos”.
Iglesia salvadoreña justifica destrucción de mural y pide perdón a artista