La semana pasada se llevó a cabo una de las conmemoraciones cristianas más significativas de todo el año; reconocida y aceptada en gran parte del mundo civilizado. La Semana Santa es el litúrgico reconocimiento de la pasión, muerte y resurrección de Jesús de Nazaret; el personaje más controversial e influyente de la historia y el más estudiado en casi todo el mundo. La Semana Santa va precedida por la cuaresma, que finaliza con la semana de pasión la cual concluye con la conmemoración de la Resurrección en la vigilia pascual durante la noche del sábado santo al domingo de resurrección.

Ante todo esto, es preciso preguntarnos ¿Qué hizo que Jesús se convirtiera en el ser más extraordinario de todos los tiempos al punto de elevarlo al grado de Salvador de toda la humanidad? La respuesta no resulta fácil, pero es racionalmente deducible. Aceptar lógicamente la condición de Mesías en Jesús implica descartar toda comparación que pretendiera hacerse con otros personajes de la historia, pues Jesucristo lleva consigo ciertas particularidades que no solo lo hacen único, sino que lo convierten en un ente transformador al través de las generaciones. Por ello, para entender las dimensiones humanas de Jesús el Cristo debe analizarse su figura en los dos planos en la que se desenvuelve su emblemática personalidad, los cuales se extienden desde el plano histórico, (existen contadas evidencias) hasta el plano puramente religioso, el cual, al momento, no debe considerarse como resueltamente mítico. En este primer artículo nos dedicaremos, sin caer en la pretenciosidad, a reflexionar acerca del Jesús histórico.

El estudio histórico de Jesús de Nazaret presenta serias dificultades debido a la carencia de testimonios o documentos fidedignos que arrojen luz acerca de su existencia. Sin embargo, la historia no se concretiza con la sola palabra escrita, sino también puede representarse a través de elementos iconográficos, objetos, y hasta esculturas con valor en el tiempo. Lo que sorprende de Jesús es que habiendo sido un personaje que convocara en sus discursos, todos muy sencillos y concisos, a miles de seguidores, no haya habido nadie, fuera de los redactores de los evangelios, que se interesase en escribir acerca de semejante líder. No hubo un escritor que escribiera de él, tampoco un escultor que encontrara en Jesús la inspiración para esculpir su figura; en definitiva, nadie le prestó atención al maestro que, en tiempos donde no existían medios comunicación masivos, congregaba a miles y miles de personas solo para escucharle hablar o recibir de él alguna providencia.

Injusto sería omitir las escasas referencias, no cristianas, que algunos historiadores han hecho sobre Jesús. Entre ellas se destaca la de Flavio Josefo, historiador de los años 30 después de Cristo, quien se refiere a Jesús como un hombre sabio y hacedor de milagros. Igualmente se cuenta con la carta que le enviara Plinio el Joven al emperador Trajano para referirse a los cristianos como personas que se declaran inocentes de hacer algún mal, ya que lo único que pretenden es elevar cánticos a Cristo, semejante al que se le dedica a un dios. Igual que las precitadas referencias, se cuenta con las hechas por Tácito y Suetonio, pero que no dejan de ser señalamientos breves e indirectos de Jesús.

La explicación a la insuficiencia de documentos o elementos históricamente valederos al respecto de la figura de Jesús puede ser la posible irrelevancia que cobró el Mesías mientras duró su ministerio público. Con Jesús de Nazaret pudo suceder, como ha sucedido con otros personajes de la historia, que el tiempo posterior a su muerte obrara el milagro de eternizar su mensaje y con ello su ya infinita figura. Algunos prefieren recurrir al criterio de que Jesús, antes de ser un hombre excepcional que gravitó itinerante portando un mensaje de renovación y paz, no fue más que un invento circunstancial para justificar un movimiento renovador. Sin embargo, el planteamiento de su inexistencia resulta más extremista que el de aquellos que sostienen lo contrario, y al momento de ponderar posibilidades es más racional aceptar la idea de su existencia.

Otro de los grandes misterios que cubre la figura histórica del Mesías son sus años de adolescencia y juventud. Respecto a esa parte de su vida terrenal no se conoce nada a excepción de la breve aparición que hiciera en el templo después de transcurridos 3 días de perdido al pendiente de sus padres; el niño reapareció conversando con los doctos del templo asuntos propios de la teología de la época. Aparte de aquella fugaz mención, no existen ni referencias cristianas ni referencias históricas de la vida del joven Jesús, ni mucho menos de sus actividades rutinarias.

El perfil histórico de Jesus de Nazaret, como podrá apreciarse, resulta ser más enigmático que el Cristo mesiánico debido a la carencia de elementos históricos que esclarezcan su figura y a la ausencia total de más de la tercera parte de sus años de existencia. No obstante los hechos son más elocuentes que las palabras, y a pesar del vacío que arrastra su historia, Jesucristo jamás podrá ser separado de la obra más trascendental de su vida como hombre en la tierra: Revolucionar al Género Humano.