Naci en los últimos días de la era de Franklin Roosevelt, el cual era más popular en Cuba que los más reconocidos políticos cubanos. Aún antes de estudiar y luego enseñar historia de Estados Unidos, residiendo ya en ese país, puedo recordar impresiones que, sin proceder de los libros de historia y los textos escolares quedaron grabadas en la memoria. Compartiré algunos en los umbrales de la era de Trump.

Las memorias acerca de Roosevelt son para mí simplemente el recuerdo de comentarios en mi casa con posterioridad a la muerte del archifamoso estadista. Para mis abuelos su filosofía acerca del asunto era algo así como Dios en el cielo y Roosevelt en la tierra.

Pero pasaron los años y recuerdo la era de Harry Truman y un famoso viaje del presidente Carlos Prío a Washington a entrevistarse con el mandatario estadounidense. En la escuela dominical nos recordaban a cada rato que Truman era, como nosotros, bautista. Era demasiado jovencito para tener muchos recuerdos de la política. Lo que conozco procede de libros y conversaciones.

De la era del general Dwight Eisenhower se comentaba que podía pasar legislación gracias a los demócratas del sur aliados a los republicanos en importantes temas nacionales e internacionales. En aquellos lejanos días, mi padre decidió que debía aprender inglés y leer la revista TIME con la ayuda de un diccionario y de un maestro particular. Era un período en el cual los estudios del idioma inglés, en la patria de José Martí, se iniciaba con una lección que incluía lo siguiente: “Tom is a boy and Mary is a girl”.

Ningún cubano ignora ciertos datos de la era de John F. Kennedy, primer y único católico en ejercer la primera magistratura del país. Asistía dominicalmente a misa como su predecesor Eisenhower concurría fielmente al culto del domingo en una iglesia presbiteriana a la que le llevó su secretario de Estado John Foster Dulles. Kennedy asumió valientemente su responsabilidad en el fracaso de la invasión de Bahía de Cochinos, pero logró un gigantesco logro al evitar la Tercera Guerra Mundial durante la llamada “crisis de los misiles”, o “los trece días que conmovieron al mundo”, que pudo tener mayor impacto que “los diez días que conmvieron al mundo” del libro de John Reed sobre la revolución de octubre en Rusia, que realmente ocurrió en noviembre según los calendarios de Occidente.

De la era de Lyndon Johnson recuerdo sobre todo la aprobación de los derechos civiles, gran logro de su administración, así como la legislación de Medicare o atención médica, de la cual actualmente me beneficio personalmente. Gracias presidente Johnson. Por otra parte se recuerda intensamente la guerra de Vietnam, gran fracaso de la política exterior norteamericana.

Ya había completado mis estudios formales de historia norteamericana cuando se produjo la era de Richard Nixon, de la cual, injustamente, muchos solo recuerdan Watergate, es decir, el gran error de Nixon. Pero fue también el período en que se terminó con la guerra de Vietnam. Curiosamente, ni el bautista Truman practicó el Sermón del Monte cuando lanzó la bomba atómica en Hiroshima y Nagasaki, ni Nixon, nominalmente cuáquero, practicó como los antepasados de mi esposa la doctrina de George Fox, el pacifismo absoluto, durante su mandato.

De la breve era de Gerald Ford se recuerda sobre todo el indulto que concedió a Nixon que le entregó la presidencia por la crisis de Watergate. No olvidemos que Ford llegó al cargo al ser nominado por Nixon y ratificado por el Congreso ya que no fue elegido en elecciones como presidente o vicepresidente. Un hombre considerado bueno por casi todos ,no dejó una gran huella en su paso por la Casa Blanca y cometió el error de nominar a Bob Dole a la candidatura vicepresidencial republicana cuando intentó continuar, por derecho propio, en la Casa Blanca en 1976.  Si hubiera mantenido la candidatura de su vicepresidente Nelson Rockefeller, el gran estado de Nueva York le hubiera dado la victoria.

En aquellas circunstancias, entre Watergate y los problemas de Ford, llegó a la Casa Blanca el político más honrado que jamás haya ocupado la dirección de una de las grandes potencias. La era de Jimmy Carter tuvo momentos muy difíciles y sería difícil juzgarla en un simple párrafo, pero siempre recordaré sus palabras la noche de su derrota, cuando intentaba reelegirse en 1980: “Jamás les he dicho una mentira”. Y eso era literalmente cierto. Milagro de milagros, algo casi sobrenatural, un gobernante que no mintió y nadie pudo probar lo contrario. Aleluya.

Vino entonces la era de Ronald Reagan a entusiasmar a un gran sector. Supo manejar la relación con la Cámara de Representantes, de mayoría demócrata en aquella época. Su mejor amigo pudo haber sido el demócrata “Tip” O’Neill, presidente o “speaker” de ese cuerpo colegislador. Dejó un déficit presupuestario, pero resolvió algunos problemas importantes y su mandato coincidió con los últimos años de la Unión Soviética, cuya caída, un poco después, fue calificada de “desmerengamiento” por el recientemente fallecido doctor Fidel Castro Ruz.

La era de George Bush (padre) se inició con ese “desmerenamiento” del experimento soviético. Su “guerra del Golfo” en Irak fue un gran éxito militar y tuvo la gran sabiduría de triunfar allí, pero sin derrocar a Saddam Hussein, evitando así la desestabilización regional. No quiso destruir el muro de contención de la influencia iraní y del islamismo radical. Ese muro se llamaba Saddam Hussein acompañado de su también derrocado vicepresidente Tarik Aziz, de religión cristiana. Pertenecía a la iglesia caldea.

Es elegido entonces otro sureño bautista, como Truman y Carter, Bill Clinton, pero su esposa Hillary lo hacía visitar dominicalmente una congregación metodista. Ya lo dijo el presidente cubano Ramón Grau San Martín, el “divino galimatías” y “mesias de la cubanidad”, que sentenció “las mujeres mandan”. Clinton liquidó el enorme déficit presupuestario que heredó, redujo grandemente el desempleo, pero una “indiscreción” sexual le costó cara. Fue sometido a lo que en Estados Unidos se llama “impeachment” o juicio de residencia por la Cámara, pero resultó absuelto por el Senado.

La era de George W. Bush fue diferente a la de su padre. El nuevo presidente, después del acto terrorista de las dos torres en Nueva York, emprendió guerras contra Afganistán e Irak. En ese último caso no imitó a su padre y derrocó a Saddam Hussein. Se trata de un asunto tan complicado que aquí todavía estamos tratando de explicar la ausencia de bombas químicas de destrución masiva en el arsenal de Hussein, la cual fue proclamada constantemente por cuerpos de seguridad y la Casa Blanca en Estados Unidos. Hombre realmente devoto, como buen metodista, George W. Bush tuvo algunos buenos momentos, pero su administración concluyó en medio de una gigantesca crisis económica, que no puede ser llamada “Gran Depresión” como en la era de su correligionario republicano el fiel cuáquero Herbert Hoover. Lo de George W. Bush fue la “Gran Recesión”, la más grande de la historia contemporánea del “gigante del norte”.

A la era de Bush, gobernante blanco, anglosajón y protestante (WASP), le sucedió la era de Barack Obama, primer presidente de raza negra, aunque en realidad era mulato de acuerdo con la clasificación racial en nuestros países hispanoamericanos. En Estados Unidos simplemente una gota de sangre africana convierte a una persona en “afroamericano”. Los he conocido rubios, con ojos azules y piel muy blanca, pero considerados “afroamericanos”. Obama fue literalmente asediado en sus ocho años en el poder, cometió errores en política exterior, más o menos como la mayoría de sus predecesores contemporáneos, pero logró evitar la crisis bancaria que heredó, reemplazó la recesión con cifras aceptables en la economía y redujo el desempleo, pero sus adversarios le acusaron de cuanto problema es posible imaginar. Aún así, terminó su mandato con un alto índice de aprobación en los sondeos de opinión, porcentaje comparable al de los más exitosos presidentes. Así es la vida.

Y ahora nos llega la era de Donald Trump, el período más impredecible de la historia estadounidense. Un hombre con grandes éxitos en el mundo de los negocios, hábil comunicador y con gran presencia en las pantallas de televisión, aunque más polémico que cualquier otro político norteamericano desde los tiempos más remotos. No es liberal, pero tampoco conservador. Logró hacer pedazos al “establishment” republicano y derrotar a la candidata demócrata, Hillary Clinton, que obtuvo casi tres millones de votos de ventaja, pero que perdió los comicios en el llamado Colegio Electoral de compromisarios.

No me atrevo a predecia ni una era magnífica ni una desastrosa, solo espero la más diferente y entretenida en la larga historia de los Estados Unidos de América y su zona de influencia en el planeta Tierra. Dios bendiga al país y guíe al nuevo presidente. Ha hecho buenas selecciones para cargos importantes, pero sólo el tiempo podrá enseñarnos el camino hacia recuerdos como los que hemos compartido. Claro que sólo podremos recordar si estamos vivos para entonces. Y todo eso está en las manos de Dios.