¿Sabía usted que gigantes animales prehistóricos, tales como los mamuts, saboreaban el sapote y el mamón? Los mamuts pueden transmitirnos uno o dos cuentos acerca de la historia de las frutas tropicales en las Américas.
A decir verdad, nunca pensé mucho en realidad acerca de la historia y la evolución de las frutas o de las plantas, no solo en el Caribe, ni siquiera lo hice para los Estados Unidos, menos aun acerca de mi estado natal: Colorado. Ahora bien, la historia de los humanos y la prehistoria siempre fueron temas interesantes para mí. Recuerdo que cuando solo tenía 8 años tuve mi encuentro con Esther, la momia india preservada en las viviendas de los acantilados de Mesa Verde. Desde ese momento quedé encantada con la prehistoria. Sin embargo, ¿pequeñas mazorcas de maíz? Eso no.
En la actualidad, ya más madura, en la sexta década de mi vida me encuentro fascinada con la historia, las migraciones, la fertilización cruzada, el cultivo y la evolución de las plantas, especialmente de las plantas que los humanos cultivamos, comemos y usamos. ¿Porqué? Porque esas plantas han tenido una larga y profunda interacción con la vida humana y la cultura.
Algunas personas se preguntan porqué Colón se tomó la molestia de traer plantas y animales al Nuevo Mundo, especialmente cuando ya había tan rica abundancia de alimentos que ya habían sido cultivados por los pueblos indígenas
Por una parte, la evolución de las plantas no solo se relaciona con el clima, con los fenómenos atmosféricos, la geología, los animales y los insectos, sino también se ve afectada a menudo por las actividades de los humanos, los viajes, el comercio, la política y las guerras.
Por otra parte, las plantas no solo sufren cambios por el entorno cultural, sino que estas pueden cambiar y afectar a las poblaciones humanas y llegar hasta a alterar la historia; piénsese por ejemplo cómo la búsqueda de especias y azúcar cambiaron el curso de la historia.
Hasta hace poco tiempo no se me había ocurrido que las plantas de una región pueden cambiar. Había pensado que la mayoría de las plantas que crecen en una zona había estado allí “por siempre”, desde el principio de los tiempos, o por lo menos desde la época de la última era de los glaciales. No hace mucho tiempo aprendí que cada grupo de plantas de una región tiene su historia propia.
Quién hubiese podido adivinar, por ejemplo, que en América algunas frutas grandes, tales como el aguacate, el sapote, el jícaro (de la familia del higüero – crescentia alata), el níspero (manilkara zapota) y el mamón, las comían y las diseminaban la fauna de gigantes, la megafauna, tales como el mamut, los gigantes perezosos terrestres, y los pecaríes (todos desaparecidos ya). Hay que dar gracias a esos animales por propagar estas deliciosas frutas.
Como referencia he diseñado una breve lista de las cinco etapas de las plantas en las Américas y las islas adyacentes del Caribe. Esta breve lista se extrae de informaciones más detalladas preparadas por arqueólogos y paleobotánicos:
- Principios de las eras geológicas que comprende las plantas primitivas y árboles, helechos, coníferas, cicadas (de la familia de las ciclantáceas) y plantas sin floración.
- La era de la megafauna y herbívoros, con plantas con floración, algunas frutas, frutas secas, y hierbas.
- Los asentamientos humanos precolombinos con una expansión pre-moderna, con la cacería y la recogida de frutos; la incipiente agricultura y el cultivo organizado de grupos de plantas.
- La exploración y colonización europea, (época moderna) con la importación de plantas del Viejo Mundo y luego con la introducción de plantas de Asia y África.
- La globalización posmoderna, con las agroindustrias, la introducción de muchas plantas de todo el mundo.
Durante la era de la megafauna, las frutas mencionadas más arriba y cerca de 100 plantas más, fueron creciendo profusamente por todas las zonas tropicales y subtropicales de las Américas. Desde el tardío pleistoceno, (de hace más de 100,000 años) hasta hace cerca de 10,000 años, con los gigantes animales masticando las deliciosas frutas, junto con otro follaje y hierbas y luego depositando las semillas de las frutas en grandes montones de estiércol que se regaban por todo el territorio de los animales.
Más interesante aun, el paso de estas semillas por los intestinos de los animales era beneficioso. Durante siglos estas frutas desarrollaron semillas con una superficie exterior muy dura que protegía la semilla de la destrucción de los dientes y los jugos digestivos de la megafauna. Durante el proceso digestivo, la cáscara sufría ligeras estrías, rajaduras y marcas. Estas cicatrices permitían que las semillas absorbieran la humedad y que una vez depositadas en la tierra germinaran. Además, el material orgánico y los minerales en las heces actuaban como fertilizante para las semillas, lo que constituía una situación muy ventajosa para las semillas y la megafauna.
La dispersión de las semillas de las frutas ocurrió antes y durante el período inicial cuando los humanos entraron primero a América a través del Estrecho de Bering y por otras vías; y más tarde cuando cazaron lentamente la megafauna hasta la extinción de esta.
Después de la entrada de los humanos a América, la dispersión de los frutos sufrió una disminución como consecuencia de la desaparición de la megafauna causada por los cazadores humanos. Sin embargo, muchos de estos frutos devinieron alimentos disfrutados por los humanos. Inicialmente estos frutos se encontraron solo en tierra firme. A pesar de eso, con los viajes y el comercio de los aborígenes caribes, arahuacos y taínos estos frutos fueron transportados a varias de las islas, entre ellas La Española, Cuba, Puerto Rico y Jamaica. Finalmente fueron los humanos quienes se convirtieron en los diseminadores de los mencionados frutos, hasta el punto en que en la actualidad muchos de estos se consumen mundialmente.
En la medida en que los asentamientos humanos se expandían por toda América, muchos otros frutos y plantas se recogían para el consumo humano y más tarde fueron adoptados y cultivados. Entre estas plantas pueden incluirse el maíz, los granos, varias clases de calabazas, la yuca, el güiro (crescentia cujete, emparentado con la crescentia alata) y calabaza de peregrino (lagenaria siceraria). Estas especies fueron algunas de las primeras plantas cultivadas en América. Estas plantas también fueron transportadas a varias islas del Caribe.
En varios sitios arqueológicos de Puerto Rico y La Española, en los conucos de los taínos (estudiados por Dr. Lee Newson, de la Universidad de Pensilvania) se han encontrado restos de lechosa, guayaba, guanábana, frutos de la familia de las sapotacae, caimito, sapote amarillo, níspero, y del árbol de panamá o cacao de monte (sterculia apetala) que forma parte de la familia del chocolate y tiene semillas que son comestibles cuando se muelen, se tuestan y con ellas se hacen bebidas.
Cuando aconteció el contacto con los europeos, los caribeños ya tenían estas frutas, además de 5 o 6 tipos de annonacae, chiles, maníes, y batatas. Las descripciones de estas plantas encontradas por los primeros exploradores españoles en las Antillas también incluyeron frutas como la piña, ananas, que es una palabra procedente de la lengua tupi (ananas sativus); el aguacate (persea gratissima); el mamey que es una palabra taína (mammea americana).
A las personas interesadas en adquirir conocimientos con relación a estas frutas y las plantas que las producen, se les recomienda consultar el libro de Bernardo Vega Las frutas de los taínos, publicado en 1996 y que compré hace años en el Jardín Botánico de Santo Domingo. Es una obra muy interesante e instructiva, con hermosas ilustraciones.
Los españoles durante los primeros viajes de Cristóbal Colón importaron muchas plantas del Viejo Mundo. En el segundo viaje de Colón, además de los animales, él trajo de España las siguientes semillas: granos (cebada, trigo), hortalizas (pepino, zanahoria, rábano, garbanzo, habas, cebolla y aceitunas), verduras (perejil, lechuga, repollo) y esquejes de uvas. Al parar en las islas canarias, le añadió la caña de azúcar, el melón, las naranjas dulces, el limón, la lima, y otras semillas de frutos. Algunas plantas sobrevivieron cuando fueron plantadas; otras murieron. Sin embargo, muchas de estas plantas más tarde pasaron a formar parte de la dieta de los habitantes de la isla La Española.
Algunas personas se preguntan porqué Colón se tomó la molestia de traer plantas y animales al Nuevo Mundo, especialmente cuando ya había tan rica abundancia de alimentos que ya habían sido cultivados por los pueblos indígenas. Por mi parte mi explicación es que una de las cosas que los humanos favorecen más son los alimentos de su cultura. Pregúntese, ¿cuántos dominicanos sustituirían por un guiso inglés o un curry de la India su amado sancocho? ¿Porqué comer curí o manatí cuando se puede consumir cerdo o pollo?
En la sociedad posmoderna de hoy, el suministro de alimentos ya no depende de los mamuts o del ambiente próximo, ni de las canoas del tipo de los taínos o de los galeones españoles de antaño. Por un precio justo, cualquier planta o alimento puede conseguirse. No obstante eso, en medio de nuestra actual dieta internacional, subsisten vestigios de sugieren sitios, plantas y pueblos antiguos.
Las informaciones para este artículo proviene de varias fuentes: El libro más arriba mencionado de B. Vega; Farmacopea vegetal caribeña; Indigenismos de Emilio Tejera; Enduring seeds: Native American agriculture and wild plant conservation, de Gary Paul Nabhan; Garden of New Spain: how Mediterranean plants and foods changed America, de William W. Dunmire; y Neotropical anachronisms: the fruits the gomphotheres ate, de Daniel H. Janzen y Paul S. Martin, artículo aparecido en Science Magazine en 1982.