Cielonaranja

Santo Domingo, la capital de la incultura

Por Miguel D. Mena

En el país dominicano hay una maquinaria de proyección egolátrica a todo dar. Cada año tenemos ochenta premios (de literatura, de música...), luego viene la Bienal, mientras tanto los diplomas, reconocimientos, los "Días del..."

Eso, aparte de la Feria Internacional del Libro, la mayor fabriquita para cuanta flojera podemos hacer pasar por la pasarela, y nuestros queridos amigos escritores contentos porque les han puesto sus nombres a "una calle"?

Creo que la Feria debe ser consolidada, ampliada, pero no bajo ese concepto de piñata por el funcionarado de Cultura. Y para colmo se hace uyna Feria del Libro en Nueva York donde las actividades más visitadas son justamente aquellas que estimulan el juego de yoyi, la interpretación de "Mambrú se fue a la guerra" o unos "diablo enmacarao" brindando lo "mejor de nuestra cultura", mientras de libros, de libros, eh..., muchas gracias. ¿Cuántos millones se invierte en todo esto?

¿Cuántos libros seguirán alimentando las polillas? ¿No sería mejor dejar de invertir todos esos miles de pesos en pasajes y hoteles en una buena biblioteca en Cristo Rey o en Jima Arriba de La Vega o en el Sector VietNam de Los Mina?

Sin embargo, Santo Domingo es la Capital de la Incultura: ¿dónde están las librerías? ¿Cuáles son nuestras bibliotecas? Y lo peor: no hay iniciativas privadas, peñas o lugares de encuentros, ¡un lugar para ver cine entre amigos!

En fin, dibujo este panorama cuasi apocalíptico no para desalentar, sino para salir un poco de este mar de espumas del hedonismo en el que vivimos. Estamos en onda búnker.

Mucho de nuestros críticos se limpian las manos reenviando noticias sobre los procesos revolucionarios en la Polinesia mientras muy pocos tienen la valentía de pasear tan siquiera por el Conde o la Meriño o lo que sea, es decir, tan siquiera por el último ombligo que nos queda.

Convertir a Centro Cuesta en el centro de las actividades literarias del país, por ejemplo, es la confesión de que finalmente NOS JODIMOS... Tener que pasar por una ferretería o por las góndolas de queso o ñames antes de llegar a un libro de Frank Báez es la muerte...

Por suerte, queda todavía el Parque de los Poetas, aunque lo advierto desde ahora, tal vez un poco esquizofrénicamente: pronto ya ni siquiera tendremos a la Cafetera del Conde, porque ya nadie tiene ganas siquiera de bajar por la Zona, ¡que se la hemos dejado a los turistas!

Ni siquiera nuestros millonarios invierten por esos predios, y después se quejan de que los franceses, alemanes, gringos, haitianos, canadienses, todos están comprando hermosísimas casonas y convirtiéndolas en hoteles y residencias con personal hasta uniformado. ¡La oztia!

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