Botas del pantano

San Martín. Canales vemos, secretos no sabemos

Cuando Amélie Poulain ya no podía con sus nervios, se iba al Canal de San Martín a arrojarle piedras. Aunque este sitio no es tan turístico como una torre Eiffel o un museo del Louvre, no por ello resulta menos emblemático. Los jóvenes gustan de instalarse en sus orillas durante el verano y, armados de vino y música, organizan lindas veladas; pese al enfado de los vecinos, que se sienten “víctimas” de la algarabía.

Este canal, de dos kilómetros de largo, cuya capacidad es de 800,000m3 fue concebido por Napoleón a inicios del siglo XIX, quien al crear la red fluvial mató tres pájaros de un tiro: en primer lugar, si el agua no se estancaba, ayudaría a prevenir enfermedades como el cólera o la disentería; además, se abastecería a la capital del “vital liquido” -sinónimo cursi usado por personas ídem- y por último, reactivaría el comercio gracias a las nuevas vías de comunicación.

Como dice un refrán mexicano: “A cada capillita le llega su fiestecita y a cada guajolote (pavo) le llega su Navidad”, también al canal de San Martín le llegó la suya, que incluye una limpieza a fondo, o mejor dicho desde el fondo.

Era el siete de enero y el personal del ayuntamiento seguía con las telarañas de la resaca cuando ya estaban aplicándose en trabajos pesados: vaciar el canal, rescatar a los peces, limpiarlo, sacar la basura, inventariar los “tesoros rescatados”, volverlo a llenar (de agua y de sus habitantes), e inaugurarlo con todo y jolgorio.

Cada una de estas labores ha tenido su afán. Por ejemplo, el solo hecho de vaciarlo y rescatar a las especies acuáticas tomó una semana. Los atrapaban sin prisas y con deleite, como si pescaran en las riberas fangosas del Amazonas –faltaban las pirañas- cazándolos con redes pequeñitas, para después traspasarlos a los canales vecinos del Arsenal y la Villette. Quién diría que oculto a la mirada presurosa de la gente hay un verdadero acuario: centenares de bagres y carpas y hasta una que otra anguila, sin olvidar dos cocodrilos resfriados…Esto último es añadido de mi imaginación, motivada por historias alucinadas aunque ciertas, pues no pocas veces, las brigadas policiacas han rescatado del Sena a cocodrilos a punto de hipotermia.

El pésimo cliché de que el francés no es muy aficionado al baño, se viene abajo al enterarnos cómo someten al canal a estos rudos menesteres de pulcritud. En efecto, cada quince años como si fuera una quinceañera que se presenta en sociedad, buzos, biólogos, ingenieros y demás obreros se encargan, a ritmo de vals, de recoger una pesca muy peculiar que incluye bombas de antiguas batallas, motocicletas, lap-tops…

No miento, en 2001 durante el anterior “cambio de agua”, fueron halladas dos ojivas de la Primera Guerra Mundial, lo cual, además de increíble contenía su dosis de peligro, pues nunca se sabe si, pese al retraso de un siglo, puedan explotar. Recuerdo que en otra ocasión, los trabajadores de la red eléctrica habían encontrado bombas similares en Boulogne-Billancourt (suburbio vecino de París) y el procedimiento exigió el desalojo de edificios en un radio bastante respetable. Lo sé porque mi departamento estaba en el perímetro de riesgo y aquel domingo tuve que madrugar e irme lejos todo el día.

Si ignoramos las botellas de vino o las latas de cerveza que suman toneladas, me pregunto qué será lo más extraordinario que han sacado. Veamos el listado del portal 20 Minutes:

  • 104 bicicletas.
  • 78 vélibs (bicicletas públicas de alquiler).
  • 51 carritos de supermercado.
  • 23 motocicletas
  • 17 cajas fuerte (¿vacías o con caudales?, no se especificó).
  • 15 computadoras.
  • 10 carriolas (felizmente sin los bebés que suelen transportar).
  • 1 escopeta de cañón recortado (en poder de la policía científica).

Esta estrambótica listada pudo haber salido del poema “Inventaire” de Prevert, donde hace convivir elementos aparentemente disímbolos: “Una piedra… cuatro sepultureros…un escultor que esculpe Napoleones… un eclesiástico un forúnculo una avispa… un riñón flotante”.

Por otro lado, la proeza de limpiar profundidades me remitió a la forma tenebrosa como la clase política ejerce el presupuesto. No nos sorprendamos, año con año, politicastros arrojan al canal del olvido sus cuentas turbias, saturadas de corruptelas de toda índole…

Volviendo a lo nuestro, un anuncio informa que los trabajos concluyen en abril, luego agrega: Le canal St. Martin refait son lit. Si lo traducimos hay que tener en cuenta el juego de palabras, donde litsignifica cama pero también lecho, entonces diría: el Canal de San Martin renueva su lecho… y exhibe sus tesoros -agregaría yo-, Usted con cuál se queda

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