Desde Norteamerica

Rusia y su inevitable presencia internacional

Por Marcos Antonio Ramos

El tema no muere. Tampoco se agota. La vieja Rusia de los zares y los soviets no tiene la más minima intención de salir del gran escenario internacional. Y si alguien pensó que se vería obligada a reducir en forma demasiado significativa su presencia en el mismo olvidó las lecciones de la historia. Los rusos no iniciaron su viaje por el planeta Tierra con la Revolución de Octubre (o de Noviembre) o con la derrota de invierno de las tropas de Bonaparte o de Hitler. Las raíces de su expansionismo o de su afán de supervivencia como uno de los grandes poderes mundiales vienen muy de lejos. Algunos asociaron únicamente la presencia internacional de Rusia con la historia del movimiento comunista internacional. Pero ese período no era sino un capítulo más de una larga ejecutoria.

El doctor Zbigniew Brzezinski publicó en 1998, fecha que ya parece algo lejana, su libro “El gran tablero mundial: La supremacía estadounidense y sus imperativos geoestratégicos.” Hasta cierto punto, y sobre todo salvando distancias, me hizo recordar a Winston Churchill después de su descripción de la Segunda Guerra Mundial y su deseo de que “los países de habla inglesa” aseguraran un dominio mundial permanente ante las condiciones creadas por la conclusión del gran conflict bélico y sobre todo por la posesión, entonces exclusiva, que tenían los estadounidenses de la bomba atómica al iniciarse la era de Truman.

El Consejero Nacional de Seguridad de la administración Carter, describía a su vez lo que llamaba “el gran tablero mundial” y las zonas que lo delimitaban. Para él, Estados Unidos era el único país que podia dominar la escena mundial y ser el gran árbitro en el concierto de las naciones. Después de la caída del bloque comunista y del llamado “socialismo real”, sus argumentos parecían inobjetables, en buena parte por la erudición y el amplio conocimiento del autor del libro y por las condiciones objetivas y subjetivas del momento. Todavía la condición de potencia indispensable sigue en manos de Washington. Al menos así lo entienden muchos observadores reconocidos. Pero los acontecimientos recientes, revelan que, si no indispensable, la presencia rusa sigue siendo inevitable.

Sin entrar en consideraciones semánticas sobre “indispensable” e “inevitable”, los acontecimientos de los últimos meses, sin necesariamente echar a un lado todas las ideas de Brzezinski, sirven para matizarlas. A pesar de la disolución de la URSS y otros cambios en Europa Central y del Este, Rusia mantiene su vigencia como una importante potencia regional y ejerce bastante influencia en política internacional. La inevitabilidad de esa situación radica en su extension geográfica, sus fronteras, su control mayor o menor sobre algunas nacionalidades vecinas, su condición de suministradora de energía a Europa, sus gigantescos recursos naturales, además de sus armas nucleares, sus fuerzas armadas, su gobierno centralista, la supervivencia de un alto grado de autoritarismo y sobre todo de su historia.

Es cierto que pudiera mencionarse el caso de la vecina Polonia, sobre la cual Rusia ya no ejerce influencia como en el pasado. El diferendo mayor entre esas grandes naciones eslavas es Ucrania, a la cual Rusia no parece dispuesta a renunciar del todo, obligando al presidente Yanukóvich a danzar en la cuerda floja. Retomando a Polonia, la patria de Chopin y Paderewski regresó a Occidente, como otros países de la región, pero los que soñaban con una Rusia prooccidental lo hicieron con “sueños de una noche de verano.” Sólo situaciones como las de la amenaza napoleónica y los intereses de la Santa Alianza, así como  el peligro representado por el Kaiser en 1914 o la invasión alemana de 1941 han podido ligar los intereses geopolíticos rusos a los de Occidente. Los capítulos representados por Pedro el Grande y la emperatriz Catalina fueron sólo paréntesis de relativa occidentalización.

Hablando de Alemania, durante las pasadas elecciones en las que triunfó la señora Merkel, no se discutía demasiado acerca de política internacional, más allá de la situación de la Unión Europea, pero el líder de los socialdemócratas Steinbruck sacó el tema ruso a coalición para criticar a la ilustre canciller germana por no hacer lo suficiente para conseguir la cooperación rusa en la cuestión siria. Y para bien o para mal, Rusia ha tomado iniciativas en ese asunto, recordándole a Occidente que tiene influencia en Siria, Irán y otros países. Sin olvidarnos del gran papel de Estados Unidos en este tiempo histórico, basta leer la prensa con regularidad para comprender por qué son Merkel y Putin las figuras más importantes en la política exterior del Viejo Mundo y cómo han trascendido a un escenario que va mucho más allá de Europa o de Eurasia.

Finalmente, Brzezinski tiene razón en mucho de lo que afirma en su libro, que quizás merezca ser mejor conocido entre nosotros, pero hay un detalle que no puede olvidarse en esto de predominios mundiales o regionales, la vocación imperial. El presidente Putin sí parece tenerla y su pueblo, que rechazó mayoritariamente el comunismo en los años ochenta del pasado siglo XX, parece añorar en algún aspecto los días de Stalin y sus predecesores en la tendencia al expansionismo y a evocar las glorias y memorias de un pasado imperial y de prepotencia.

Sin abandonar todavía el incierto futuro de la Rusia que hoy gobierna Putin, los que leyeron a H. G. Wells y sus libros llevados a la pantalla como “La máquina del tiempo” y la “Guerra de los mundos”, pudieran detenerse un momento y conjeturar, no necesariamente con el contenido, pero con otro título del autor de “Resumen de la Historia” (The Outline of History), es decir, “La forma de las cosas que vendrán”. Todavía nadie sabe cómo vendrán, acudiendo de nuevo a Wells, “Las cosas del futuro”, pero hay algo en la política exterior rusa que parece inevitable y para aproximarse al tema se requiere mucho más que titulares de prensa o comentarios como el que he intentado hacer. Es sólo cuestión de estar conscientes de una realidad que no puede ser desatendida o marginada.

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