Mucho se ha hablado en el país en los últimos años sobre la necesidad de cambiar el modelo económico, que ha venido resultando tan insatisfactorio. A pesar de la tradición dominicana de crecimiento económico alto (exagerado por las cifras derivadas de la megalomanía oficial, siempre he sostenido) y estabilidad macroeconómica mantenida por bastante tiempo, tal evolución no se refleja razonablemente en reducción de los niveles de pobreza, mayores salarios  reales y mejoras sociales.

Al contrario, la República Dominicana exhibe una gran disparidad distributiva, y no hay evidencias de que haya habido cambios significativos de manera estructural. El desempleo suele ser persistentemente alto, el empleo preponderantemente informal y salarios reales declinantes, como tendencias generales. Los escasos progresos sociales parecen ser parte del modelo de crecimiento económico adoptado, con una serie de elementos que se alimentan entre sí para reforzar la dicotomía entre crecimiento sin cambio social:

Para comenzar, la estabilidad se sustenta en importación de capitales: si son de procedencia lícita, que vengan, y si no, también. Para ello se demandan políticas macroeconómicas basadas en altas tasas de interés reales en relación al resto del mundo. Estos capitales, sumados al flujo de remesas (fuente de divisas sin costo de producción interno) ocasionan gradual y sistemática apreciación real de la moneda. El abaratamiento relativo del dólar se une a los altos intereses reales para restar competitividad al aparato productivo, el cual no genera mucho empleo formal, pues siempre resulta más barato importar que producir. El crecimiento se sustenta en sectores no transables, como las bancas de apuestas y las plazas comerciales.

Los sectores empresariales pretenden defenderse frente a la sobrevaluación monetaria y falta de competitividad recurriendo masivamente al uso de trabajadores inmigrantes haitianos, al tiempo que reclaman al Estado leyes de incentivo que les compensen por el lado tributario los perjuicios competitivos que les impone la política macroeconómica. El uso de mano de obra abundante de inferior capacidad productiva se traduce a su vez en tendencia a la reducción de los salarios reales, mientras que por otro lado las desgravaciones fiscales erosionan la capacidad del fisco para proveer servicios de educación y salud a la población, retroalimentando el círculo vicioso de crecimiento sin reducción de la pobreza.

Todo lo anterior se ve reforzado por un sistema político sustentado en el clientelismo, el asistencialismo social, uso irracional de los recursos públicos y mucha corrupción, que dificulta al Estado una gestión eficaz de servicios e infraestructura, generando más mano de obra de escasa calidad, todo lo cual hace a su vez más difícil la competitividad de los sectores productivos y genera más desequilibrio externo.

Como efecto se intensifica el déficit de la cuenta corriente de la balanza de pagos, lo que obliga como condición de subsistencia a recurrir a nueva y masiva importación de capitales, los cuales a su vez van a financiar los crecientes déficit fiscales, generando un mayor endeudamiento del sector público.

Al final tenemos un crecimiento que no satisface a nadie. Se mantienen o agudizan los problemas y desequilibrios sociales, reflejados en desempleo, remuneraciones reales decrecientes, subempleo y pobreza. Y como colofón, un gran desequilibrio regional, en que las principales provincias productoras de alimentos, zonas francas, industria y turismo, asisten a un empobrecimiento relativo para subsidiar el consumo de dólares de la zona metropolitana, hogar de una clase media y alta que aprovecha la circunstancia para vivir la fiesta de las yipetas, artículos importados hasta para el desayuno, vacaciones en el exterior  y otras menudencias del consumo suntuario.

La República Dominicana ha devenido en una de las sociedades de mayor propensión media al consumo, pero no importa, pues para eso lo que se requiere es traer más capitales. Y mientras estos existan en abundancia, ya sea con la ayuda del FMI, de Chavez, de los capitalistas que huyen de Venezuela o de Europa, o bien de la justicia internacional, entonces que siga la fiesta. El problema es que puede llegar un día en que esos capitales miren para otro lado, como ya ha ocurrido.

Este modelo, a Leonel Fernández puede haberle dado muy buenos resultados políticos, pero al pais no le ha resuelto ningún problema, sino que más bien le ha traido otros. Si el Lic. Danilo Medina quiere trascender, entonces tiene que cambiarlo.