Le pido mil perdones, -decía ala voz por teléfono-  porque la verdad es que me he portado como un verdadero ingrato.  Usted, siempre que le necesito, está ahí para orar por mi familia, para ayudarme; y yo, desde que resuelvo mi problema, me olvido siquiera de llamarle!  ¡Me da vergüenza reconocerlo! -La voz que emanaba del aparato sonaba sincera.  A tal nivel, que provocaba en la mente de su interlocutor, la aparición de aquel rostro, con infantil expresión de arrepentimiento.-

Otra vez estoy viviendo lo mismo! –decía preso de la angustia y el fastidio- Después de la reconciliación, hemos estado envueltos en miles de cosas, ambos cambiamos de trabajo, incluso nos mudamos de casa pero igual, llevándonos a todo el mundo con nosotros.  –Aquí se refería al hecho de que sus suegros vivían con ellos-  …nunca estamos solos!  La rutina nos fue envolviendo, las mil y unas cosas de los niños, y en consecuencia, ahí está ella fascinada con su trabajo, como huyendo de la realidad y dándole lo mejor de su tiempo a ganar puntos en un puesto, en vez de ganar puntos en tener a su familia en orden.

El frustrado hombre continuó desplegando los detalles que engrosaban su carga emocional, para concluir en que, un aspecto era cierto en la personalidad de su mujer, y esto la llevaba a repetir, de tanto en tanto, el escenario de inestabilidad en la relación.  Para colmo –subrayaba- su jefa es lesbiana y lejos de tener una relación netamente profesional con mi mujer, ha logrado meterse en nuestras vidas hasta un punto, que su hija de 8 años, es cuidada en mi casa, junto con mis hijos.  La trae para acá todos los días, como si fuéramos su guardería.  –La frustración en él se hacía evidente, al tiempo de su necesidad de desahogo, por eso, aunque el cuadro completo de la situación ya estaba formado en la mente de quien le escuchaba, era menester permitirle el desahogo.

…las dos se viven “texteando” salen de compras juntas, almuerzan, van a reuniones, le digo, tienen un compinche a tal nivel, que aun cuando trato de tener momentos íntimos con ella, en vez de que hablemos de los miles temas pendientes entre nosotros, terminamos hablando exclusivamente de “la jefa”.  Es como su ídolo, su nuevo dios.  Y hay que reconocer que la mujer esta es astuta, es una líder natural, que sabe muy bien manejar a la gente, y sacar de ellos lo que ella busca.  Y ahora le ha cogido con mi mujer.  Le cuento, hasta van juntas a la iglesia, pero lejos de sentarse a escuchar el sermón y recibir la Palabra, las dos se van a un rincón a cuchichear.  Incluso en los días libres, siempre surge una reunión y mi mujer corre sin quejarse, y llega pasada la media noche, como si nada.  Pero si le refiero el hecho de que los niños y no la vemos ahí se inflama y se molesta.  Es como si ella quisiera borrarnos de su vida para poder dedicarse por entero a vivir este nuevo rol, en completa libertad.  Su teléfono siempre está olvidado en la cartera cuando yo le llamo, pero delante de mi, nunca lo suelta, para siempre estar en contacto con su diva.  Dígame, qué hago?

Cuando llegó el turno de hablar, el consejero se permitió ir directo al grano:  No estás luchando simplemente con un rival que ha envuelto de autosuficiencia a tu mujer, sino que esto pasa, y seguirá pasando, mientras ella sea inconstante en todo lo que hace.  Anda buscando satisfacciones nuevas, como aventuras externas; entretenimientos, cuando lo que debería hacer es discernir quiénes y qué son prioridades en su vida, qué es secundario y qué es un complemento.  Si ves el problema desde arriba, están repitiendo las mismas causas de la primera disolución, pero con elementos diferentes.  El mantenerte reclamándole día por día su dejadez, sólo la irá convenciendo de que le aportas fastidios, mientras la calle le aporta satisfacciones.  Tienes que ser astuto, reconocer la inmadurez que hay en ella y trabajar sabiamente para que quite los ojos de los brillitos mundanos, y enfoque en lo que es de verdadero valor en su vida.  –Pero cómo hago eso?, preguntaba, le he dado ultimatos, le he recapacitado sobre el orden que Dios le da a las cosas, le he dicho que un trabajo no sustituye a la familia, ya no sé qué mas hacer.

Bien dice la Biblia que el hombre de doble ánimo es inconstante en todos sus caminos.  Tu mujer es así, esa es su flaqueza, es inmadura y por tanto inconstante.  Ese debe ser el enfoque de tus oraciones.  Pedirle al Espíritu Santo que trabaje en ella hasta vencer esa inconstancia y que el orden:  Dios primero, Familia segundo, caigan en su justo lugar, para que el trabajo y el ministerio también,  así las piezas que conforman su mundo sean puestas en el lugar que le corresponden.   –Entiendo!- dijo el hombre absorbiendo el nuevo punto de vista.-  No se gana nada reclamando entre las ramas, hay que ir a la raíz del problema.  –Exacto!  Y como cabeza de familia, ante Dios tienes un papel de sacerdote que vela por el bienestar espiritual y físico de todos, tu mujer y tus hijos.  Cuando ores, has uso de esa autoridad y enfoca los problemas, reconócelos, llámalos por su nombre y usa la Autoridad de Jesús para deshacerlos.  En cuanto a la jefa de tu mujer, deberás confrontarla, con sabiduría.  Cítala, y hazle reflexionar entre su postura profesional y la realidad de no traspasar los límites.  Pero hazlo con sabiduría y firmeza, no como quien anda resolviendo un chisme.

Eso voy a hacer. –replicó con auténtico convencimiento-  Sabe? Se me hace tan claro ahora lo que predicaron anoche en 2 Pedro, donde decían que, cuando tenemos áreas no superadas, volvemos a repetirlas, tropezamos con la misma piedra.  Es lamentable reconocer que eso está pasando con mi mujer, y aunque es duro admitirlo, está pasando lo que dice la Biblia;  “la puerca lavada vuelve revolcarse en el lodo”  Y entiéndame, no es que quiero ofenderla, sino que es la triste realidad.

Pero, -se le dijo- no será siempre así, porque con este discernimiento, ahora sabes qué hacer y Dios te dará la victoria.  Tu madurez espiritual es superior a la de ella, y Dios espera que la uses para ayudarla a crecer, no para que la humilles.  Así le pasas el curso al Maestro.

2 Pedro 2: 18-22  Porque hablando arrogantes palabras de vanidad, ceban con las concupiscencias de la carne en disoluciones á los que verdaderamente habían huido de los que conversan en error; Prometiéndoles libertad, siendo ellos mismos siervos de corrupción. Porque el que es de alguno vencido, es sujeto á la servidumbre del que lo venció.  Ciertamente, si habiéndose ellos apartado de las contaminaciones del mundo, por el conocimiento del Señor y Salvador Jesucristo, y otra vez envolviéndose en ellas, son vencidos, sus postrimerías les son hechas peores que los principios.  Porque mejor les hubiera sido no haber conocido el camino de la justicia, que después de haberlo conocido, tornarse atrás del santo mandamiento que les fue dado.  Pero les ha acontecido lo del verdadero proverbio: El perro se volvió á su vómito, y la puerca lavada á revolcarse en el cieno.

Bendiciones!