Hace un año, en mis “Divagaciones” traté el lanzamiento de la producción discográfica  “Jazzeando el cancionero  dominicano” de Retro Jazz y su “master mind”, mi hermano menor, Pengbian Sang. Luego de un año, el pasado sábado 17 de mayo, celebramos el lanzamiento del segundo volumen de lo que quiero tomar como ejemplo de una “mentefactura” dominicana.

También en otra “Divagaciones” traté el tema de la Economía Naranja, de Felipe Buitrago Restrepo, que con el patrocinio del Banco Interamericano de Desarrollo nos propone el desarrollo de la industria creativa como una actividad de desarrollo de nuestras economías. El texto lo encuentra gratuito en el siguiente enlace: http://publications.iadb.org/bitstream/handle/11319/3659/La%20economia%20naranja%3a%20Una%20oportunidad%20infinita.pdf;jsessionid=EB6336D615E701EA7641405DA7FC1A45?sequence=4

En el marco de la globalización (el proceso del predominio de los mercados a nivel del “globo” terráqueo) constatamos otros dos procesos parecidos: la “mundialización” (el predominio cómo única forma legítima de gobierno la democracia en todas las sociedades humanas) y la “planetarización” (la homogenización de los modos o expresiones culturales en todas las comunidades humanas).

Pengbian señaló este último fenómeno como relevante en la experiencia del volumen uno: la aceptación en los medios electrónicos de masas (entiéndase, iTunes) de la letra de canciones dominicanas “envueltas” en el celofán del ritmo híbrido del jazz, unas cadencias marcadas por ancestros africanos, degustados por melómanos de todas las razas e interpretadas por músicos de todas las tradiciones.

Por esta capacidad de amalgamiento, que permite la libertad creativa del jazz, es que se puede crear un producto que apele a la fibra estética de diferentes sociedades. En consecuencia, la producción de piezas románticas dominicanas en el envoltorio jazzístico es un producto intelectivo que sirve para producir un bien cultural en la tradición de la economía naranja.

Fue lo que resultó de Stan Getz con la samba y el bossa nova en los años setenta del siglo XX, con la salsa neoyorkina en los ochenta y que puede resultar de Retro Jazz en la segunda década del siglo XXI. Ahora, si podemos institucionalizar esta experiencia alrededor de un acto de masas periódico, como ha sido el Festival de Teatro de Bogotá o el Carnaval de Rio de Janeiro, que se espera para admirar los frutos de la creatividad humana, entonces, estaríamos siguiendo los pasos de la receta de Buitrago Restrepo.

Un Festival de Jazz con raíces dominicanas, donde se ofrezcan durante siete días, las producciones de jazz inspiradas en la literatura dominicana y se promueva durante el año precedente, sería un acontecimiento que impulsaría la industria turística dominicana.

Me trae a la memoria el sostenimiento de los festivales religiosos shintoistas en Japón, que son sostenidos financieramente por el Gobierno, en sus diferentes niveles de autoridad, como atractivos turísticos, por lo que podemos programar la participación en la celebración más próxima al lugar de nuestra peregrinación turística.

Ya traté de este tema, pero en la vertiente de potenciar a la industria cinematográfica con un Festival que premie la calidad de nuestras películas como han servido los Festivales de Cartagena y de Bogotá para llevar al cine colombiano a la palestra mundial. Tal vez, un ejemplo más ambicioso, es cómo Buenos Aires se ha perfilado como una potencia de su industria cultural cuando en el Festival de Cannes, en Francia, se presentan tres piezas fílmicas de factura sudamericana, y se presenta como ejemplo de la industria naranja en el texto del Banco Interamericano de Desarrollo. Sólo quiero resaltar la posibilidad de hacer lo mismo desde la República Dominicana.

Parece un sueño, pero los sueños son resultado del trabajo duro, aún en los proyectos más ambisiosos…