Estos días dedicados al fervor maternal nos inclinan a recordar a la más extraordinaria de las madres-maestras de este país. Evocar a Salomé Ureña como madre es un deber siempre, pero como maestra no lo es menos.

Ella dejó versos y testimonios de su ternura y de sus esperanzas en los cuatro frutos de su vientre para escalar altas posiciones culturales. No hay en este país y posiblemente en el mundo una madre más fecunda en ese sentido, como no es posible que exista otra maestra que pueda contar tantos éxitos con sus alumnas que fueron los faros que iluminaron las rutas de las maestras que enseñaron a más de medio país.

Todos conocemos la fama de tres de sus hijos: Naturalmente, lo encabeza el mayor de los menores: Pedro, seguido de Max y Camila. De Pedro, ni hablar, su fama de maestro quedó en aulas de Estados Unidos, México y Argentina y su magisterio en todo el mundo hispano. De Max poco hay que hablar para considerarlo un historiador respetado y citado aparte de sus ensayos novelísticos y poéticos. En eso tanto él como Pedro hicieron esfuerzos no del todo inválidos en el campo de la poesía, que me parece deberíamos leer con detenimiento. Al final de su vida, Max regresó. Su magisterio fue toda una revelación en el Listín Diario con su columna Desde mi butaca para los de mi generación. En cuanto a Camila, que también tardíamente volvió, su magisterio fue en Cuba, donde pertenece a la historia de esa nación, tan hospitalaria con toda su familia.

Precisamente este año se cumplen 120 de la partida de aquella madre y maestra impar y es oportuno en estas fechas recordarla.

Bien, ocurre que según el título de estas revelaciones, este mismo año ha ocurrido un fenómeno no menos extraordinario: Se ha resucitado al hijo mayor, a Francisco Nouel Henríquez Ureña. Lo ha hecho un investigador luego de una prolija indagación que abarca los cinco o seis países donde vivió incluyendo a Francia,  en su niñez.

El autor de este rescate que se nos antoja monumental en muchos sentidos, ha sido el investigador, amén de historiador, de analista y de escritor que ha incursionado además del ensayo en la poesía: es Miguel Collado que en su libro Francisco Noel, primogénito de Salomé Ureña de Henríquez, Ediciones Cedibil, del pasado mes de marzo, de modo que estamos frente a un texto chorreando tinta de imprenta todavía.

Collado ilustra las cien páginas en papel satinado con diversas fotos que ilustran parte de la vida trashumante de esta familia icónica. Además de una serie de detalles que nos resultan novedosos, o tomando relación de lo que otros han escrito sobre los Henríquez Ureña, o parte de sus correspondencias, al mismo  tiempo  nos da a conocer un episodio en la vida de su personaje que había producido confusiones lamentables.

Fran, como le decía su madre; Frank, firmaba él, o Franc, le llamaba su padre,  tuvo una vida diferente a la de sus hermanos. Su estancia en París asistiendo a la famosa Exposición Universal en 1889 cuando se inauguró la Torre Eiffel marca la diferencia.

Nacer en un hogar literario por excelencia como fue el que le cupo en suerte encontrar al venir al mundo, más la aventura maravillosa de estar en París en plena niñez en el momento en el cual aquella ciudad era la capital cultural del mundo, no solo le sirvió para despertar su temprana pasión por las letras sino que también trajo la de periodista dirigiendo a sus 19 años la revista literaria Nuevas Páginas en 1900 junto a Apolinar Perdomo.

No sabremos jamás si Fran hubiera llegado más lejos. El incidente al que aludimos frustró muchas cosas en su vida. Su biógrafo señala que precisamente en ese año la noche del 16 de febrero, mientras los tres hermanos regresaban de visitar una familia amiga, una discusión con un joven sastre terminó de forma violenta cuando su oponente le disparó perforando la bala su sombrero, ripostando como era costumbre entonces el andar armado, disparando a su ofensor, a quien con mejor puntería hirió en el pecho, falleciendo horas después a consecuencia de esa herida. Él se entregó a las autoridades y quedó en prisión. .

Collado señala que posee el expediente original de aquel hecho. De modo que ahora sabemos claramente que se trató de un acto de legítima defensa y que la causa fue archivada al mostrarles a los jueces la prueba de su inocencia.

El Juez de Instrucción era una joven figura que con los años sería un connotado abogado:

Manuel de Jesús Troncoso de la Concha, autor de un sabroso libro de relatos históricos.

Entre sus abogados defensores estuvieron Emilio Prud’Homme y Américo Lugo.

A partir de ese desgraciado incidente aunque había actuado como un hombre valiente, la vida de Fran cambió de rumbo. Terminando con ser un abogado especialista en Cuba en materia de seguros y aunque vino y estuvo en la fundación de la San Rafael de Seguros, al darse cuenta de lo que había en su tierra, volvió a emigrar, y jamás regresó, como hizo su hermano Pedro.

Aunque Fran hizo pininos literarios y tenía talento como todos los demás, después de sus aventuras juveniles en las letras, su vida tomó otros rumbos; aunque sus cartas y sus notas anuncian que quizás otro hubiera sido su destino en el comercio con la palabra.

Gracias a este texto revelador podemos ver, no solo quién fue Francisco Noel, sino también la ternura de su madre que le dedicó dos poemas que se incluyen en el mismo: En el nacimiento de mi primogénito y Tristezas que aunque dedicado A mi Esposo ausente, presenta al niño añorando a su padre.

Con los versos de las tres estrofas iniciales del poema primero de esa inefable e inolvidable madre y maestra concluimos estos recuerdos del olvidado, ahora resucitado Francisco Noel Henríquez Ureña.

 

Levántate alma mía,

por el materno amor tansfigurada,

y a los confines del espacio envía

el himno de la dicha inesperada.

 

Y tú, que abres conmigo

a esa ternura nueva el pecho en gozo,

tú que compartes cuanto sueño abrigo,

cuanta ilusión feliz es mi alborozo,

 

ven, y los dos a una

el cántico de amor juntos alcemos

y del pequeño ser ante la cuna

el alba del futuro saludemos.