Opinión

Réquiem por Claude Jean Harri y un país democrático

Por Elissa L. Lister

Claude Jean Harri es el nombre del joven haitiano de 20 años asesinado y exhibido públicamente,colgado de un árbol en un concurrido parque de la ciudad de Santiago el pasado 11 de febrero. Tiene nombre propio, aunque la policía y los medios de comunicación insistan en desconocerlo como parte del proceso de deshumanización. Poseía familia y amigos, era marido, padre, hijo y hermano, hacía parte de redes afectivas y sociales, no era un cuerpo deambulando en la indigencia. Trabajaba, se esforzaba por ganarse el sustento para su familia como limpiabotas, el trabajo humilde y la pobreza no lo convierten en delincuente. Era inmigrante haitiano en República Dominicana, nació y creció en un lugar, tuvo sueños, emprendió búsquedas y desafió dificultades, nada de eso da derecho a su criminalización.

Momento en que era bajado del árbol en que fue ahorcado Claude Jean Harri

El crimen de Harri, del que solo se difunde su apodo Tulile, ha ocupado titulares por escasísimo tiempo en la prensa dominicana, apenas dos días, minimizándose las connotaciones e implicaciones del hecho. Un haitiano muerto no es relevante, menos sus circunstancias, como tampoco lo son los cientos de hombres y mujeres dominicanos que mueren víctimas de múltiples violencias en los barrios empobrecidos de las ciudades y las zonas rurales del país. Todos ellos, dominicanos o haitianos, transitan por otra muerte, la del anonimato, el olvido y la impunidad.

En el caso del colgamiento de Claude Jean llama la atención la cuidadosa “puesta en escena” que se realizó. El uso de este término dirige la mirada hacia la construcción simbólica y la carga de significados del hecho desde la realidad política y social imperantes hoy en el país, evitando la trivialización.

Se podría considerar como uno de los objetivos del asesinato el interés de que este fuera conocido ampliamente. Su colgamiento y exhibición pública, así como el lugar seleccionado para la exposición del cadáver, garantizaron que fuera visto por numerosas personas y que fuera recibido el mensaje aleccionador y amedrentador que se estaba enviando. El parque Ercilia Pepín se encuentra frente al hospital público José María Cabral y Báez y el hospicio San Vicente de Paúl, centro asistencial para ancianos y enfermos. Adicionalmente, dicho parque constituye una parada informal del transporte público de guaguas y conchos. Dominicanos y haitianos de escasos recursos representan la población que, como mayoría, circula habitualmente por el lugar.

Los noticieros  que dieron cuenta inmediata de lo sucedido muestran en sus imágenes que la zona tardó en ser acordonada, los policías se paseaban en derredor y los transeúntes, libremente y sin obstáculos, se colocaban debajo del cadáver y tomaban fotos y videos con sus celulares. Lo mismo hicieron los medios de comunicación. En el proceso de levantamiento del cuerpo de Harri  está ausente  el respeto y preservación de su integridad como ser humano. En ningún momento se le cubrió y siempre hubo público.

: Grabado de William Blake (1791) sobre las revueltas de esclavos en Surinam.
: Grabado de William Blake (1791) sobre las revueltas de esclavos en Surinam.

No resulta válida  la conveniente ingenuidad de atribuir esta muerte a un ajuste de cuenta entre inmigrantes haitianos, una retaliación espontánea de grupos barriales antihaitianos o un crimen circunstancial. Se percibe una autoría intelectual -y nunca mejor empleado el término- puesto que la escenificación expresa un conocimiento de la historia, de los procesos sociales y políticos de las luchas por los derechos de los afroamericanos y del imaginario de dominicanos y haitianos.Podría relacionarse con prácticas similares a las desarrolladas por los grupos paramilitares en Colombia a partir de la década de 1990, cuando integraron en sus filas a cientistas sociales que aportaron elementos para la violencia simbólica, que se sumaba a la violencia física de las masacres y las desapariciones.

El portal web Ezili Dantó advertía el viernes pasado de las similitudes entre este colgamiento con los realizados como castigo a los esclavos que huían durante la época colonial o con las retaliaciones del KuKluxKlan  contra las comunidades afroamericanas en los Estados Unidos en pleno siglo XX. En ambos casos, los cuerpos eran exhibidos en caminos, plazas o lugares de tránsito.

Si bien se efectuaba la ejecución de uno o varios individuos, las acciones tenían un carácter ejemplarizante para toda la comunidad, se proponían con esto silenciar toda reivindicación o resistencia, infundir el medio e imponer la autocensura y la autorregulación a las personas sometidas.

También pueden interpretarse otros asuntos simbólicos derivados de la forma como fue colocado el cuerpo de Claude Jean para su exhibición pública. Las noticias policiales señalan que murió por golpes y heridas. Las manos y los pies atados, antes o después de ese momento, aluden a su indefensión,  a encontrarse a merced de los victimarios y la superioridad de estos cifrada en la fuerza y algún tipo de libertad o autorización (ideológica, política, social, legal) dentro de la que se mueven.Por ejemplo, resulta evidente que debieron  participar  varias personas, que se necesitó de algún equipo de ayuda y tiempo para elevar el cuerpo del hombre hasta la altura del árbol seleccionado y dejarle colgado allí. Algunos reportes indican que en el sector se encuentran unas 15 cámaras de seguridad, sin embargo, esto no ha sido tenido en cuenta por los investigadores de la policía.

Significativo resulta también el que la cabeza, en lugar de aparecer ladeada o hacia abajo, como es de esperarse en estos casos, estaba estirada mirando hacia arriba. No sabemos si fue debido al rigor mortis  o expresamente colocado así al ser atado al árbol. En todo caso, se trata de una postura frecuentemente recreada en la iconografía de mártires y santos cristianos en la que parece ser el cielo, con su noción implícita de ubicar allí a la divinidad y la idea de otra vida, la salida al padecimiento del momento.

Linchamiento de Thomas Shipp y Abram Smith, 1930, Estados Unidos.
Linchamiento de Thomas Shipp y Abram Smith, 1930, Estados Unidos.

Por último, resulta necesario articular el asesinato de Harri con los acontecimientos ocurridos en las últimas dos semanas como expresión del antihaitianismo,  el fascismo,  la violación de derechos ciudadanos y la promoción del odio y del crimen en República Dominicana.  Basta recordar que el 26 de enero, fecha de conmemoración del natalicio  del Padre de la Patria, Juan Pablo Duarte, tuvo lugaren Santiago la manifestación en la que el médico Luis José Díaz Estrella, junto con otros fanáticos supuestamente nacionalistas, decretaron la “muerte a los traidores” e incluyeron entre ellos los nombres de varios  periodistas dominicanos caracterizados por su  integridad y posiciones críticas. El 2 de febrero los periodistas aludidos,  víctimas de múltiples amenazas durante varios meses, denunciaron la situación en rueda de prensa e iniciaron acciones legales. El 5 de febrero, a plena luz del día y con vigilancia policial y de seguridad privada, se produjo la agresión y  robo de la residencia del embajador haitiano en República Dominicana, Fritz Cineas. El martes 10 de febrero, en un barrio periférico de Santiago, 10 ó 12 manifestantes quemaron la bandera de Haití mientras ocultaban sus rostros con máscaras, varios de ellos escenificaron la muerte y expulsión de los haitianos del territorio dominicano. Un día después, el 11 de febrero, en esa misma ciudad aparece asesinado y colgado de un árbol de un céntrico parque el emigrante haitiano apodado Tulile.

Esta secuencia de hechos se constituye en expresión del odio racista y clasista, del fanatismo, de los intereses de poder más espurios, de la invención de enemigos internos y externos, de las iras y deseos de venganza que se van generalizando entre diferentes sectores de la población. Son fuerzas desatadas para, de una u otra forma, instaurar el miedo, la censura, el control y la represión. Operan por la fuerza del fanatismo y resultan peligrosas porque en ellas no hay cabida para la razón, el diálogo, el entendimiento. La muerte de Claude Jean Harri representa la violencia ejercida contra  un inmigrante haitiano en suelo dominicano, pero es también la muerte de posibilidades para construir una sociedad y un país  que hoy, difícilmente y solo en la fantasía de algunos, se podrán catalogar como democráticos

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