El tiempo que me ha tocado vivir

Repercusiones de una sentencia

Por Isidoro Santana

Se especulaba en el año 2001 que los autores intelectuales del ataque terrorista que culminó con el derrumbe de la torres gemelas de Nueva York, al ver las imágenes por la televisión, fueron los primeros sorprendidos del éxito alcanzado. No se habían imaginado que pudieran ser tan exitosos. Claro está, su sorpresa tenía que ser grata, pues, como terroristas al fin, su intención era hacer daño. Mientras más daño, mejor.

Si por la mente de alguno de los promotores o autores de la sentencia 168/13 del Tribunal Constitucional hubiera pasado la idea de hacerle daño a este país, probablemente no se habría imaginado que pudiera tener tanto éxito. Claro está que este no es el caso.

Lo primero es que consiguieron convertir un problema de migración en un problema de nacionalidad. Es claro que la República Dominicana tiene un serio problema incontrolado de migración, y todo parece indicar que lo seguirá teniendo mientras haya al otro lado de la isla una población tan pobre y sin esperanzas, y a este lado un Estado tan débil, que ni siquiera la frontera puede guardar, ni el respeto a  las leyes puede imponer.

A ese problema migratorio es que hay que prestarle atención. El tema de nacionalidad que de lo anterior podría derivarse, si es que así se entiende, habría quedado compuesto a partir del 2010 con  los cambios constitucionales de ese año. Lo incorrecto fue pretender hacerlo extensivo 84 años hacia atrás, afectando a múltiples dominicanos que nacieron durante ese tiempo.

En segundo lugar, y como efecto de la confusión expuesta, la sentencia consiguió dividir profundamente a la sociedad dominicana, generando extremismos inconcebibles en otros momentos. Así como el terremoto de enero 2010  en Haití hizo brotar espontáneamente lo mejor del pueblo dominicano, a través de la oleada de solidaridad que despertó en todos los estratos de la sociedad, la sentencia del TC hizo brotar lo peor.

Lo tercero es que dio aliento a un movimiento de corte neofacista que nunca habríamos imaginado que llegara a alcanzar tanta prominencia en el país, al menos por lo que se advierte en los medios de comunicación. Hasta el punto de llamar traidores a la patria y pedir muerte justamente a algunos de los mejores ciudadanos dominicanos.  Y más cuando esos pequeños grupos no se han caracterizado por hacer valer su teórico patriotismo cuando la patria verdaderamente lo ha necesitado, sino que solo sale a relucir cuando se trata de Haití. Así qué fácil es.

En cuarto lugar, colocó al gobierno en una posición perder-perder: No importa la posición que asumiera ante la sentencia, siempre iba a perder. Por un lado, no podía desconocer la sentencia, porque sería violar la independencia de los poderes. Y si bien el Tribunal hizo añicos la Constitución cuya misión es salvaguardar, el Gobierno no podía hacer lo mismo.

Por otro lado, tampoco  podía acatarla y de inmediato negarles los derechos a las víctimas, porque eso sería patrocinar un apartheid social desde el mismo Estado, justamente en los tiempos en que los países están removiendo cualquier tipo de restricciones institucionales a la cohesión y la integración social. Y si actuaba conforme por lo que parecía más sensato, que era buscar una salida humanitaria coherente con el orden jurídico, como efectivamente ha ocurrido con el reglamento, esto tampoco iba a ser bien acogido por los promotores de la iniciativa.

Lo quinto es que dio lugar a que un problema interno, que debió ser estrictamente entre dominicanos, se haya convertido en un problema internacional. Esto nunca debió involucrar al gobierno haitiano. Este no es un asunto que concierne a Haití, sino a grupos de dominicanos, ciertamente una mayoría que aparentemente no corremos peligro y un grupo menor de hermanos que pretenden ser privados de su nacionalidad.

Y lo sexto es que de ahí pasó a un problema de derechos humanos que ha involucrado a la comunidad internacional, poniendo al gobierno en una posición de relaciones internacionales sumamente delicada, denigrando la condición del pueblo dominicano en su tradicional tolerancia y aceptación de la diversidad, y pudiendo tener repercusiones incluso económicas.

Ni el más acérrimo enemigo externo podía haberle hecho tanto daño al país de manera tan gratuita. Y ni el más radical partido de oposición habría encontrado medios de hacerle tanto daño al gobierno.

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