§ 1. José Fouché perteneció a la Congregación del Oratorio fundada en Roma en 1575 por san Felipe Neri (1515-1595) a raíz de la expulsión de los jesuitas de los territorios de Europa donde predominan las monarquías absolutistas y católicas. A los miembros de esta congregación se les conoce como padres filipenses o, por su gentilicio, oratorianos, y es de clérigos regulares. La característica fundamental de esta congregación es la libertad o autonomía de cada una de las 19 órdenes que existen en la actualidad en igual número de países. Se dice que los miembros de estas congregaciones, sean sacerdotes o seglares, «no están atados por ningún voto o promesa que implique compromiso.» (Wikipedia 22-6-2019).

§ 2. ¿Por qué viene a cuento la pertenencia de Fouché a esta congregación? Porque en ella, como discípulo, moldeará y agigantará los rasgos de la personalidad promotora que trajo al mundo y perfeccionará los rasgos que Nicolás Maquiavelo le atribuye en El príncipe al político que sabe conquistar y mantener el poder hasta su muerte y salir indemne de todas las intrigas que los enemigos les tienden a sus adversarios.

Lo de la Congregación viene a cuento también porque esta orden se estableció en Francia a raíz de la expulsión en 1762 de los jesuitas de los dominios del absolutismo católico. De España fueron expulsados en 1767 acusados de ser los instigadores del motín popular de Esquilache. Este es el contexto en que surge la personalidad política de Fouché, nacido el 31 de mayo de 1759 y muerto el 26 de diciembre de 1820 en una localidad de Trieste, Italia, donde fue proscrito, pero multimillonario y con el título nobiliario de duque de Otranto.

Maximilien Robespierre

§ 3. En la introducción de 1929 a su libro, cuya primera edición en español vio la luz en 1935, Stefan Zweig afirma lo que le escatiman a su personaje biografiado los demás historiadores, excepto uno: «José Fouché fue uno de los hombres más poderosos de su época y uno de los más extraordinarios de todos los tiempos. Sin embargo, ni gozó de simpatías entre sus contemporáneos ni se le ha hecho justicia en la posteridad. A Napoleón en Santa Elena, a Robespierre entre los jacobinos, a Carnot, Barras y Talleyrand en sus respectivas Memorias y a todos los historiadores franceses –realistas, republicanos o bonapartistas–, la pluma les rezuma hiel cuando escriben su nombre. Traidor de nacimiento, miserable, intrigante, de naturaleza escurridiza de reptil, tránsfuga profesional, alma baja de esbirro, abyecto, amoral… No se le escatiman las injurias. Y ni Lamartine, ni Michelet, ni Luis Blanc intentan seriamente estudiar su carácter, o, por mejor decir, su admirable y persistente falta de carácter. Por primera vez aparece su figura, con sus verdaderas proporciones, en la biografía monumental de Luis Madelins, al que este estudio, lo mismo que todos los anteriores, tiene que agradecerle la mayor parte de su información. Por lo demás, la Historia arrinconó silenciosamente en la última fila de los comparsas sin importancia a un hombre que, en un momento en que se transformaba el mundo, dirigió todos los partidos y fue el único en sobrevivirles, y que en la lucha psicológica venció a un Napoleón y a un Robespierre.» (Ob. citada, p. 7).

§ 4. ¿Por qué internan los padres de Fouché a su hijo en el Oratorio de los padres filipenses de Nantes, ciudad del departamento, para el siglo XVIII, del Loira inferior? A una persona pobre o de clase media baja como Fouché, e incluso a los grandes burgueses les era imposible ascender en la escala de la movilidad social del absolutismo de Luis XIII y Luis XIV si no se era noble y aristócrata de nacimiento. ¿Y cómo era Fouché de niño y quiénes fueron sus antepasados? Stefan Zweig traza su genealogía y personalidad infantil a partir de su nacimiento en Nantes hasta el momento de entrar en la Iglesia: «Marineros y mercaderes sus padres y marineros sus antepasados, nada más natural que él continuase la tradición familiar; pero bien pronto se vio que este muchacho delgaducho, alto, anémico, nervioso, feo, carecía de toda aptitud para oficio tan duro y verdaderamente heroico en aquel tiempo. A dos millas de la costa, se mareaba; al cuarto de hora de correr o jugar con los chicos, se cansaba.» (Ob. citada, p. 13).

Napoleón

Observar al hijo con estas condiciones debió ser la gran preocupación de los padres o de quien sea que viese a un vástago transitar este camino. ¿Cómo logró el niño, y luego el adolescente Fouché, transformar estas debilidades en fortalezas, al punto de que será un trabajador incansable durante los años iniciales de la Revolución; durante su desarrollo, consolidación y expansión por Europa con Napoleón y la restauración de la monarquía borbónica luego de la coronación de Luis XVIII, el Deseado, en 1814, hermano del guillotinado Luis XVI y elevado al trono en razón de que el heredero legítimo, Luis XVII, todavía niño, había muerto en prisión?

Zweig se interroga y responde: «¿Qué hacer, pues, con una criatura tan débil?, se preguntarían los padres no sin inquietud, porque en la Francia de 1770 no hay todavía lugar adecuado para una burguesía ya despierta y en empuje paciente. En los tribunales, en la administración, en cada cargo, en cada empleo, las prebendas substanciosas se quedan para la aristocracia; para el servicio de Corte se necesita escudo condal o buena baronía; hasta en el Ejército, un burgués con canas apenas llega a sargento. El tercer Estado no se recomienda aún en ninguna parte de aquel reino tan mal aconsejado y corrompido; no es extraño, pues, que un cuarto de siglo más tarde exija con los puños lo que se le negó demasiado tiempo a su mano implorante.» (Ob. citada, p. 13).

Si todos los caminos estaban cerrados para el niño Fouché, no les quedó otra opción a sus padres que escoger la vía que tanto los pobres como los no nacidos con sangre real estaban casi siempre forzados a elegir, práctica que continúa hoy día en plena expansión del capitalismo salvaje, tecnológico, informático y cibernético: «No queda más que la Iglesia. Esta gran potencia milenaria, que supera infinitamente en sabiduría mundana a las dinastías, piensa más prudente, más democrática, más generosamente. Siempre encuentra sitio para los talentos y recoge al más humilde en su reino invisible. Como el pequeño José se destaca ya estudiando en el colegio de los oratorianos, le ceden con gusto la cátedra de Matemáticas y Física para que desempeñe en ella los cargos de inspector y profesor.» (Ob. citada, P. 13-14).

¿Por qué y para qué escribir hoy, en 2019, sobre Fouché? (Continuará).

Biobliografía

(1). Stefan Zweig. Fouché el genio tenebroso. Traducción de José Fernández. Barcelona: Editorial Juventud, 12ª ed. 1996 [1929, 1935].