Ha trascendido a la historia una anécdota memorable en relación a Pushkin y Gógol, que eran grandes amigos y solían reunirse a conversar. Gógol, diez años más joven que Pushkin, leía página tras página de una obra inédita que se titularía “Las almas muertas” y para su sorpresa empezó a notar que, a diferencia de otras ocasiones, su interlocutor parecía reaccionar de una manera extraña en la medida en que progresaba el relato. Pushkin no parecía disfrutar, estaba visiblemente interesado en el tema pero de una forma inusual, parecía aturdido… (me parece verlo, ahora se pone pálido o verdoso, macilento, borroso)…

“Pushkin -cuenta Gogol-, tan aficionado a reír, a medida que yo leía se iba poniendo cada vez más sombrío, y al acabarse la lectura exclamó con desesperación: ¡Dios mío, qué triste es nuestra Rusia! En aquel momento me di cuenta de la importancia que podía tener todo cuanto saliera directamente del alma, y, en general, todo cuanto poseyera una verdad interior”.

La obra de Gógol describía la miserable condición de los siervos en el gigantesco país de los zares y provocó una sacudida terrible en la sociedad rusa de la época y una reacción hostil desde las alturas del poder. A la larga tuvo una influencia benéfica en la abolición de la servidumbre por parte de Alejandro II y sus sucesores, pero mientras tanto se convirtió en una especie de referencia inoportuna. Gógol cayó un poco de la gracia del zar y de los nobles, su modesta pero privilegiada condición de clase se vio un poco comprometida, o por lo menos resentida, y su propia conciencia le dio no pocos problemas. Sobreviviría a estas vicisitudes, pero no sobreviviría a si mismo:

Siervas
Siervas

“Hiponcondríaco, perturbado, decidió que vivir no valía la pena, y se dejó morir”.

En el año de su muerte (1852),  “Iván Turguéniev escribió un notable obituario para su ídolo Gógol en la Gazeta de San Petersburgo:

“…¡Gógol ha muerto!…¿qué corazón ruso no se conmociona por estas tres palabras?…Se ha ido, el hombre que ahora tiene el derecho, el amargo derecho que nos da la muerte, de ser llamado grande….”

“El censor de San Petersburgo no aprobó esta idolatría, pero Turguénev lo convenció para publicarla. Tal oscura estrategia le valió al joven escritor un mes de prisión, y el exilio a su región de origen por cerca de dos años”.

1852 es la fecha de otro acontecimiento importante en la vida de Turguéniev y en la literatura rusa. Es el año de la publicación de una obra trascendental, su primer éxito literario, una colección de historias conocida como “Relatos de un cazador”, “Diario de un cazador”, “Esbozos del álbum de un cazador”, “Memorias de un cazador”, “apuntes de un cazador”, etc.

Era una época de represión y grandes persecuciones políticas, si acaso no la han sido todas en Rusia, y Turgueniév, como Gógol, había puesto un dedo en la misma llaga social. La condición humana, la pobreza  y opresión de gente a la que no se reconocía condiciones de humanidad, otro atentado contra la institución de la servidumbre.

“La obra de Turguénev representa un nuevo período en el desarrollo del realismo crítico ruso. En la década de 1840 fue el más destacado representante de la corriente ideológica literaria que se inspira en las esperanzas de ilustración de la nobleza. Partícipe de la creación de la literatura de vanguardia y tratando de retratar objetivamente en su obra la vida de los campesinos, ofreció a sus contemporáneos y dejó a la posteridad un extraordinario ciclo de relatos, Memorias de un cazador, que tanto por su tendencia, opuesta al tiránico régimen de servidumbre que imperaba en Rusia, como por su valor literario, marcó una época. La publicación de Memorias de un cazador causó una profundísima impresión en los lectores rusos. Los reaccionarios la consideraron una obra incendiaria y el autor fue sometido por parte de las autoridades a una estrecha vigilancia. La aldea rusa, sus campesinos, nunca habían sido descritos con tal profundidad psicológica y tanta simpatía. Su sagacidad práctica, su clara inteligencia, su sensatez, su honradez y magnanimidad se contraponen a menudo con la figura del terrateniente cruel, carente de moral e intelectualmente limitado”.

Pushkin y Gógol, el mismo Turguéniev, sin sospecharlo siquiera, habían puesto la base de la literatura rusa moderna.

“Los autores rusos –escribe Silvia Iparraguire- irrumpen en el siglo XIX con fuerza y singularidad distintivas dentro de la literatura europea. Con raíces folclóricas en Asia y mirada a la Ilustración francesa, Rusia produjo toda su literatura moderna bajo la feroz censura zarista y brindó una narrativa y una  poesía marcadas por una intensa comprensión de lo humano. Dividida entre el omnipotente poder del Zar, aislado en su temor a la revuelta, y el pueblo campesino, sujeto a la servidumbre, la sociedad rusa del siglo XIX tuvo un solo vocero, sus escritores, y una sola representación: la que ellos le dieron en sus textos. Los narradores rusos han sido decisivos para la cultura Occidental y no hay escritor del siglo XX que no se haya reconocido como su deudor”.