El inicio del período de vacunación en República Dominicana, anunciado como regalo de San Valentín, es tomado por muchos como la luz al final del túnel, aunque desde antes de que estuviesen finalizados los estudios de validez de los diferentes laboratorios ya ciertos comentaristas, como Fareed Zakaria, de CNN y con audiencia nacional, comenzaban a hablar de un mundo pos pandémico desde octubre de 2020.

Ciertamente, en términos de salud física colectiva ya se han empezado a tomar medidas, pero otro gran problema de base, la capacidad intelectual de la población, necesita igual o mayor atención.  Desde antes de la irrupción del virus en nuestras vidas, las diferencias de acceso a la información a través de instrumentos tecnológicos ya era un problema.  Si se podía franquear ese obstáculo, todavía quedaba la importancia de la capacidad de discriminación. La vulnerabilidad ante el engaño y la manipulación se hicieron patentes, por ejemplo, en los procesos electorales en los Estados Unidos de los años 2016 y 2020 y, en el caso de la República Dominicana, en las conocidas estafas con respecto a la herencia de la familia Rosario o Telexfree.

Estas brechas, que pueden ser tan amplias y definitorias, toman años en construirse.  No son una fatalidad, no se materializan en un instante, implican meses y años de desdén, menosprecio y sentido de urgencia mal aplicado. Por ello hay que felicitar las numerosas iniciativas ciudadanas encaminadas a prevenir estos malestares.

Con destacadísimas excepciones, estos casi doce meses de confinamiento han constituido grandes pérdidas académica a título personal y colectivo.  Todavía no disponemos de cifras oficiales, pero hay una muy sencilla que está disponible para todos. Las horas presenciales en los centros educativos han sido mínimas, a pesar de que se han reabierto espacios para el ejercicio físico, para el ejercicio espiritual, para la belleza y hasta para el estipendio de comida rápida.  Todos estos establecimientos tienen propósitos necesarios y loables, pero su cierre temporal no implica pérdidas tan grandes a largo plazo como el desperdiciar un año escolar en un país donde la gráfica de distribución de la población por edades es una pirámide de amplia base.

Todos los estudiantes han perdido el tiempo, a pesar de estar dentro de los grupos de edad con menos contagios y, dentro de los afectados, de menor gravedad en la manifestación de la enfermedad.  Todos los estudiantes han aprendido maneras alternativas de distraer la atención de la academia. Que usen educación radiofónica, comunicación por celulares, tabletas o computadoras personales, además de las materias del currículo, han seguido más actividades de distracción que antes. Han dedicado menos horas a aprender. Las brechas entre individuos y entre categorías de individuos es cada vez mayor.

Muchas asociaciones, como El Arca, trabajan por la inclusión de las personas de diferentes capacidades y el esfuerzo no es sencillo.  Empezar a tener discapacidades “fabricadas”, que no son producto de condiciones congénitas o de accidentes imprevisibles es aumentar la carga de las familias y del país innecesariamente. Estamos en la posibilidad de parar la pandemia intelectual ahora.