La privacidad en nuestra era es una bella quimera, una raza de nínfulas en extinción. Con los precoces desarrollos de la técnica y de la trasgresión a las barreras impuestas por nuestra bella madre Gea queda en un punto ciego la línea que diferencia los menesteres personales (quizás hasta íntimos) y los asuntos de dominio público.

Es una pena que sociedades más cautas (tal vez algunas por experiencia como es el caso de Alemania) se obligue a infinitud de asuntos web (regularmente denominados como Sociales) a dejar a decisión de los titulares (dueños de las cuentas) a elegir que información compartir con quien.

Respecto a este tema citamos a una de las muchas páginas de noticias y divulgación preocupadas por el tema:

“Es preciso ser cuidadoso, reiteramos, con la cantidad de información que se pone a disposición de los demás, y habilitar el acceso a ella, en la medida de lo posible, sólo a los usuarios que consideramos contactos o amigos. Han aparecido varias noticias en los últimos meses sobre personas que habían perdido su empleo u otras posesiones por un comentario desafortunado en Facebook o Twitter que acabó llegando a oídos -ojos, mejor dicho- de quien no debía.” (http://www.enfolang.com/internacional/redes-sociales/privacidad-redes-sociales.html)

Es alarmante la ligereza con que se refiere a “personas que habían perdido su empleo u otras posesiones”. Estas “posesiones” pueden ir desde una subvención (pública o privada) hasta la libertad misma.

Pero ¿quién es tan reservado y prudente que nunca ha hablado con algún íntimo amigo o familiar en ese tono (meramente jocoso) sobre alguien de puesto elevado?

Es claro que muchos apoyaran que mediante información mal filtrada se encarcelen ladrones o secuestradores pero la verdad es que la humanidad no puede darse el lujo de usar esta artimaña para apresar a unos pocos si también mediante esta se puede cazar a multitudes por su grupo religioso o por sus ideas políticas.

En este cabito de isla, para referirnos a los que nos duele, muchos se pueden jugar el futuro (o la vida) por llamar “princesa” o “turpen” o “mona de seda” a algún funcionario, militar o a algún “poderoso”.

Pero ¿quién es tan reservado y prudente que nunca ha hablado con algún íntimo amigo o familiar en ese tono (meramente jocoso) sobre alguien de puesto elevado?

Imagino que hasta nuestros gobernantes tratan a sus colegas con términos despectivos en la intimidad, justo como lo hacíamos todos en la primaria.

El desahogo, la catarsis (por usar un termino más de “intelectuales” de la época) es un mecanismo tan natural que hasta nos impide pararnos con una escopeta recortada y comenzar a disparar dentro de una secundaria.

Las restricciones y las privaciones son algo que siempre he apoyado y que defiendo con fervor porque generan violencia o formas más complejas de arte (y ambos casos, a mi ver, son lo mismo). Pero ¿está la civilización preparada para afrontar esto?