Para quienes me conocen no debe ser un secreto, que viajo con relativa frecuencia a diferentes partes del Mundo. Y que, desde hace algún tiempo, he venido compartiendo mis viajes entre las ciudades de Buenos Aires, New York, esta última, donde residen mis hijas.
Conocedor de algunos de los países de la Europa Occidental, ricos en arte y arquitectura de la antiguedad, que tanto admiro, entre otras razones por los diversos motivos que me unen a esta, la principal motivación que me ha inducido a visitar con cierta frecuencia la gran nación del Cono Sur ha sido su espléndida riqueza de los estilos artísticos y arquitectónicos que surgieron en su vasto territorio a finales del Siglo XIX, y principios del XX.
Es así como, motivado por la extraordinaria riqueza que posee, y la coyuntura histórica que la hizo beneficiaria de una de las migraciones más grandes, variadas, y fructíferas conocidas desde el Descubrimiento de América, fue posible que arquitectos, artistas, y todo tipo de artesanos, propios para la construcción de edificaciones, que fueran inspiradas en los estilos Art Nuveau, Art Deco, Neoclásico, y Racionalista, entre los principales, de los que se diseñaron y construyeron extraordinarios edificios y monumentos, inspirados en esos estilos.
Aunque la historia argentina y dominicana no resalta eventos significativos de índole político, diplomático, o comercial, que expresen alguna importancia entre estos dos países, tan distantes entre sí, existe uno de índole cultural, que aunque no suficientemente conocido, ni por una parte ni por la otra, siempre nos ha llamado, poderosamente, la atención.
Se trata de la extraordinaria misión que llevara a cabo en tierras pampeanas el intelectual, filólogo, crítico, ensayista y escritor dominicano Nicolás Federico Henríquez Ureña (Pedro), quien naciera en la ciudad de Santo Domingo, el 29 de junio de 1884, y falleciera el 11 de mayo de 1946, a bordo del tren que lo conduciría a la ciudad de La Plata, procedente de la de Buenos Aires.
Nuestro egregio compatriota, después de haber residido por un tiempo en Cuba, Estados Unidos y en México, donde ejerció la profesión de profesor universitario, y casó con la mexicana Isabel Lombardo Toledano, se radicó en la Argentina, en cuya capital vivió durante los últimos veinte años de su fructífera, desempeñándose como docente del Colegio Nacional de la Universidad Nacional de La Plata, formando parte activa de la vida cultural de la época, y desplegando un papel de importancia en el acontecer académico argentino, que comenzó desde su llegada a ese país, en el año 1924.
Su obra cultural, extensa y variada, le valió grandes elogios de intelectuales de la talla de Ernesto Sabato, Jorge Luís Borges, Alfonso Reyes, y Victoria Ocampo, entre otros. Fundó universidades, publicó y prologó memorables obras, dictó innumerables conferencias, y recibió la Cátedra Charles Eliot Norton en la Universidad de Minnesota, Estados Unidos de Norte América, siendo el primer latinoamericano en ocuparla.
En una oportunidad, alguien dijo, refiriéndose a Henríquez Ureña: “…Dentro de unas horas, te apresurarás por el último andén de Constitución, para tu clase en la Universidad de La Plata. Alcanzarás el tren, pondrás la cartera en la red y te acomodarás en tu asiento, junto a la ventanilla. Alguien, cuyo nombre no sé pero cuya cara estoy viendo, te dirigirá unas palabras. No le contestarás, porque estarás muerto. Ya te habrás despedido para siempre de tu mujer y de tus hijas. No recordarás este sueño porque tu olvido es necesario para que se cumplan los hechos”.
Entre sus principales afanes sobresalió su permanente deseo por educar y descubrir vocaciones. En ese sentido, uno de sus principales amigos, el literato mexicano Alfonso Reyes, escribió: “enseña a ver, a oír, y a pensar”, lo que suscitó una verdadera reforma de la cultura de aquella época. ¿Quien le hubiera dicho a ese egregio dominicano, que sucedería lo que ha estado sucediendo en su patria, tantos años después? Y añadió Reyes: “Que Pedro Henríquez Ureña me haya parecido una reencarnación de Sócrates lo he dicho mil veces; por ciertos rasgos de su apariencia y presencia, por ajeno a las convenciones inútiles, por probo y fuerte y sabio…”
Practicando lo que me he propuesto hacer durante el transcurso de mis años añejos, y tratando de conocer lo que Dios me permita del país que, desde hace algún tiempo, he venido admirando cada vez más, me dirigí desde Buenos Aires, donde acabo de pasar unos días, a la ciudad de La Plata, separada por tan solo unos 60 kilómetros de la Capital Federal, con el fin de conocerla y, sobre todo, tratar de sentir las vibraciones que se perciban en el lugar donde pasó, parte del tiempo, sus últimos años, uno de nuestros más grandes hombres.
Allí pude percatarme de algunos de los ambientes donde el príncipe de la intelectualidad dominico argentina, se desenvolviera, y mamara de una de las fuentes de la cultura, fundamentalmente latinoamericana, más sobresaliente de aquellos tiempos.
Lamentablemente, la suerte no me acompañó como eran mis deseos, en el sentido de que el día que escogí para mi periplo era festivo. Se celebraba, por adelantado, en la República Argentina, el día del Descubrimiento de América.
Las fotografías que acompañan esta crónica viajera corresponden al Colegio Nacional de la Universidad Nacional de La Plata, donde el maestro dominicano se desempeño como docente, la Biblioteca de La Plata, donde hemos de imaginarnos las interminables horas que pasara nutriéndose y desplegando su intelecto natural y compartiendo con intelectuales de su talla, y finalmente, la estación ferroviaria, a la que acudía diariamente para ir y venir a Buenos Aires, lugar que se había vinculado, estrechamente, a nuestro genio, ya que uno de los trenes en los que tanto viajaba se convirtió en el lugar donde expirara su último aliento.
Y finalmente, una imagen de la Casa Curutchet.

Para concluir, no he podido dejar de lado algo de interés para los arquitectos, al igual que para los amantes del arte y la arquitectura.
Se trata de la existencia en la ciudad de La Plata de una de las pocas obras diseñada por uno de los arquitectos más notables del Siglo XX, el suizo Le Corbusier, quien concibió la Casa Curutchet, en el año 1948. Es decir, dos años después de desaparecido nuestro Maestro.
Correspondiendo el nombre de la moderna estructura al de su propietario, el cirujano e inventor de instrumental quirúrgico Pedro Domingo Curutchet.
Tanto la época a la que corresponde la famosa edificación, como el primer y segundo nombre de su propietario, coinciden, por un lado, con el momento en que realizó su gran labor Pedro Henríquez Ureña, y por el otro, con su nombre de pila, y el de su ciudad natal.