En el siglo XVII vivió en Francia uno de los hombres más geniales y abominables de una época en que no escasearon los hombres abominables y geniales. (…) Se llamaba Jean-Baptiste Grenouille y si su nombre, a diferencia del de otros monstruos geniales como De Sade, Saint-Just, Fouché, Napoleón, etcétera, ha caído en el olvido, no se debe en modo alguno a que Grenouille fuera a la zaga de estos hombres célebres y tenebrosos en altanería, desprecio por sus semejantes, inmoralidad, en una palabra, impiedad, sino a que su genio y su única ambición se limitaban a un terreno que no deja huellas en la historia: al efímero mundo de los olores.

Es la voz de Patrick Suskind en El perfume, texto conformador del imaginario del olfato dentro de la narrativa; en él se describen los olores que según el autor reinaban en el París de aquella época: Estiércol y orina; madera y col podrida; excrementos de rata y grasa de carnero; polvo enmohecido y sábanas grasientas; sangre coagulada, azufre y orinales. Eran tiempos donde hombres y mujeres apestaban a sudor y a ropa sucia; a dientes infectados; a aliento de cebolla y a cuerpos que recordaban el queso rancio, la leche agria o los tumores malignos. Apestaban también ríos, plazas, iglesias, puentes y palacios; los campesinos, el clérigo, los artesanos, la esposa del maestro y la nobleza entera. El mundo, en consecuencia, se había enrarecido gracias a la maldad (expresada en la fetidez) de todos sus habitantes y urgía su renovación a través de nuevos aromas.

Ciertamente, el olfato, mil veces más sensible que los demás sentidos, es el más inmediato de ellos, aunque el menos diversificado e “intelectual”; por mucho tiempo fue el más bajo por asociarse al sexo y las emanaciones corporales. Se le consideró “sentido menor” por no existir expresiones artísticas ni obras admiradas a través de él, sin embargo, es el que más poderosamente se asocia a la memoria y a los recuerdos emocionales, cosa que explica que el simbolismo atribuido a los olores no sea uno de naturaleza innata sino resultante del aprendizaje y las asociaciones experimentadas en nuestro existir.

El sentido del olfato, Brueghel El viejo, Peter Rubens. 1617

Carecemos desde el nacimiento de una cultura olfatoria propiamente dicha hecho sustentado en la incapacidad de los niños adjudicar valores a los olores incluso a aquellos considerados desagradables; así, juegan con orina y heces indistintamente ante nuestro asombro de hombres olfatoriamente sofisticados. Percibimos cinco mil aromas, mas, existen apenas siete “olores primarios”: alcanfor, almizcle, flores, menta, éter, acre y podrido. Desde las neuronas olfatorias de la pituitaria amarilla incrustadas en la nariz, el olfato los mantiene vivos evocando a través de ellos placeres y experiencias. “Territorios” a distanciar en presencia del enemigo o frente a lo antihigiénicamente desagradable en una suerte de “resistencia protectora”. Contrariamente, con los olores, ciertas “químicas” provocadoras sellarán la muchas veces inexplicable atracción hacia un otro en busca del apareamiento. Porque el olor, en suma, ata y separa; protege y excita; alerta e identifica. Seduce y obsesiona, como afirmaba Casanova.   

Desde la perspectiva neuroanatómica, el proceso olfatorio acontece en el sistema límbico cerebral, territorio relacionado a la memoria, las emociones y el instinto sexual, fenómenos que modulan a su vez cada uno de nuestros sentidos. Así, recordamos más lo olfateado que lo tocado o lo degustado; lo que una vez olimos mucho más que aquello que habíamos hablado, y también recordamos lo que una vez vimos, aunque ese acto fuese instantáneo o lo observado una banalidad, tal como reveló un experimento publicado en la revista Proceedings of The National Academy of Sciences.

Investigadores han confirmado la espectacular eficiencia de la memoria visual de sujetos sanos a quienes, tras mostrarles repetidamente 2,500 objetos, el 87% acertó que se trataba de imágenes ya vistas. Tal eficiencia visual facilita en los ciegos de nacimiento el desarrollo de una inusual agudeza en el tacto y la audición con fines adaptativos y de supervivencia. Así, el olfato del no-vidente se hipertrofia para identificar interlocutores, objetos y espacios personales. Similar a lo sucedido con el olor que nos recuerda el regazo materno o la habitación donde crecimos; el patio donde jugábamos o la cocina de la abuela; el aliento frutal de aquel primer beso o el del sexo que compartimos esa única, irrepetible definitiva vez.

Algunos de nuestros congéneres no disfrutarán jamás de los olores que deambulan por ahí (lo sucedido a las víctimas de anosmia); quizás podrán percibirlos un tanto menos (como los afectados de hiposmia); de seguro añorarán fútilmente ciertas fragancias si padecen de fantosmia; e incluso, olerán en demasía como los aquejados de hiperosmia. Esta última condición es la que caracteriza al desalmado protagonista de El perfume, quien a pesar de su monumental sensibilidad olfatoria que lo capacita de oler todo desde lejos y en cualquier escenario, es invadido por un incontrolable pavor cuando descubre que de él no emana ningún olor. En lo adelante no cesará de fabricar perfumes para dotarse de fragancia natural propia –de un alma que lo identifique– al igual que el resto de nosotros. 

Resulta curiosa la costumbre de los habitantes de cierta región de la India y Borneo en las que se piden, no besos, sino el ser olido, cual magno acto de acercamiento que subraya cómo los olores cotidianos incluyendo el corporal, reflejan la intimidad más secreta y los linderos de nuestro territorio inmediato. Aunque represente quienes somos, ese olor variará según las condiciones climatológicas, la dieta e incluso con el transcurrir de los años. Aun así, es conocido que el olor asume roles dispares entre las comunidades estando socialmente proscrito en algunas o loado en otras; lo que es olfatoriamente “agradable” en Oriente podría no serlo en Occidente cosa que, entre otras razones, ha catapultado la perfumería, ese otro rubro de la industria de lo falso.

Un reportaje de El País revelaba que el perfume más caro del mundo, una edición limitada de la Bulgari bautizada como Opera prima, cuesta 200 mil euros situándolo entre los líquidos más preciados, tanto como el veneno de escorpión o de serpiente coral brasileña, el LSD, la insulina, el mercurio, el ecctasy líquido o la sangre humana. Cientos de fragancias son vendidas por dicha empresa en sus boutiques, sin embargo, el aroma de Opera prima, exhibida apenas en unos cuantos establecimientos, fue concebida como objeto de celebración; ella se puede mirar, pero no oler. Al menos por ahora. La archifamosa colonia está contenida en un ánfora construida con el exclusivo cristal de Murano, laminada en oro y diamantes. Parecería entonces que no es la fragancia lo importante sino lo que su envoltura representa.

En El malestar en la cultura Freud afirmaba que, al adoptar la postura erguida resultado de la bipedestación, el Hombre abandonó la fidelidad (o dependencia) al olfato privilegiando la visión como mecanismo de interacción con el entorno. Es lo que al parecer Bulgari intenta imponer: Que ya no cuente el oler, ni siquiera los perfumes, porque lo visto, sobre todo aquello que nos obligan a mirar, tiene el precio de la suntuosidad; de lo que al mercado, a fin de cuentas, le interesa.

Colofón: El olfato reconoce la trágica brevedad de la vida al insistir hacer suya una fragancia inexorablemente destinada a morir; pretende, fútilmente, atrapar el alma de lo ya ido y embalsamar el dolor de esa partida. Escuchamos, en el más escandaloso silencio interior, el respiro vivo de aquel desamor mientras al unísono, la boca intenta saborear el quimérico hálito de quien ya no está, engañada por la visión que inútilmente le busca. Tocamos, imaginación en mano, los límites de su sombra; y, lentamente, esa sombra-luz se escurre para que una vez más, volvamos a sentir en la carne trémula aquello que no está.