Perder a un familiar, a un amigo o compañero de trabajo, será siempre una pérdida sensible. En la familia están nuestros padres, hermanos, primos, abuelos, tíos y otros… En la comunidad y el entorno en que vivimos interactuamos con vecinos cercanos, conocidos y hasta personas extrañas.
En el lugar de trabajo tenemos a colegas de labores con las que pasamos la mayor parte del tiempo, incluso, más que con nuestra propia familia. El entorno laboral nos propicia relaciones que perduran en el tiempo. Vínculos fuertes que nos hacen muchas veces hacer causa común para situaciones especiales, y hasta cómplices de confianza, íntimamente para asuntos puntuales.
En fin, después del entorno familiar, el lugar donde laboramos nos permite construir relaciones sólidas que perduran en el tiempo. Sin embargo, en el momento menos esperado, el destino nos impacta y nos hace sufrir la partida repentina de uno de los miembros, haciéndonos sentir desconsolados. Y cuando las circunstancias son como la tragedia de La Vega, donde dos miembros del Cuerpo de Bomberos y uno de la Defensa Civil mueren en un incendio de una tienda, duele y nos entristece.
Juan María Concepción, voluntario de la Defensa Civil y bombero; Jesús Farías y José Mojica, integrantes del Cuerpo de Bomberos de Moca. Ellos ya no están en sus respectivos equipos de emergencias ni en sus familias. Esa ausencia apena, es una realidad lamentable para la Defensa Civil.
Y es de esa manera porque el voluntariado es el principal soporte, es la espina dorsal de la organización. Un voluntariado que se ha forjado en un ambiente de cooperación. Especial y característico por las anécdotas expresadas. Momentos de sonrisas, abrazos, tristezas, almuerzos, cenas, llamadas de emergencias en las madrugadas o simplemente nada.
El perder a un compañero que decide dedicar su tiempo, conocimiento y experiencia, en un acto de solidaridad, es una partida que nos llega profundo. Es una sensación inexplicable que se mantiene en el tiempo.
La actual gestión de la Defensa Civil reconoce el arrojo de sus hombres y mujeres. A esos que, siendo adolescentes, jóvenes o adultos mayores, decidieron sumarse a la familia naranja. Unirse a un equipo apegado a normas y principios de emergencias es un ejemplo. Personas formadas para no discriminar a nadie por su raza, color, condición socioeconómica, religión o simpatía política mientras responde en un escenario de auxilio.
Para los del sector de las emergencias, el pasar la mayor parte del tiempo reunidos, preparados para salir a responder a un accidente, un herido, incendio o evento especial, es la agenda del día. Por ese motivo, al perder a un colega en un suceso de emergencias el deber de todos es honrar su legado de servicio enalteciendo su memoria.
Unirse a una organización de socorro de emergencia, enfrentando sus propias precariedades y dejando muchas veces a los suyos para asistir a otros, es encomiable. Y perder, súbitamente, a esa persona que ha decidido servir a los demás sin pedir nada a cambio, genera una sensación de ansiedad por sentimientos encontrados. Pero la vida continua.
Por esa razón, para rendirle honor a nuestros guerreros de tantas cruzadas, la mejor decisión es asumir el proceso de duelo dejando fluir de forma natural los sentimientos que embargan al equipo y superar la tristeza recordando a Juan, a Jesús y José con todo lo bueno y agradable que nos dejaron, especialmente, la vocación de servir a su país y a su gente.