Descalificar como instrumento para rebatir argumentos, es una constante en esta sociedad, donde las discusiones más simples terminan cerrándose con una agresión verbal.

Frente al reclamo a acciones mal hechas, el primer recurso son las frases insultantes, acompañadas por una serie de signos con las manos – cerrándose las diferencias trascendentales para el destino de un pueblo a balazos y sillazos. Nuestros niveles de tolerancia ante críticas y disensos están constantemente puestos a prueba, lo que da cuenta que no estamos educados en y para la tolerancia. Invito al lector a colocar los ejemplos.

Entre la falta de diálogo y argumentos convincentes, la resolución de conflictos se lleva a cabo tratando de eliminar físicamente al otro. Esta queda evidenciado, al observarse que las agresiones se suceden y se resuelven con los mismos patrones conductuales y emocionales, en todos los estamentos de la sociedad. “Quitar del medio”, frase incorporada al lenguaje cotidiano, acompaña el desarrollo de los conflictos e ilustra los patrones de comportamiento en la población.

Se manifiesta una conducta violenta, culturalmente “asumida”, que engloba particularmente la eliminación física (estando este comportamiento dirigido a suprimir la fuente del conflicto).

Este fenómeno comienza a observarse con mayor frecuencia, en las familias de las clases más desfavorecidas, donde se matan unos a otros, por pequeños mal entendidos y reclamos, en una verdadera carnicería filial.

Cabe destacar que esta conducta, que se extrapola a otros niveles de las relaciones sociales, se registra incluso en los niveles intelectuales – donde se zanjan las diferencias, bajo el mismo esquemas simbólico y emocional de agredir y “quitar del medio”.

Cuando se hace imposible el debate de ideas, se recurre a cortar cabezas para crecer:

-“Ese no es más que un mediocre”, se suele decir de un profesional brillante; o  un “envidioso resentido” de un escritor laureado, por escribir como escribe.

Las discusiones epistemológicas quedan reducidas a frases y expresiones como “es un tipo difícil”, “un haitianófilo”, negando el reconocimiento a aquellos que no comparten nuestras ideas, filiaciones y etnicidad.

Dentro el quehacer político, esta modalidad de resolución de conflicto está presente. Aunque es raro disentir, dada la dramática ausencia de criticidad de esa clase, capaz de negociarlo todo, menos los liderazgos (in-merecidos), ventilando sus disensos con la misma pobreza de lenguaje, que se manejan las diferencias en bares y mercados… Basta leer lo que dicen algunos políticos, cuando son denunciados y puestos en evidencia.

Denunciar un político implica echarse encima toda la clase política, que se ve reflejada en el acto denunciante, corriéndose todos los riegos de las modalidades de resolución de conflicto que se manejan en esta sociedad: insultos, amenazas y “quitar del medio”…

Siendo necesario dar seguimiento y proteger a aquellos que han tenido la valentía de decir, lo que nunca se ha dicho (pero todo el mundo piensa), bajo el compromiso de servir al país y al periodismo ético.