La inseguridad es uno de los asuntos que más nos preocupa a los dominicanos. Sentimos en cada instante, que en el territorio nacional no estamos seguros en lugar alguno. Ni siquiera nuestra propia casa, ni el templo de oración constituyen territorios seguros. Nos quedamos altamente preocupados cada vez que vemos salir a nuestros hijos, no importa la hora ni el lugar donde vayan.
No sentimos seguridad en sitio alguno. A veces una se detiene y se pregunta: Estoy paranoica? Me he vuelto insegura y miedosa? Y después que se razona, la respuesta es que ni una cosa ni la otra. En la República Dominicana nuestra estamos frente a una realidad que no nos deja otro camino que el de sentirnos inseguros. No hay un sector que podamos decir a boca llena que es seguro. No hay un barrio seguro. La autoridad no nos da seguridad. Nos vemos forzados a limitarnos en el ejercicio de nuestra libertad.
No nos sentimos seguros ni con la policía, sino, en su generalidad, amenazados con su presencia. Y esto, créanme, es muy grave. Sólo que nos hemos ido acostumbrando a coexistir con esta situación, como la normal. Ya no sentimos confianza en la gente que nos parecía buena de primera impresión. Estamos aprehensivos y bastante prejuiciados. No podemos actuar de manera natural como lo hacíamos antes. Y tenemos razones más que suficientes para que no lo hagamos. Diariamente mueren personas de todas las formas posibles, de manera no natural, en muchas ocasiones víctimas de acciones brutales, sorprendidas en su buena fe, de quien menos esperaban, en manos de un transeúnte y hasta del conviviente, esposo, padre, hermano o subordinado o empleado de confianza. Y por demás, y lo que es más grave, nos sentimos desamparados del Estado. Al mismo se le ha ido la seguridad de las manos y no se visualiza un camino seguro.
Si nos pusieran a elegir nuestras preferencias en la corrección de los males que sufre nuestra sociedad; si nos preguntaran a todos, estoy segura que elegiríamos como prioritario, que nos proporcionen aunque fuere un mínimo de seguridad ciudadana. Que por lo menos se creen las condiciones para que se detenga esta oleada de crímenes por todos lados. Imagínense lo ideal que fuera que nuestros hijos no estuvieran tan expuestos. Que pudiéramos dormirnos cuando ellos salen y no tener angustia hasta que regresen. Ese es un sueño que todos y todas albergamos y que nos parece irrealizable.
Qué gran reto tiene el gobierno que se instalará el próximo 16 de agosto. Sabemos que no es posible corregir los males existentes con una varita mágica. Son muchos los problemas graves que tiene el país. Han pasado muchos años sin que se le de prioridad a los problemas sociales y ciudadanos. Ha habido mucha indiferencia respecto de estos asuntos. Se ha profundizado la inequidad social; se ha incrementado la criminalidad; ha proliferado y fortalecido el narcotráfico y consiguientemente, se ha consolidado la inseguridad ciudadana.
Si por lo menos se detiene la corrupción pública, y el nuevo Presidente asume el compromiso real y auténtico, con hechos, no tan solo con palabras, de enfrentar esta lacra endémica, se elevaría la moral y la esperanza de la gente; aumentaría el nivel de credibilidad en la autoridad; se multiplicaría la confianza y se cerrarían caminos importantes para que siga creciendo y sosteniéndose a sus anchas e impunemente, la criminalidad.
La corrupción, el crimen, el narcotráfico, la impunidad y la inseguridad ciudadana van de la mano. Hay que atacarlos a todos, al mismo tiempo. Un gobierno responsable y comprometido con un verdadero cambio no puede darle tregua a estos terribles males que han llegado a unos niveles inimaginables en el país, relativamente en poco tiempo.
Qué gran reto tiene el gobierno que se instalará el próximo 16 de agosto. Sabemos que no es posible corregir los males existentes con una varita mágica. Son muchos los problemas graves que tiene el país.
Qué bueno sería que el próximo gobernante entendiera de fondo estos problemas y cuán conectados están unos y otros; pero lo más importante es que tomara la firme decisión de enfrentarlos con medidas acertadas y eficaces, sin hacer bultos y crear expectativas que al final y hasta la fecha no han dado resultado; obviando la politiquería que tanto daño nos causa y resistiendo las presiones y los compromisos de campaña y de partidos. Que enfrente la criminalidad y la inseguridad ciudadana de manera firme, al amparo de la ley y sin violentarla, respetando los derechos humanos y los principios del Estado de derecho. El gran reto es resolver estos males sin la famosa fórmula de la mano dura que no ha resuelto problemas algunos, sino que más bien los ha agravado, porque ha puesto la autoridad a delinquir y nos imposibilita distinguir entre la autoridad y delincuente, igualándolos en sus prácticas y en sus actuaciones.
Con los elevadísimos recursos de que dispone el Estado Dominicano, que sin la corrupción resultan más que suficientes, el nuevo gobierno podrá tomar control de los grandes males por los que atraviesa nuestra sociedad, pero para ello tiene que poner al mando de cada dependencia, a hombres y mujeres comprometidos, que busquen del gobierno, servir y no servirse, que más que compañeritos de campaña y de mítines y de diabluras para ganar las elecciones, tengan la capacidad para el cargo que se pone bajo su responsabilidad y el compromiso de respetar la ley, de una vez y por todas; y por demás, que se les encomiende actuar para la ciudadanía, no para satisfacer el partido de gobierno y sus conveniencias. Ah, me faltaba: que sean supervisados constantemente y cuando fallen se les despida sin tantos titubeos.
No quiero un Presidente indiferente. Estoy cansada de esto. Quiero un Presidente que escuche, que hable, que sienta, que tenga un corazón que lata junto a los latidos del corazón de la gente; que sufra, que le de vergüenza cuando las cosas salen mal, que sea firme con todos y todas y muy especialmente con los de su confianza y cercanía, que no sea permisivo con sus funcionarios, que le sirva al pueblo y no a grupos y sectores; que sea sencillo y sobre todo, se sienta, se perciba que le duele el dolor humano. Necesitamos, más que una máquina política de permanentes cálculos estratégicos de manipulación y control, a un ser humano comprometido, que honre su palabra y que sea probo y ético.
La comida, la educación, la salud y la justicia constituyen también, una prioridad. Pero no olvidemos que resolver la inseguridad es también un tema prioritario. Los dominicanos y dominicanas ya no aguantamos más. La vida humana hay que preservarla a como de lugar. Hay que darle valor a la vida por encima de todo. No se pueden seguir priorizando las obras suntuosas en perjuicio de las obras prioritarias para las comunidades, para los barrios, para la gente. Hay que devolver la calle y los espacios seguros a la gente buena que trabaja cada día y que necesita una esperanza para seguir luchando por su familia. Este es uno de los mayores retos. Este problema se puede resolver. Es posible si se afronta con firmeza, compromiso, con sinceridad y aplicando y respetando la ley.
Los ciudadanos no podemos rendirnos. Debemos exigir que nos devuelvan la seguridad que nos quitaron. No vale la pena vivir en estado de permanente tensión. Para qué nos sirven los elevados y los túneles? Para quiénes son? Para qué queremos trenes si no podemos salir a la calle a pié? Hay que exigir que nos devuelvan la libertad que hace mucho tiempo perdimos. La democracia tiene como sustancia la libertad. Los dominicanos la tenemos formalmente, pero en su ejercicio estamos muy limitados. No estamos en dictadura, pero estamos atrapados. Podemos hablar, pero nuestra libertad está restringida. Yo optaría por ella primero que por todo lo otro.