El paseo en bicicleta fue interrumpido por el descubrimiento de un pequeño ser herido.  La tierna avecilla apenas tenía aliento.  Su patita izquierda luce lastimada, y aunque sus alas parecen estar bien, no tiene las fuerzas suficientes como para volar.  Presumo que la razón por la que esta exploradora del aire fue encontrada en el suelo, y no trata ya de liberarse, es que no ha podido alimentarse sabrá Dios por cuánto tiempo.

En fin, otro niño fue quien la descubrió, pero fue mi hijo quien se compadeció hasta los huesos como para hacerse cargo.  Abandonando la diversión, vinieron hasta mí con el herido, como quien llega a un hospital a la sala de emergencias.  Tú tienes que hacer algo, me dice entonces el niño con la fe en mí cual si yo fuera veterinaria.

En seguida se unió la niña a la escena, contagiándose de la misma actitud piadosa.  Los mozuelos se disputaban la oportunidad de que sus manos fueran el nido que abrigara la pequeña criatura.  Tenemos que darle de comer, tenemos que averiguar qué tiene, tenemos que salvarlo, mami, tenemos que cuidar de él…  Mientras los suplicantes “tenemos” impactan en mi cabeza con todo lo que aquella adopción implicaría, el niño aquel quien descubriera el ave, mantenía una actitud semi- indiferente.  Él estaba satisfecho de que su rescatado encontrara familia, pues no planificaba hacerlo parte de la suya.

Cierto, aquella criatura era adorable, su plumífera carita ya había logrado que el corazón de la niña estuviera adherido a su bienestar.  Mientras el varón me ejercía presión para que yo usara poderes casi milagrosos para dar en el blanco en qué hacer.  Dios ayúdame! Supliqué para mis adentros, mientras propuse que le diéramos agua a beber.  Encontramos agua y tratando de ser gentiles, sumergimos el piquito del paciente para forzarlo a beber.  En poco tiempo empezó a tragar y minutos más tarde lucía reanimado.  Ahora hay que darle de comer, sugirieron.  Rastrillamos lodo en busca de gusanos, sin éxito.

Así que tuve que buscar un poco de harina de maíz en el interior de la casa.  Otros niños curiosos se sumaron a ver y opinar.  Mi hijo, cual ya padre adoptivo, vuelve a decirme, tenemos que salvarlo mami…  ¡Tamaño compromiso!  Dios y ahora?  Pregunté para mis adentros.  Si esta avecilla se muere, estos chicos estarán super abrumados!  Dios!, por supuesto!  Tenemos que orar por él, respondí.  De inmediato, ambos elevamos una súplica al Todopoderoso, por el bienestar de aquella criatura.  Se va a morir?  Preguntaba uno, no puede volar, sentenciaba otro.  Ya oramos por él, respondió entonces mi hijo, para contagiar de esperanza a los curiosos.

Minutos más tarde el niño usaba sus dedos para abrir el piquito, en lo que dejábamos caer polvo de cereal en su interior.  No comió mucho, pero sí bebió bastante agua.  Siendo evidente que el ave no puede cuidarse por sí sola, y abandonando todo ánimo de jugar, los chicos recolectaron hojas de pino para improvisar un nido y acomodar al nuevo miembro de nuestra familia.  Exacto, nuevo miembro en una casa con gatos!  ¿Mamí, qué vamos a hacer con los gatos?  No podemos dejarlos que se lo coman!!!  En otras palabras, super mamá, haz un milagro, salva al ave y ahora libremos su vida de los felinos!!!

En resumen, el ave ahora habita en un improvisado nido, dentro de un envase plástico, al cual le pusimos una tapa y la amarramos de modo que los gatos no puedan abrirla.  De tanto en tanto (cada 5 minutos) uno de mis hijos viene a exponerme su angustiosa preocupación, porque tal o cual felino quisoacercarse al ave.  Dios quiera y este auténtico intento por salvar a esta dulce criatura no implique una dolorosa escena de “avecidio”.

Lo cierto es que ya sea por esto, o por causas naturales, si llegara a morir, mis dos hijos lo van a sufrir, porque sus corazones dulces y misericordiosos encontraron la forma de generar amor instantáneo por la necesitada criatura.  Lo cual, a pesar de lo que suceda, me resulta hermoso y agradable, porque me dice que tengo dos buenos seres humanos conmigo.  En un mundo en que tantas cosas horribles se dan, por el maltrato, la agresividad y la falta de amor, yo le doy gracias a Dios por mis dos pequeños enfermeros, que tan diligentemente buscan el bienestar de su paciente, aunque me suponga una presión que no me esperaba.

Lucas 10: 29-37Pero él, queriendo justificarse a sí mismo, dijo a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo? Y respondiendo Jesús, dijo: Un hombre descendía de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de ladrones, los cuales le despojaron; e hiriéndole, se fueron, dejándole medio muerto.  Y aconteció, que descendió un sacerdote por aquel camino, y cuando lo vio, pasó por el otro lado.

Y asimismo un levita, cuando llegó cerca de aquel lugar y lo vio, pasó por el otro lado. Pero un samaritano, que iba de camino, vino adonde él estaba, y cuando lo vio, tuvo compasión de él; y acercándose, vendó sus heridas, echándoles aceite y vino; y poniéndole sobre su cabalgadura, lo llevó al mesón, y cuidó de él.  Y otro día al partir, sacó dos denarios, y los dio al mesonero, y le dijo: Cuida de él; y todo lo que de más gastares, yo cuando vuelva te lo pagaré. ¿Quién, pues, de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los ladrones?  Y él dijo: El que mostró con él misericordia. Entonces Jesús le dijo: Ve, y haz tú lo mismo.

Bendiciones!