Veritas liberabit vos

¿Qué es la vida humana? (2)

Es contradictorio ser un congresista corrupto y decir que está en contra del aborto. No se puede favorecer la pena de muerte y decir que se está a favor de la vida.

Por David Álvarez Martín

Defender la vida humana en todas sus etapas está indisolublemente ligado a la tradición judeocristiana. “Inmola un hijo ante los ojos de su padre, quien ofrece algo a Dios robándoselo a los pobres. La vida de los pobres depende del poco pan que tienen; quien se lo quita es un asesino. Mata a su prójimo quien le arrebata el sustento; vierte sangre quien le quita el salario al jornalero". Priorizar una forma de la vida humana por otras siempre es negar la integralidad de la misma. Casos hay de misóginos, racistas y explotadores que únicamente quieren que se defienda un tipo de vida, esos discursos son los más peligrosos contra la vida desde la óptica del cristianismo.

En términos biológicos, que es la base de todo lo que se puede decir ulteriormente sobre la vida humana, nos identificamos como individuos pertenecientes al homo sapiens por estar constituidos de una secuencia genética que existe desde hace poco menos de un cuarto de millón de años y que seguramente desaparecerá en menos de medio millón de años. Ninguna forma de vida existe eternamente y mientras más compleja es su estructura su transformación en otras formas de vida es más rápida que las formas más elementales, o su desaparición es muy probable mediante procesos de inadaptación que curiosamente estamos nosotros generando. Somos nuestros verdugos. Es científicamente correcto reconocer que desde la concepción hay vida humana hasta su extinción en cada individuo, en cuanto secuencia genética. Igual que en todas las demás especies que se reproducen sexualmente.

La humanidad, a partir de su estructura biológica, es esencialmente una comunidad, no somos individuos aislados. La condición de persona únicamente es posible en una comunidad que lo reconoce como tal. Desde las bandas familiares primitivas, hasta las megalópolis actuales, los seres humanos somos frutos de la vida social. Ya Aristóteles lo había dicho. Nuestra maduración es muy lenta para alcanzar cierto grado de autonomía individual en la primera década de existencia. El lenguaje, la cultura, los patrones de comportamiento, la ciencia y la tecnología, las creencias y experiencias de Fe son aprendidos en grupos. Somos una especie social. Un niño abandonado al nacer, o durante los primeros años, no sobrevive al menos que otros humanos lo cuiden. La vida humana entonces se define como cuido de unos por otros en todas las etapas. Privilegiar una etapa sobre las demás son expresiones de manipulación ideológica en base a agendas políticas de explotación económica. La ética del existir humano obliga al cuidado de todos en todos sus momentos. La tradición judaica lo formuló en la famosa respuesta de Caín: “¿Soy yo acaso guardián de mi hermano?”.

Esta lucidez del cuido de los otros como esencia de la vida lo encontramos en los egipcios: “Satisfice al dios cumpliendo lo que deseaba. Di pan al hambriento, agua al sediento, vestido al que estaba desnudo y una barca al náufrago”; lo encontramos en Isaías: “El ayuno que Yo quiero es este: (...) dejar libres a los oprimidos, romper todos los cepos; partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo, y no cerrarte a tu propia carne”; aparece en La República de Platón en el conocido mito de Er donde los justos son premiados y los injustos son castigados. Ante el hecho evidente de que el injusto puede morir impunemente disfrutando de los beneficios de sus fechorías y el justo fallecer con dolor y sufrimiento, él coloca más allá de la muerte un juicio del que nadie podría escapar. Y de manera especial en el Evangelio de Mateo: “Entonces el Rey dirá a los de su derecha: Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí. Entonces los justos le responderán diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te sustentamos, o sediento, y te dimos de beber? ¿Y cuándo te vimos forastero, y te recogimos, o desnudo, y te cubrimos? ¿O cuándo te vimos enfermo, o en la cárcel, y vinimos a ti? Y respondiendo el Rey, les dirá: De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis”.

Desde la ética que se fundó hace cinco mil años en el mediterráneo oriental, pasando por las reflexiones veterotestamentarias y la filosofía clásica griega, hasta el mensaje de Jesús, la vida, en su integridad, totalidad y diversidad, es motivo privilegiado de cuido por todos. La vida humana debe cuidarse en todos sus aspectos: el nonato, el niño y niña vulnerable, la viuda, el extranjero, el marginado, los pobres, los explotados, los encarcelados, las mujeres golpeadas, los enfermos y todos aquellos a quienes el sistema económico y político trata como basura, como desecho. No se puede ser contrario al aborto y odiar a los haitianos ilegales o sentir asco porque las haitianas vengan a dar a luz en nuestros hospitales. No se puede ser provida y vivir del sufrimiento de los trabajadores. Es contradictorio ser un congresista corrupto y decir que está en contra del aborto. No se puede favorecer la pena de muerte y decir que se está a favor de la vida. No se puede pedir que la policía le “de pá bajo” a los delincuentes y considerarse cristiano.  La vida humana es sagrada de manera integral en todas las circunstancias.

No es comprensible una vida plena desde una visión egocéntrica, tal como la formuló Caín. Únicamente es posible desplegar una existencia auténtica, una vida ética, si nuestro foco de atención es la alteridad y por extensión la trascendencia. La formulación más precisa está en el Nuevo Testamento: “No se puede amar a Dios a quien no vemos, si no amamos a nuestro prójimo a quien sí vemos”. Cuando los creyentes buscamos a Dios al margen de nuestros hermanos, cuando miramos hacia arriba evadiendo comprometernos con el dolor de nuestros prójimos, cuando nos mudamos de las periferias para vivir donde no nos encontremos con los pobres, no estamos buscando a Dios, estamos construyendo un ídolo que justifique nuestro egoísmo. Leer Fratelli Tutti puede ser muy provechoso para los católicos que no acabamos de entender ese fundamento del Evangelio: amar a nuestros prójimos.

Ser provida, a la manera de Jesús, es un reto existencial profundo y no una chercha politiquera. No basta con oponerse al aborto, hay que luchar para que las niñas y niños no sean violados, hay que velar porque los nacidos puedan tener acceso a salud, alimentación y en su momento educación, hay que luchar porque los trabajadores no sean explotados, que reciban la paga justa para sostener a sus familias y reciban las garantías laborales que merecen, hay que salir a las calles para que los emigrantes ilegales les sean reconocidos sus derechos humanos, y quienes merecen residencia y nacionalidad las reciban. Debemos los provida salir a las calles para demandar educación de calidad para todos, democracia plena, cese de los barrilitos, justicia para los corruptos. Para que el compromiso provida no se sea un slogan partidario de extrema derecha con una agenda misógina es imperioso asumir todas sus consecuencias éticas y en el caso de los católicos la integridad del mensaje del Evangelio

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