Tuve un sueño cuando niño: volaba como Superman, pero era tan pesado que me caía. En verdad no era Super: era Sísifo. Y caía. Y caigo. Ahora sigo en esa vieja costumbre porque Vitico no aparecerá por la Casa ni en la segunda planta de la Hostos con Luperón ni seguiremos hablando de Los Palmeros aunque sí seguiré recordando aquella tarde en la que él comenzó a gritar en una cama “que se estaba derritiendo”. Ahora sí que lo puedo contar, querido Vitico, aunque no sé si sea tarde: te derretías y ahora todos contigo también nos estamos deshaciendo.

Son muchos años, te lo digo: desde tu relativa “llenura” de 1975 hasta ahora, en la que ya te pasabas para la foto y teníamos que encogernos, llevar el aire hasta lo más adentro posible porque siempre hay que privar de flaco, eso lo sabes, como en esa última imagen con La Culebra y con Laura en Librería Cuesta. Son tantas imágenes que se van agolpando, como gotas de lluvia destrozando el parabrisas y tú sin poder disfrutar la lluvia, la posibilidad de que nos caigamos por algún barranco porque sí, porque tal vez uno se ha estado derritiendo toda la vida y las escarpadas montañas de Quisqueya seguirán en sus planos de imposibilidad, como un crucigrama que nunca podremos llenar. Son aquellos años de “Qué confusión, desde que llegaste tú”, de “Neruda, raíz y geografía”, La Junta, La Chunga, Flamboyanes y Patricia Pereyra, tú y Freddy Ginebra como dos osos polares varados en algún Iceberg antes de que emergiera el Titanic de 1989 a proa y a popa y al final todo se diluyera en algún Gin Tonic, como debía ser.

23 de febrero en Centro Cuesta del Libro: Tommy García, Víctor Víctor y Miguel D. Mena

Nos perdimos, querido Vitico: o nos encontramos. Esa pasión por las imágenes, por la utopía armada que después se desarmó y tú dizque probando algunos jierros en Pedro Brand, en aquella finca de Juan Francisco, cuando en verdad era más duro limpiar aquel óxido de las escopetas que dar en el blanco, pero los sueños de niño, sueños son.

Ah, cuántas pasiones Vitiquenses, entre evocaciones de Los Muchachos, entre un Amaury aún en alguna esquina de la Zona Colonial, La Chuta también escondido, Caamaño haciendo no sé qué, Miguel Cocco en otra esquina y Wellington y fulanito y fulanita y Sagrada y tantas y tantos, que eso parece ya un rosario, una evocación de santos, un listado que se va deshilachando como nuestras propias vidas, porque tal vez de eso se trata: de recomponernos cuando sabemos que ya alguna parte estará perdida, desencajada, como ahora con la certeza de que no habrá más un café, acabar de armar tu libro, el que nos propusimos, de sentarnos a la mesa con Sobeyda o esperar que Amy traiga a Julia y que Maurice nos alcance en La Francesa y tantos, pero tantos deseos de tirar la película para atrás y volver a la Calle Hostos, de seguir confundiéndonos, porque después de todo, el fuera de foco será la manera más segura de registrarnos.

“Qué confusión, desde que llegaste tú”, Vitico del diantre, ¡la creta!, ese dejo irremediablemente cibaeño en tus palabras, esa vuelta inevitable a Los Pepines, a la Calle El Sol, al Teatro Colón y tus hazañas de necio, de jodón, de soldado de la alegría, de jefe del primer pelotón de soneros, Soneros de Borojol, de solidarios, de gente soleándose en Varadero o de almas bien simples compartiendo tu desparpajo en el barrio, ante un café, un poema de Benedetti, el tener que salir corriendo porque hay que cuidar a los nietos y esa alegría tuya, flotando en el ambiente.

Sí, Vitico: qué confusión desde que llegaste.

Tú.