En el Caribe y Latinoamérica es la República Dominicana quien goza de mayor aceptación masiva de sus películas, con más del 33% del mercado que anda por los cuatro millones y medio de taquillas anuales distribuidos en el 25% de los municipios nacionales. Cerca de un millón y medio de taquillas van a filmes dominicanos.
Esa fuerte relación de amor de demostradas cantidades de público, si bien se debe a que se viene cimentando en figuras conocidas del ambiente farandulero, lo que sí motiva a esas masas a ver películas dominicanas es un manifiesto chauvinismo que descansa en la frase aquella de “apoyar lo nuestro”, aunque también hay que tomar en cuenta que son filmes en español y a una buena parte del público no le gustan con subtítulos o no están habituados.
La ley de cine ha posibilitado la oferta, no obstante la realidad indica que no ha crecido la demanda señalando que no ha sido factor multiplicador, es decir si antes eran de dos millones de taquillas anuales vendidas entonces un 33% por ciento iba para filmes dominicanos, lo mismo que hoy; la buena noticia es que se mantiene ese 33%. Eso deja entrever una realidad y es que de nada vale la producción en números, que es necesario una programación de películas dominicanas para otros sectores, y uno de esos sectores es la clase media que sí consume buen cine y demanda filmes con buen contenido dramático basados en hechos reales lo que también indica cierto éxito de los documentales.
Películas con escaso público, que no adelantan porcentajes significativos, como las llamadas de modo peyorativo “películas serias” alabadas por críticos de cine y consideradas aburridas, pues esas películas adolecen de una grieta en su dialogo con el público: elitizan su propio contenido al alejarse de cualquier identificación popular, pero al mismo tiempo esa elitización se traduce en la desaparición del “cine de barrio” (por ejemplo, desaparecieron de Villa Francisca, San Carlos, Ciudad Nueva, Cristo Rey, Villa Juana, y de barrios populares del Gran Santo Domingo). Encima, el valor de los tiques es superior a 20 años atrás cuando costaban un pasaje de concho. Trasladarse de un barrio a una sala de cine aumenta significativamente, y lo único que lo hace atractivo es que resulta en el medio de entretenimiento menos costoso: ir a un moll, vitrinear, etc. Pero ya es una recreación para clases medias y altas. En RD existen algunas salas, así como días específicos de la semana donde el precio de entrada oscila a un equivalente de entre US$2 y US$2.50 dólares, así como funciones exclusivas destinadas a la familia en fechas definidas con precios menores. Estrenos, los fines de semana y en algunas salas delimitadas, la tarifa local puede ascender a US $6 dólares, la taquilla general promedio es de RD$210.94, es decir, 4.60 dólares.
Conservar ese 33% será el desafío del sector. Un público que va a crecer si se expande al barrio, se diversifica la oferta y se mantiene un aumento de películas con el debido cuidado en contenidos (buenos guiones). Crear facilidades para sectores deprimidos como envejecientes, discapacitados, desempleados, acercar el cine a las escuelas, es decir un plan de inclusión general ligado a planes educativos.
El buen cine va a ir desapareciendo de las grandes salas de cine debido a que son filmes de clase media, y es un sector que consume su cine en plataformas digitales, que cuando va a salas comerciales lo hace como hobby, por salir de casa y ver gente en los centros comerciales.
Todo esto es indicador del proceso de involución del público que probablemente afecte negativamente el crecimiento o incluso la sustentación del 33% y de refilón a los más de cuatro millones y medio de taquillas anuales. Ese 33% es la gallina de los huevos de oro.