DE VISITA en Ramala, después de varios meses de ausencia, de nuevo me sorprendió la actividad de construcción actual. Por todas partes están surgiendo edificios altos, y muchos de ellos muy hermosos. (Los árabes parecen tener un talento innato para la arquitectura, como afirma cualquier antología de la arquitectura mundial.)
El auge de la construcción parece ser una buena señal, lo que confirma las afirmaciones israelíes de que la economía en los territorios ocupados de Cisjordania está floreciendo. Pero pensándolo bien, mi entusiasmo se desvaneció. Después de todo, el dinero invertido en edificios residenciales no va a las fábricas u otras empresas que ofrecen puestos de trabajo y promueven el crecimiento real. Sólo muestra que algunas personas se enriquecen aun bajo la ocupación.
Mi destino era una recepción diplomática a la cual asistieron algunos altos funcionarios de la Autoridad Palestina y otros palestinos de clase alta.
Intercambié bromas con el primer ministro palestino, Salam Fayyad, y algunos de los bien vestidos invitados, y disfruté de las delicias. Pero no percibí ninguna emoción.
Nadie hubiera imaginado que en ese mismo momento, en el centro de la ciudad, se estaba desarrollando una tormentosa manifestación. Era el inicio de una protesta masiva que está todavía en curso.
LOS MANIFESTANTES en Ramala y otras ciudades y aldeas de la Ribera Occidental están protestando contra la carestía de la vida y las dificultades económicas en general.
Los periodistas palestinos me dijeron que el precio de la gasolina en la Ribera Occidental es casi el mismo que en Israel: unos ocho shekels por litro. Eso sería de alrededor de ocho dólares por galón en los EE.UU., o 1.7 euros por litro en Europa. Dado que el salario mínimo en la Ribera Occidental, de unos $250 por mes, es sólo una cuarta parte del salario mínimo israelí, es una atrocidad. (Esta semana la Autoridad Palestina bajó el precio rápidamente.)
Recientemente, en la festividad musulmana de Eid al-Fitr que termina el mes de ayuno del Ramadán, las autoridades de ocupación permitieron, sorpresivamente que 150 mil palestinos entraran en Israel. Algunos se fueron directamente a la orilla del mar, que muchos de ellos nunca habían visto antes, aunque viven a menos de una hora en coche. Algunos fueron a visitar hogares ancestrales. Pero muchos otros se fueron a una juerga de compras. ¡Parece que muchos productos son en realidad más baratos en Israel que en los territorios ocupados empobrecidos!
(Por cierto, ni un solo incidente fue reportado ese día.)
LAS PROTESTAS eran contra la Autoridad Palestina (PA). Es un poco como el perro que muerde el palo, en lugar de al hombre que lo utiliza.
En realidad la AP es bastante impotente. Está atada por el Protocolo de París, el apéndice económico del acuerdo de Oslo. En virtud de este protocolo, los territorios ocupados forman parte de la “cobertura de aduanas” israelí y los palestinos no pueden fijar sus propios impuestos aduaneros.
Amira Hass Haaretz cita estas condiciones: a los habitantes de la Franja de Gaza no se les permite exportar sus productos agrícolas; Israel explota el agua, los minerales y otros bienes en la Ribera Occidental; los aldeanos palestinos pagan precios mucho más altos por el agua que los colonos israelíes; los pescadores de Gaza no pueden pescar más allá de tres millas de la costa; los habitantes palestinos tienen prohibido transitar por las vías principales, lo que los obliga a hacer desvíos costosos que además toman mucho tiempo.
Pero más que cualquiera de estas restricciones es la propia ocupación la que hace imposible cualquier mejora real. ¿Qué inversionista serio iría a un territorio donde todo está sujeto a los caprichos de un gobierno militar que tiene todos los motivos para mantener abajo a sus súbditos? ¿Un territorio en el que cada acto de resistencia puede provocar una represalia brutal, como la destrucción física de las oficinas palestinas en la "Operación Escudo Defensivo" de 2002? ¿Un lugar donde las mercancías para la exportación se pueden pudrir durante meses, si un competidor israelí soborna a un funcionario?
Los países donantes pueden darle algún dinero a la Autoridad Palestina para mantenerla con vida, pero no pueden cambiar la situación. Tampoco la abolición del Protocolo de París, como reclaman los manifestantes, cambiaría gran cosa. Mientras que la ocupación esté implantada, cualquier progreso ‒si no todo‒ será condicional y temporal.
AÚN ASÍ, la situación en la Ribera Occidental sigue siendo mucho mejor que la situación en la Franja de Gaza.
Es cierto, que como resultado de la “flotilla turca”, el bloqueo de la Franja ha sido levantado en gran medida. Casi todo ahora se puede traer a la Franja desde Israel, aunque casi nada se puede sacar. Además, el bloqueo naval está en plena vigencia.
Sin embargo, últimamente, la situación ha ido mejorando. Los cientos de túneles bajo la frontera entre Egipto y Gaza, en la práctica, permiten traer de todo, desde automóviles y gasolina hasta materiales de construcción. Y ahora, con los Hermanos Musulmanes en el poder en Egipto, esta frontera se pudiera abrir por completo, un paso que cambiaría radicalmente la situación económica de la Franja.
Nabeel Shaath, el principal diplomático palestino, me dijo en la recepción que esto, en realidad, pudiera ser un obstáculo importante para la reconciliación de la OLP y Hamas. Hamas pudiera preferir esperar hasta que la situación económica en la Franja supere la de la Ribera Occidental, lo que reforzaría sus posibilidades de ganar las elecciones palestinas de nuevo. Mahmoud Abbas, por su parte, espera que el nuevo Presidente egipcio convenza a los estadounidenses para que apoyen a la Ribera Occidental y reforzar así su autoridad.
(Cuando le recordé a Shaath que hace años había asistido a su boda en la ahora desolada Casa de Oriente, en Jerusalén, exclamó: “¡Pensábamos entonces que la paz estaba a un paso! ¡Desde entonces hemos sido lanzados muy hacia atrás!")
A PESAR de los problemas económicos, la imagen de los palestinos como víctimas indefensas, dignas de compasión, está muy alejada de la realidad. A los israelíes les gustaría pensar así, al igual que los simpatizantes pro-palestinos de todo el mundo. Pero el espíritu palestino está intacto. La sociedad palestina es vibrante y autosuficiente. La mayoría de los palestinos están decididos a lograr un Estado propio.
Abbas pudiera pedir a la Asamblea General de las Naciones Unidas reconocer a Palestina como un “estado no miembro”. Pudiera hacerlo, después de las elecciones en Estados Unidos. Me pregunté en voz alta si esto realmente podría cambiar la situación. “¡Sin duda!”, me aseguró un palestino prominente en la recepción. “Sería dejar claro que la solución de los dos estados está viva y poner fin a la tontería de un estado binacional”.
En el camino a la recepción no vi ni una sola mujer en la calle con el cabello descubierto. El hijab estaba en todas partes. Le comenté esto a un amigo palestino que es muy irreligioso. “El Islam está ganando”, dijo. “Pero eso puede ser algo positivo, porque es una forma moderada del Islam que pudiera bloquear a los radicales. Es lo mismo que en muchos otros países árabes”.
No percibí ninguna simpatía por los ayatolás de Irán. Pero tampoco nadie quería un ataque israelí. “Si Irán bombardea Israel en represalia”, señaló Nabil Shaath, “sus misiles no distinguirán entre judíos y árabes. Vivimos tan cerca unos de otros, que los palestinos se verán afectados tanto como los israelíes”.
DESDE MI visita, las manifestaciones en Ramala se han intensificado. Parece que Fayyad funciona como una especie de pararrayos para Abbas.
No creo que esto sea justo. Fayyad parece ser una persona decente. Es un economista profesional, un ex funcionario del Fondo Monetario Internacional. Él no es un político, ni siquiera un miembro de Fatah. Su punto de vista económico puede ser conservador, pero no creo que esto signifique mucho teniendo en cuenta la situación en Palestina.
Tarde o temprano, y probablemente más temprano que tarde, la ira de los palestinos pobres cambiará de dirección. En lugar de culpar a la Autoridad Palestina se volverán contra su opresor real: la ocupación.
El gobierno de Israel está consciente de esta posibilidad, y por lo tanto, se apresuran a pagar a la Autoridad Palestina un anticipo sobre el dinero de los impuestos que Israel adeuda a la Autoridad Palestina. De lo contrario, la AP ‒con mucho, el mayor empleador en Cisjordania‒ podría pagar los salarios a finales de este mes. Pero esto es sólo una medida provisional.
Benjamin Netanyahu puede aferrarse a la ilusión de que todo está tranquilo en el frente palestino, para poder concentrarse en sus esfuerzos para lograr que Mitt Romney sea elegido e Irán se asuste. Después de todo, mientras los palestinos están protestando contra los palestinos, todo está bien. El conflicto israelí-palestino se congela. No hay problemas.
Pero esta ilusión es, pues, una ilusión. En nuestro conflicto, nada se congela nunca.
No sólo se mantienen estables las actividades de asentamiento ‒sin ruido‒, pero en el lado palestino, también las cosas se están moviendo. Las presiones se están acumulando y en algún momento van a explotar.
Cuando la Primavera Árabe finalmente llegue a Palestina, su objetivo principal no será Abbas o Fayyad. Abbas no es Mubarak. Fayyad es todo lo contrario de un Gadafi. Su objetivo será la ocupación.
Algunos palestinos sueñan con una nueva Intifada, con masas de gente marchando sin violencia contra los símbolos de la ocupación. Esto pudiera ser aspirar a mucho ‒Martin Luther King no era árabe. Pero las manifestaciones en Ramala y Hebrón bien pueden ser una señal de lo que vendrá.
Todavía hay algo de verdad en el viejo dicho que dice que el conflicto aquí es el de un choque entre una fuerza irresistible y un objeto inamovible.