En los últimos meses la atención internacional ha estado sobre la difícil situación de Europa, encabezada por Grecia, Portugal e Irlanda, quienes ya han tenido que ser rescatadas por la Unión Europa y el Fondo Monetario Internacional, para evitar que cayeran en el impago de su deuda. Pero recientemente la atención ha vuelto a recaer en el sitio de origen de la gran crisis financiera: Estados Unidos de América, donde la insostenible situación fiscal y la posible pérdida de la codiciada calificación AAA, ponen en juego la estabilidad de la principal potencia económica mundial.

El grave problema radica en que Estados Unidos ya ha alcanzado el techo de endeudamiento de 14.3 billones de dólares aprobados por el congreso. Las principales calificadoras de riesgo, como pájaros de mal agüero, han pronosticado que en caso de que el poder legislativo no aumente el techo de la deuda para el dos de agosto, el país se quedaría sin recursos para hacer frente a sus compromisos, ahuyentando a los inversores.

Tan inmanejable es la deuda norteamericana, que si la dividiéramos entre el total de habitantes, ascendería a 47 mil dólares por cabeza, un monto insostenible aún para la principal locomotora económica mundial.

Pero esto va más lejos. En caso de que el legislativo no apruebe el aumento en el techo de la deuda, toda la economía norteamericana se tambalearía, habría un sombrío escenario de: aumento en los tipos de interés, desplome en el precio de las acciones, riesgo de caer en otra recesión, incertidumbre en los inversores, desestabilización del dólar, reducción en su calificación crediticia (pérdida de la AAA), cese en el pago, incremento del coste de endeudamiento para el gobierno y pérdida de miles de millones para los tenedores de deuda.

Tanto los demócratas como los republicanos saben que es imperativo aumentar el techo legal de endeudamiento para mantener operativa la economía, el asunto es que no logran ponerse de acuerdo en las medidas que se deben tomar. Por un lado los republicanos abogan por un recorte en el gasto, especialmente en los programas sociales medicare y medicaid. Mientras los demócratas desean aumentar los impuestos, reducir los subsidios a las entidades petroleras y  contraer las deducciones impositivas para los ciudadanos más ricos. Cada fuerza política desea mostrar quien es la más fuerte, en vez de preocuparse por lo  verdaderamente importante, el país.

Un rayito de luz ha surgido entre la tempestad, cuando un grupo de seis congresistas de ambos partidos, conscientes  de las apremiantes medidas que se necesitan tomar, han decido plantear un híbrido entre las propuestas de ambas fuerzas políticas, que incluyen una reducción en el gasto público y aumento de los ingresos a través del incremento de los impuestos; decisión apoyada por el presidente Barack Obama, quien la definió como un paso significativo para alcanzar un acuerdo que permita aumentar el techo de la deuda federal antes del dos de agosto, fecha en que según el tesoro, la economía se quedaría sin fondos para hacer frente a sus compromisos.

La difícil situación no está para chistes ni barajes politiqueros. Ambos partidos saben claro lo que hay que hacer, y el precio político que conllevan las fuertes medidas. NO es asunto de buscar un culpable de la situación, sino una solución a la misma.