EN UN vuelo a Londres, en 1991, tuve una experiencia única.

En el camino, el avión hizo una parada en Atenas y un grupo de árabes se unió a nosotros. Eso de por sí era una experiencia. En aquellos días, los israelíes rara vez se reunían con la gente de los países árabes.

Tres jóvenes árabes se sentaron en la fila detrás de mí, y me las arreglé para presentarme y comenzar una conversación con ellos. Me enteré de que eran sirios. Mencioné la reciente separación de la República Árabe Unida, la unión de Egipto y Siria bajo el liderazgo pan-árabe de Gamal Abd-al-Nasser.

Mis tres vecinos estaban muy contentos con la separación. Uno de ellos sacó un pasaporte de su bolsa y me lo pasó a mí. Era un documento nuevo y reluciente, emitido por la República Árabe Siria.

No pudo haber ningún error sobre el inmenso orgullo con el que este joven sirio me mostró ‒a un enemigo israelí‒ esta prueba de la nueva independencia de Siria. Aquí teníamos a un patriota de Siria, pura y simplemente.

UNO DE los libros que tuvo un profundo impacto en mí en mi juventud fue el de Phillip Hitti, Una historia de Siria.

Hitti, un cristiano maronita de lo que hoy es el Líbano, fue educado en el Beirut Otomano y emigró a los EE.UU., donde se convirtió en el padre de los modernos estudios árabes.

Su innovador libro estaba basado en Siria cuando era un país desde el desierto del Sinaí hasta las montañas de Turquía y desde el Mediterráneo hasta las fronteras con Irak. Este país, llamado Sham en árabe, incluye los actuales estados del Líbano, Israel, Palestina y Jordania.

Hitti relató la historia de este país desde los primeros tiempos prehistóricos hasta el (entonces) presente, capa tras capa, incluyendo todas las épocas y cada región, como el Israel bíblico y la Petra de los Nabateos. Todo era parte de la historia magníficamente rica de Sham.

El libro cambió mi punto de vista geográfico y cultural de nuestro lugar en el mundo. Incluso, antes de que el Estado de Israel fuera creado, yo argumentaba que nuestras escuelas deberían aplicar esta visión inclusiva de la historia de Palestina a través del tiempo.

(Esto habría enfurecido a Hitti, quien negó que hubiera un país llamado Palestina. En una larga controversia pública con Albert Einstein, un devoto sionista, Hitti dijo que la entidad llamada Palestina fue inventada por los británicos con el fin de fijar en la mente de las personas que los judíos tenían derecho sobre ella.)

DE HITTI supe por primera vez sobre los muchos grupos étnico-religiosos de la Siria y el Líbano de hoy. Musulmanes suníes y chiíes, drusos, maronitas, melquitas y muchas otras confesiones cristianas antiguas y modernas en el Líbano; los suníes, alauíes, drusos, kurdos, asirios y una docena de confesiones cristianas en Siria.

Las potencias imperialistas europeas, Gran Bretaña y Francia, que rompieron el todo- incluido Imperio Otomano después de la Primera Guerra Mundial, tuvieron un escaso respeto por la diversidad de sus nuevas adquisiciones. Sin embargo, ambos adoptaron el principio de divide et impera. Los franceses se destacaron en eso.

Frente a una fuerte oposición nacionalista y un levantamiento armado liderado por los drusos, se repartieron a Siria en pequeños estadillos étnico-religioso-geográficos. Manipularon las animosidades entre Damasco y Aleppo, musulmanes y cristianos, suníes y alauíes, kurdos y árabes, drusos y suníes.

Su empresa de mayor alcance, la división entre un “Gran Líbano” dominado por los cristianos y el resto de Siria, tuvo un efecto duradero. (Fue llamado Gran Líbano porque los franceses incluyeron en él no sólo regiones puramente cristianas, sino también a las musulmanas ‒ chiíes en el sur y suníes en las ciudades portuarias)

Cuando los franceses fueron expulsados ​​definitivamente de la región al final de la Segunda Guerra Mundial, la cuestión cómo Siria y el Líbano podrían sobrevivir como estados nacionales.

En ambos había una contradicción intrínseca entre el nacionalismo unificador y la tendencia divisoria étnico-religiosa. Y adoptaron dos soluciones diferentes.

En el Líbano, la respuesta fue una delicada estructura de un Estado basado en un equilibrio entre las comunidades. Cada persona “pertenece” a una comunidad. En la práctica, todo el mundo es ciudadano de su comunidad, y el estado no es sino una federación de comunidades.

(Esto es en parte una herencia de los imperios bizantino y otomano, pero sin un emperador o un sultán. Existe en Israel, también: judíos, suníes, drusos y cristianos tienen sus propios tribunales para asuntos de estatus personal y no pueden casarse entre sí.)

El sistema libanés es una negación de la democracia de “una persona – un voto”, pero ha sobrevivido a una feroz guerra civil, varias masacres, una serie de invasiones israelíes y a un cambio de los chiíes del último al primer lugar. Es más fuerte de lo que podría haberse supuesto.

La solución de Siria fue muy diferente: la dictadura. Una serie de hombres fuertes seguidos uno del otro, hasta que la dinastía de los al-Assad tomó el poder. Su sorprendente longevidad se debe al hecho de que muchos sirios de todas las comunidades parecen haber preferido incluso un tirano brutal a la desintegración del Estado, el caos y la guerra civil.

PERO NO más, según parece. La Primavera Siria es un descendiente de la Primavera Árabe, pero en condiciones muy diferentes.

Egipto difiere demasiado de Siria, para permitir una comparación. La unidad de Egipto ha sido indiscutible desde hace miles de años. El orgullo nacional egipcio es casi tangible. La cuestión planteada por los comentaristas israelíes, de si el nuevo Presidente es ante todo un hermano musulmán o en primer lugar, un egipcio, suena gratuita para un egipcio. La Hermandad Musulmana egipcia es en primer lugar, por supuesto, de Egipto. Así son los coptos de Egipto, la minoría cristiana de tamaño considerable. (Su nombre, como la misma palabra “Egipto”, deriva del antiguo nombre del país).

La unidad de Egipto, como la de Túnez y Libia, incluso, después del derrocamiento de los dictadores, es una prueba de la conciencia nacional de estos pueblos. Esto no es una realidad en Siria.

Si el “Monstruo de Damasco” es finalmente eliminado, ¿podrá Siria sobrevivir?

En todo el Occidente y en Israel, los expertos predicen alegremente que el país se romperá en pedazos, más o menos según las líneas del precedente colonial francés.

Esto es bastante posible. Una de las pocas opciones de Bashar al-Assad es reunir a los alauíes en su ejército y retirarse a Alawi, el reducto en el noroeste del país, separándolo del resto de Siria.

Esto daría lugar a mucho derramamiento de sangre. Los alauíes seguramente expulsarían a todos los suníes de la región, y los suníes sacarían a los alauíes de todas las demás regiones. Podría parecerse a los horribles acontecimientos en la India durante la partición del subcontinente y la creación de Pakistán, aunque en una escala mucho más pequeña.

Los drusos en el sur de Siria, a continuación, fundarían su propio estado (un viejo sueño en Israel. Los kurdos en el nordeste podrían hacer lo mismo, tal vez para unirse al vecino semi estado kurdo en Irak, una pesadilla de los turcos. Lo que quedaría de Siria serían las ciudades eternamente rivales de Damasco y Aleppo.

Es posible, pero sin duda no inevitable. Sería una prueba suprema para el nacionalismo sirio. ¿Existe? ¿Cuán fuerte es? ¿Es lo suficientemente fuerte como para superar el separatismo de las comunidades?

No me atrevería a profetizar. Sólo puedo esperar. Y espero que los diversos componentes de la oposición siria se unan para ganar la actual brutal guerra civil y crear una nueva Siria.

A diferencia de la mayoría de los comentaristas israelíes, no tengo miedo de la “islamización” de Siria. Es cierto que la Hermandad Musulmana siria siempre ha sido más violenta que la organización pariente de Egipto. Por sus acciones cuando ayudaron a provocar la terrible masacre de Hama perpetrada por Hafez al-Assad. Pero el poder político tiene un efecto moderador, como estamos viendo en El Cairo.

Para mí, queda un acertijo. Veo en el Internet que muchas personas bien intencionadas de todo el mundo, especialmente en la izquierda, apoyan a Bashar.

Este es un fenómeno que se repite. Parece que hay una especie de izquierda “monstruófila” rondando. Las mismas personas que acogieron a Slobodan Milošević, Hosni Mubarak y Muamar el Gadafi abrazan ahora a Bashar al-Assad, y de nuevo protestan fuerte contra los planes imperialistas estadounidenses en contra de este benefactor público.

Francamente, esto me parece un poco loco. Es cierto que la política de las grandes potencias influye en lo que está sucediendo en Siria, como lo hacen en todo lo demás en el mundo. Sin embargo, el carácter y las acciones de Bashar, tras los de su padre, no dejan nada a la duda. Él es un monstruo que masacra a su pueblo, y debe ser eliminado lo más pronto posible, preferiblemente, bajo el liderazgo de la ONU. Si eso es imposible, debido al veto de Rusia y China ‒¿por qué, por amor de Dios?‒, entonces los rebeldes sirios deben ser apoyados tanto como sea posible.

ESPERO CON todo mi corazón que una Siria libre, unificada y democrática surja de Si sha Allah  ‒si Dios quiere‒ como dirían nuestro vecino.