Hace poco leí, no sin estupor, una noticia aplastante para la historia del Arte, en el que se establece, alegadamente basándose en estudios muy serios, que el llamado arte moderno, y por extensión el arte contemporáneo, no existen, sino que han sido una especie de estafa histórica para darle espacio a artistas mediocres.
Como el mundo, en general y el mundo del arte en particular, están heridos de esta locura contemporánea, y todo está bajo sospecha y escrutinio, los estudiosos del arte han echado un balde de agua fría, por no decir algo peor relacionado con el sancocho, a todo el trabajo y la producción artística de hombres y mujeres considerados como hitos y personajes representativos de toda la factura creativa de al menos los últimos setenta años.
Habría que trazar una línea divisoria en alguno de esos nombres sonoros, para separar lo que es considerado arte, de todo lo siguiente que no sería considerado como tal. Sería Picasso por su cuadratura cubista; sería Egon Schiele por su morbidez e insolencia erótica; sería Vangoh por su famosa oreja o por sus Lirios; sería tal vez la desvelada sensualidad lirica de un Gustav Klimt, los Caprichos de Goya o la ortodoxia creativa abiertamente homosexual de los adolescentes de Jaime Colson… habría entonces que trazar la raya de Pizarro.
Habría que amputar los trabajos de Oskar Kohkoska, borrar la madre de Whistler, quemar las alargadas esculturas medio nimbadas y existenciales de Don Alberto Giacometti, los rostros de Rene Magritte, de Modigliani, las barcas e instalaciones de Silvano Lora, adelgazar las gordas de Botero y Melchor Terrero, las morenas de Barón Arias y de Jorge Severino, además todos esos paisajes esqueléticos de José Cestero, medio sugeridos e inconclusos; todo el azul de Cándido Bidó; prohibir La Opera de Tres Centavos de Bertold Bretch; tirar al zafacón las Chancletas y reciclados de Tony Capellán; borrar el Preludio a la Caída de la Tarde, de José Dolores Cerón; quemar la Congregación del Cuerpo Único, de Manuel Rueda, confinar al destierro a todas las Marolas de Danicel; en fin confinar todo lo creado que huela a modernidad, que tenga la sospecha del tufo de la irreverencia creativa.
Hay una eterna diatriba entre época y arte. No se sabe quién pare a la otra. Hay quienes dicen que cada época trae su arte mas representativo, así como otros sostienen que el arte es quien marca y define la cara que ha de tener cada estación de la historia. Cada historia tiene sus propias y definitorias histerias. Este es el arte que nos ha tocado vivir. Este es el arte que se parece a nuestro tiempo.
Tal vez cuando Picasso, Braque y Juan Gris comenzaron a construir el Cubismo estaban escribiendo en el lienzo la pronta llegada del alocamiento global. Tal vez cuando Louis Armstrong comenzó a cantar como un “anticantante” estaba guiando al mundo, tomado de la mano, hacia nuevas y desconocidas formas musicales del instrumento vocal, ríspido, gutural, como una voz de lija; acaso las voluptuosidades pudendas que Schiele anunciaba profetizaban la revolución sexual y los postulados de Masters y Johnson; o tal vez, un pintor existencialista y maldito, de padres corsos, llamado Paul Giudicelli, se adelantaba con su Meditación sobre la Armadura de un soldado y sus personajes como “Adocenado” y sus “Golfillas”, a la abierta manifestación política y existencial de Jean Paul Sartre y Las Moscas.
La lista podría ser interminable. La existencia contemporánea, por dura que sea, por irreverente o ligera e indiferente que pueda ser, necesita respirar arte, necesita transpirar arte, necesita urgentemente seguir creando su Arte. El arte sucede, y punto.