El eco de Montesinos

Porque ser indiferente no es una posibilidad 

Por Manuel A. Rodríguez

Con respeto y admiración, al colega y amigo Eric Raful Pérez.

En los albores del siglo XX, un siempre joven filósofo y político de nombre Antonio Gramsci (1891-1937), quien luego se convertirá sino en el principal, en uno de los teóricos del marxismo más influyente a partir de la publicación post-mortem de la mayor parte de su obra literaria, escribe: “Odio a los indiferentes. Creo, como Friedrich Hebbel, que “vivir significa tomar partido”. No pueden existir quienes sean solamente hombres, extraños a la ciudad. Quien realmente vive no puede no ser ciudadano, no tomar partido. La indiferencia es apatía, es parasitismo, es cobardía, no es vida. Por eso odio a los indiferentes. (…) Lo que ocurre no ocurre tanto porque algunas personas quieren que eso ocurra, sino porque la masa de los hombres abdica de su voluntad, deja hacer, deja que se aten los nudos que luego sólo la espada puede cortar, deja promulgar leyes que después sólo la revuelta podrá derogar, deja subir al poder a los hombres que luego sólo un motín podrá derrocar”.

 

Pocas cosas identifico que puedan causarme mayor decepción y tristeza que ante situaciones que entiendo evidentes, y objetivo y del todo razonable juzgarlas con un resultado determinado, otras personas no puedan entenderlas o asimilarlas de igual manera -sobre todo cuando se trata de personas que puedo estimar de forma especial-. Por ejemplo, que donde veo una injusticia, una manifestación de irracionalidad o un abuso, esa otra persona no vea lo mismo, y si lo hace, que no consienta o no se identifique con mi reacción de repudio o intolerancia.

 

Esas experiencias me han llevado a cuestionarme -mas allá de aplicarme alguna pretensión de corrección- por qué soy como soy, por qué hago lo que hago, por qué escribo y publico estas -mis- ideas con cierta pasión y religiosidad, por qué el que dirán ante lo que considero correcto nunca me ha sido una mordaza o filtro de control, independientemente de quien pueda censurarme o molestarse por mis pronunciamientos. Por qué y para qué mi irreverencia frente a quien detenta Poder (del que no tengo), o bien un Poder contra el que bajo cierta racionalidad competir no sería prudente de mí parte (lo que si haría un imprudente o temerario, que es también lo que soy en ocasiones).

 

Por qué simplemente no puedo hacer caso omiso a que estúpidos, corruptos e incapaces tomen decisiones vinculantes, por, para y en perjuicio de nosotros (los dominicanos y otros), y celebren el desacierto como sí algún mérito (más allá del que valoran propio con alimentar su perversión) tuviese hacer lo que hacen y ser lo que son.

 

Por qué si estoy consciente de que, al menos en términos materiales, siendo como soy y he sido, tengo todas las de perder, y continúo igual, siendo mi única renta cierta conformidad espiritual.

 

Por qué cuando veo a los que simplemente no reaccionan ni asimilan nuestra realidad social y política al menos de forma similar a como lo hago, no me basta aceptarlos como buenas personas que también son, y lo primero consume lo último en mi juicio de valor sobre estos.

 

Por qué mi terquedad aún considerando la idea de que el medio donde me ha tocado ser, evolucionar y estar es ya indisoluble a la desgracia; como que prefiero engañarme apostando a posibilidades que nunca han sido, y probablemente jamás serán.

 

Por qué me parece tan absurdo y desconcertante que jóvenes talentosos y de cualidades profesionales excepcionales, condicionen todas sus posibilidades de ser, se desvelen y entreguen en cuerpo y alma, en apoyo y patrocinio a un politicastro y gentuza similar, que razonablemente solo puede prometer a la sociedad más ignominia, y claro, a esos jóvenes -quizás- cierta cuota de Poder, que aunque para aquel sean migajas, le sirven de abono para cosechar en ellos solidaridad y eventuales personajes a su imagen y semejanza.

 

He llegado a pensar que esas conductas y actitudes que no consiento en los hechos del prójimo, puede que sean estrictamente circunstanciales y coyunturales, básicamente productos de las necesidades de cada quién, pero antes de convencerme de ello como razón justificativa, me llega otra idea que la desplaza: qué clase de necesidad sino el egoísmo desproporcionado y la avaricia, de la mano con un fuerte déficit moral y de humanismo, justifican semejantes actitudes. Por qué esas mismas necesidades no operan igual respecto de todos? Me parece que algo de los conceptos charlatanería y sinvergüencería tiene que haber en su explicación.

 

[Llegado a este punto hago una pausa, y procurando excluirme del estereotipo que mi discurso podría racionalmente permitir que se construya sobre mí, introduzco esta precisión: no me considero un paladín de la moralidad -sobre todo de la moral social dominicana- ni un agente único ni superior en ese sentido. Estoy más lejos que cerca de serlo. Pero si considero seres inferiores y malditos -muy contrarios a mí- a no pocos de los que se autoproclaman e incluso son reconocidos referentes de la seriedad y la ética pública y privada, pues -para mí- simuladores que ocultan verdaderos co-autores de nuestros males sociales. Se que las preguntas formuladas -retóricamente- pueden resultar comunes a muchos otros -incluyéndote a ti mi lector-, pues las habrán sufrido y sufren, sobre todo por no disponer de respuestas convincentes e inmediatas, no obstante buscarlas debajo de cada neurona, propia y ajena. Lo sé y es precisamente por eso que no pretendo más que compartir estas ideas en la modalidad de confesión, o como también he catalogado en otras ocasiones, a título de desahogo emocional]

 

Vengo arrastrando estas y otras inquietudes si no desde siempre, desde que empecé a razonar sobre el significado de vivir en sociedad y mis deberes como ciudadano. Y la única explicación inmediata, bajo reservas de ser ampliada, que puedo ofrecerme al margen de cualquier duda para entenderme y auto-validar mi actitud política o social, es que como Gramsci, también odio la indiferencia, un odio que siempre ha estado aquí conmigo, cultivándose y creciendo como un anticuerpo que ya hoy me hace inmune a esa enfermedad; estado que me permite, sin dejar de odiarlos, también tolerar la existencia -y solo eso- de los indiferentes, pues no hacerlo haría de mi un criminal, y no lo soy.

Quizás, en definitiva, lo que explica todo lo anterior, y también mi actitud hacia la indiferencia, es mi condición privilegiada -aunque adquirida a sudor- de hombre libre -en todas sus acepciones-; y como tal, es mi conciencia que -con absoluta independencia- decide que ser indiferente no es una posibilidad

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