Nuestros pasos eran apresurados. Bajábamos las escaleras con la prisa que te recuerda el paso de los minutos y el límite de llegada. Las preguntas de los deberes son ya rutina; ¿Tienes tu lonchera? ¿Organizaste tu mochila? ¿Trajiste todas tus tareas?, para pasar luego a su chequeo personal: ¡Ponte los lentes y ciérrate el abrigo. Hace mucho frio hoy!
Y así era, en los carros parqueados afuera podíamos verlos vestidos con una delgada capa de escarcha. Muestra de que el rocío se había congelado. Ahora nuestros alientos podían percibirse en un humillo blanco, conforme respirábamos y hablábamos. Amaneció cerca del punto de congelación. Aun así, el sol estaba radiante, las aves cantaban y un par de ardillas desenterraban bellotas. Es un lindo escenario que no me canso de presenciar.
La niña dejó escapar un suspiro tembloroso, seguido de un ¡Uy qué frio! Yo le acotejaba el abrigo cuando en el parqueo, algo llamó mi atención. Dos tirillas de plásticos tiradas en el suelo, formaban la palabra JO. ¡Mira! Dije entonces a la niña, ahí dice JO, como la risa de Santa Claus. JO,JO, JO repitió ella mientras avanzábamos apresuradas.
A este nivel del diario programa, también es costumbre que oremos, dando saludando a Dios y dando gracias por el nuevo día, la vida, la salud y pidiendo toda clase de bendiciones; entre ellas por las escuelas, estudiantes, padres y profesores. Es curioso como a veces hablamos con Dios y mencionamos esas cosas con una sensación de deber cumplido, pero nuestro enfoque en miles de otras causas hace que llegue a ser superficial.
Ya cerca de la entrada de la escuela, es también rutinario encontrar el mismo grupo de padres, dar los mismos saludos, escenas que se repiten día a día, con ropas y ánimos diferentes. El silbido de la oficial que dirige el tráfico nos indica que los niños pueden pasar. Yo despido con un beso y un “Dios te Bendiga” a la niña, apresurándola a que llegue antes de que en la escuela toquen el timbre.
Me quedo allí hasta que su menuda figura se interna en el edificio, para horas más tarde revivir todo aquello con el escenario inverso. Esto multiplicado por cada padre, en cada escuela, de cada ciudad u estado es lógico entender que sentimos, pensamos y hacemos lo mismo. Sin embargo, aquel día quedaría marcado con horror. Dos horas más tarde las noticias de un tiroteo en una escuela primaria provocaría un estremecimiento colectivo en todos Estados Unidos y el mundo.
En medio de la confusión de noticias aun imprecisas, lo lógico es preguntarse ¿Por qué? ¿Cómo un ser humano puede cometer maldad semejante? ¿Qué culpa tienen esos pequeños o sus padres? Es entonces cuando la bruma del pensar que esos padres despidieron sin saberlo a sus pequeñitos por última vez aquella fría mañana, provoca una pesadez en el estómago. ¡Dios mío! Líbranos de un dolor así, cúbrenos de semejante tragedia!¡Cuida de nuestros hijos!
Mi mente corrió a ambas escuelas, incluyendo la intermedia, donde asiste mi hijo, quien a diario me trae historias de escandalosas conductas por parte de los pre-adolescentes. Un sentimiento de impotencia generó un escalofrío que me corrió por la espina dorsal. “La maldad visitó nuestra escuela hoy” decía un hombre en la televisión. Lloré, pues el sólo pensar en el vacío de querer abrazar a tus pequeños amados y que ya no vivan, porque a un humanoide poseído en maldad se le ocurrió aniquilarlos, fue un sentimiento de terror demasiado espantoso. Mi mente produjo el escenario de confusión y angustia, asumiendo los rostros que conozco, y veo a diario. Recordé cómo se sacudía nerviosa y llorosa aquella madre cuyo hijo fue atropellado por la mujer que no quiso obedecer la orden de detenerse de la oficial de tránsito. Aquel hecho desató una serie de medidas, y reacciones, por tanto, qué no será uno como ese multiplicado de horror!
No me pasó a mí, y sin embargo, no podía esperar que llegara la hora para ir en busca de mi pequeña. Y no es falta de cordura o personalidad blandita. Es la reacción instintiva ante el escalofriante anuncio que hicieran también en la tele, alegando que todas las escuelas de la nación deben estar alerta, porque existen quienes tienen la tendencia de copiar estos hechos. En las proximidades del edificio, otra vez los mismos rostros, todos ensombrecidos con la pena. Se escuchaban los murmullos de las versiones y todos decían lo mismo, “Gracias a Dios que no nos pasó a nosotros” “No puedo imaginar lo que están pasando esos padres”.
La niña siempre me abraza cuando me ve, pero esta vez yo me quedé aferrada a ella. Yo tengo el privilegio de abrazar a mi tesorito, y fue en ese momento cuando recordé que ahora más que nunca, el orar y bendecir las escuelas, los niños y los padres no puede ser un acto ligero, sino una ferviente intercesión por protección…
Salmo 32: 6-11Por esto orará a ti todo santo en el tiempo en que puedas ser hallado;Ciertamente en la inundación de muchas aguas no llegarán éstas a él.Tú eres mi refugio; me guardarás de la angustia;
con cánticos de liberación me rodearás. Selah
Te haré entender, y te enseñaré el camino en que debes andar;sobre ti fijaré mis ojos.
No seáis como el caballo, o como el mulo, sin entendimiento,que han de ser sujetados con cabestro y con freno,porque si no, no se acercan a ti.Muchos dolores habrá para el impío;
Más al que espera en Jehová, le rodea la misericordia.Alegraos en Jehová y gozaos, justos;
Y cantad con júbilo todos vosotros los rectos de corazón.
Mis oraciones por paz, fortaleza y consuelo a todos los que lloran sus seres queridos en Connecticut.