En la estación, un letrero indicaba que en determinado lugar, encontraría un taxi. Así fue. Otros pasajeros me antecedían en la espera, pero el proceso fue ágil; un taxi sucedía a otro, todos con la misma inscripción: “Cádiz, ciudad que sonríe”.

Aunque había leído maravillas sobre Cádiz, dudé de su supuesta sonrisa. El proverbial “Santo Domingo no problem”, slogan de todos los tiempos escrito en camisetas y souvenirs, y el cuasi autoritario “¡Sonríe al turista!” instituido en la psique colectiva dominicana durante el régimen balaguerista, me han vuelto escéptica respecto a los slogans creados para manipular a residentes y turistas. Nada más contrario a la realidad que ese “no problem” que podrá engañar a todo el mundo menos a la supuestamente siempre alegre población de un país situado “en el mismo trayecto del sol”, la inseguridad ciudadana y el desencanto, y promovido por los slogans de la oficialidad como la mismísima entrada al paraíso.

Como soy una dominicana cualquiera a quien ya le han vendido demasiadas esperanzas y frases hechas, al llegar a Cádiz y ver su slogan, decidí comprobar si lo que me estaban vendiendo era falso o no. Ciertamente, no tuve que hacer ningún esfuerzo para comprobarlo, pues la verdad me salió al encuentro.

¿Por qué sonríe una ciudad? He aquí mis observaciones, producto de mi experiencia en Cádiz:

Una ciudad sonríe porque sus autoridades y habitantes prefieren hacer de ella una “tacita de plata” antes que un “Nueva York chiquito”.

Una ciudad sonríe cuando su población no siente temor a ser servicial, acercarse a otro para ayudarle, por ejemplo, a encontrar una dirección.

Una ciudad sonríe cuando puedes salir a medianoche a darte un baño en su Mar Atlántico y luego regresar a pie, feliz y sin daño alguno, a tu casa o alojamiento.

Una ciudad sonríe cuando desde la funcionaria de la alcaldía hasta el más humilde camarero, pasando por el anciano que insiste en cederte su asiento en el autobús del transporte público,  conocen al dedillo la historia del lugar que habitan, y se refieren a su ciudad con un orgullo capaz de iluminarte el alma.

Una ciudad sonríe cuando obreros y estudiantes se movilizan organizadamente a reclamar sus derechos en las plazas, y al final de la jornada, dejan el lugar tan limpio como lo encontraron.

Una ciudad sonríe cuando ante la pregunta de cómo anda la delincuencia, sus taxistas (incluidas mujeres), responden con asombro: “¿Delincuencia? Aquí no existe eso”.

Una ciudad sonríe porque no la ahoga la basura ni la triste realidad de niños harapientos pidiendo dinero en los semáforos.

Una ciudad sonríe porque su gente bebe, baila y celebra no hasta ver si se mata para así olvidar sus penas, sino por la simple y humana necesidad de divertirse.

Una ciudad sonríe porque sus árboles son venerados como si fueran dioses; sus habitantes no tienen reparo en cumplir con las reglas básicas necesarias para la buena convivencia, no necesitan andar armados, y pueden cruzar las calles sin que los atropellen.

En fin, que si como dice el escritor belga Georges Rodenbach en su novela “Brujas la muerta”, “toda ciudad es un estado de alma”, no me quedó ninguna duda de que Cádiz posee un estado de alma sonreído. Inevitable sentir una envidiosa desazón al compararla con mi también bañada por el mar Santo Domingo. Sí, ya sé: que el fucú, que Colón, que el tercer mundo, que el primero, que no es lo mismo ni es igual, que en todas partes se cuecen habas, pero qué va.  Ya sabemos que cuando se unen voluntades, todo es posible.