We get ofended like crazy

We get sober and take decisions

And make mistakes

And pick fights we are known for losing

Megan van Nerissing

Viendo llover en Tipaza

Un autor no crea un mensaje o discurso imaginario o ficticio. Al estructurarlo, pesa sobre él, como hablante o emisor real, todo un contexto que actúa como un referente indirecto. Ese mensaje literario sólo comunica algo cuando lo descifra o descodifica un destinatario u oyente o lector real, sobre quien pesa también su contexto real, semejante o muy diferente al del autor. El mensaje, al estar constituido por frases imaginarias, se nos presenta como dicho por un hablante ficticio, un yo lírico, un narrador o personaje. La función expresiva o emotiva de estos interlocutores es lo que llamamos poesía y Joaquín Castillo lo intuye y lo intenta muy bien. Su poemario De todo lo que pasa en mi calle, propone un espejo fragmentado de flores y nos refleja la idea de que somos dueños de nuestra propia miseria. El poeta dice en “Recordando a Zalamea”,

Yo guardo silencio. Guardo mucho silencio para cuando no haya.

Lo guardo en todos los bolsillos que me faltan,

En todos los huecos.

Mediante proezas lingüísticas certeras, esta poesía habla del Caribe como la contraportada del lujo vacacional. El Caribe es también precariedad y duelo. Destinados más al estoicismo que a lo epicúreo, a estos cuerpos antillanos se les considera el alma de un eterno carnaval. Se espera que bailemos directo hasta nuestra muerte. ¿Qué es este libro de poemas, sino un dilema atemporal? ¿Cómo mostramos la garra que nos marcó? En “Grito a mi barrio” quizás reside la respuesta:

Hay 100 hombres miserablemente felices

miserablemente hombres

miserablemente

matando contentísimos los piojos de sus bigotes.

Pero hay otras 100 mujeres condenadas

al olor macabro de las cocinas

que se pudren a ojo vivo.

Estos ejemplos bastan para mostrarnos que en su búsqueda de certidumbre, o por lo menos de validez de sus resultados, esta poesía se dirige constantemente a la situación geográfico social de su circunstancia. La calle, el barrio, el tropiezo, la jeva, el tigre, todos remezclados en un chapeo constante y recíproco. Un vaya y venga que no se detenga. Un chulimameo con el desastre. Lo que surge, por lo tanto, es por una parte una práctica existente en nuestros barrios por los siglos de los siglos: el cuentero, el jevo que da labia. Un tíguere poético. Consciente o inconscientemente, nuestra propia ciudad ha creado seres como Joaquín Castillo, que no pueden quedarse callados, que desde su humanidad, tratan de alcanzar un grado de lirismo, sí, pero también de cientificidad comprobable en todos los terrenos del saber. Este es su patrimonio principal. Gracias sobre todo al interés en teoría social que destilan estos poemas, podríamos determinar con facilidad que el carácter preciso de estas formas científicas cambian con el conjunto del discurso a primera vista sencillo de determinados textos que componen la colección. En “Desesperación”, se dice,

Hoy, un día cualquiera,

siento un sabor en la boca

como si la vida empezara

ahora mismo

como si las cosas me dieran su latido más propio.

Precisamente ahora me doy cuenta de que ese perro,

con su ladrido me despierta un muerto

justamente hoy en que te nos fuiste de mi lado,

a dos culebras por segundo.

La escritura de Joaquín Castillo posee coherencia significativa y posibilidad comunicativa. Sería un gusto escucharle recitar su propia poesía. ¿Qué monstruos y flores se esconden tras estas palabras? Deseo fuertemente que este libro consiga oyentes reales, que apelen a la sinrazón tropical, que beban cerveza a pico de botella, serán ellas y ellos quienes en última instancia descifren el lenguaje de las flores. Joaquín se quedará allí, en sus consciencias de destinatarios reales, tocaran y sentirán el mensaje de la rosa. Serán seres creados en y por el lenguaje, por un discurso profundo, que nos traerá al tiempo en donde las palabras brillaban en el reflejo universal de las cosas.