Coyuntura/Mundo

Pólvora y sangre en sepelio de la mamá de Héctor Ortiz, 1970

Por Ramón Arturo Guerrero

Los años 1969 y 1970 fueron de los más sangrientos dentro  del  periodo  de Los 12 Años de Joaquín Balaguer. El 70 se caracterizó en particular por la violenta represión urbana desatada contra la oposición a la anunciada reelección del presidente Balaguer, quien pretendía prolongar su dictadura instaurada el 1º  de julio de 1966.

El 28 de noviembre de ese mismo año el déspota ilustrado  había hecho promulgar una Constitución que le permitía reelegirse indefinidamente.

De sus propias filas surgió una fuerte oposición encabezada por el vicepresidente Francisco Augusto Lora quien, al  igual que Balaguer, era un antiguo funcionario de la burocracia trujillista; Lora estaba casado con Flérida Mercado, hermana de Luis R. Mercado, presidente del Partido  Dominicano, de Trujillo.

Tan  pronto Lora se enteró de los planes de Balaguer fundó dentro del mismísimo Partido  Reformista un grupo denominado Frente Reformista no Reeleccionista en Apoyo a Augusto Lora (Frenoreal). Pero, no tendría éxito en contener a Balaguer, quien ya se había  agenciado el  apoyo del poder extranjero y de casi todas las fracciones del capital, entre ellas el grupo cívico, que antes le adversara de forma visceral por su pasado trujillista.

De no haber sido por la zigzagueante postura de Juan Bosch, líder del principal partido de oposición PRD, se habría conformado un poderoso frente opositor para las elecciones del 16 de mayo de 1970, ya que la izquierda y algunos segmentos de la derecha coincidían en oponerse a la  reelección.

En tales circunstancias, el grueso de la represión se desató sobre la izquierda que,  desde el año anterior venía sufriendo el peso de la política de “exterminio, corrupción y exilio” aplicada por Balaguer con inspiración, asesoramiento y apoyo del poder extranjero. La regla era: a la oposición de izquierda: exterminio, a la oposición moderada: corrupción y exilio.

Quienes escapaban al exterminio iban a la cárcel, en la categoría de “mal preso”; en aquella época estar preso era algo malo, como lo ha sido en todo tiempo y lugar, pero estar preso y a la vez “mal preso” no era nada deseable. En esa condición se hallaban en la penitenciaría nacional de La  Victoria los acusados del secuestro del coronel Donald Joseph Crowley(ocurrido el 24 de febrero y develado gracias a la infiltración de la dirigencia del MPD) que fueron apresados, porque la mayoría fueron o serían asesinados. Uno de ellos era Héctor Antonio Ortiz Jáquez, un destacado militante o “cuadro” del MPD.

Tras una visita a La Victoria a ver a su hijo y constatar las condiciones en que lo habían dejado las torturas, la madre de Héctor Ortiz se suicidó ahorcándose en su residencia del ensanche Espaillat, Santo Domingo. El hecho conmovió a la población y su sepelio  fue multitudinario.

La señora Ortiz vivía en la calle 8, entre Barney Morgan y calle 19, no lejos de mi casa localizada en la calle  29 Este del  ensanche Luperón, a una casa de la calle 2 Sur.  Tres años atrás yo había jurado no volver a entierros de mártires de la izquierda, tras el susto que pasé durante el sepelio de Orlando Mazara, siendo yo todavía un adolescente.

Era tal la  conmoción pública que, de todos modos, me encaminé hacia la  esquina Barney Morgan con Albert Thomas, por donde sabía que pasaría el cortejo fúnebre. Me coloqué frente a la Casa Iluminada pues la  otra esquina, la de la  farmacia Grecia, me pareció un poco  peligrosa en ese  momento; quizá eso me salvó.

La multitud se acercaba a la intersección siguiendo a los portadores del  féretro que marchaban con estilo militar. Todos coreaban la consabida consigna: ¿Quién la mató?: ¡Balaguer! ¿Quién la mató?: ¡Balaguer!¿Qué quién la mató?: ¡Balaguer!

No puedo recordar con precisión el momento ni el punto exacto de cuando se inició el tiroteo. Se usó todo tipo de armas, pero en mi oído persiste el característico sonido  de la  carabina San Cristóbal, fusil de reglamento de las fuerzas de seguridad gubernamentales. Escuché cientos de disparos mientras me hallaba guarecido detrás de una verja de bloques de la casa situada en la esquina surestede la Albert Thomas.

Lo que motiva esta memoria es el recuerdo imborrable de la mezcla de olores más tétrica que existe y que me  imagino impregnaría  los campos de batalla de la segunda guerra mundial: pólvora y sangre fresca. Y es algo que permanece en el aire por horas. Ahora mismo no recuerdo el saldo de muertos y heridos de ese día, pero me parece que hubo al menos dos personas fallecidas. ¿Qué quién las mató?: ¡Balaguer!

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