Opinión

El poeta del viento

Por Manuel Iñaki Leal Belausteguigoitia

Felipe Camino Galicia de la Rosa, también conocido como León Felipe, nació en 1884 en el pueblo zamorano de Tábara y pese a provenir de una familia acomodada, desde muy joven desdeñó la vida burguesa, prefiriendo primero la aventura del teatro –con una troupe recorrería España– y luego, la poesía.

Si bien había estudiado farmacia para complacer a su padre notario, eligió a la bohemia de Madrid, donde vivió como Baudelaire sugiere: sin dinero y acompañado de vagabundos y prostitutas en pensiones cochambrosas. Por si fuera poco, fue acusado de desfalco y pasó una temporada en la cárcel (tres añitos). También trabajó como administrador en un hospital de la Guinea Española.

[caption id="" align="alignright" width="500"] Leon Felipe Camino[/caption]

Si algo le gustaba a León Felipe era, como dice su poema, ser el romero solo que cruza siempre por caminos nuevos y, como un romero solo y ligero, llegaría por primera vez a México con nada bajo el brazo, salvo una carta de Alfonso Reyes que le permitió dar clases en la Escuela de Verano de la Universidad Nacional, dirigida en ese entonces por Pedro Henríquez Ureña:

«Llegué a México montado en la cola de la Revolución, corría el año 23 y aquí clavé mi choza…

¡Oh! México enigmático de la pólvora y la rosa».

Como buen poeta no podía estar lejos de su musa. Dos veces se vio envuelto en eso que le dicen casorio. Primero con la peruana Irene Lambarri (efímera unión) y después con Berta Gamboa, a quien conoció en México. Cuentan que cuando Berta se fue a trabajar a Estados Unidos, León tuvo temor de perderla y pensó que nada sería mejor que conseguirse un pasaporte falso para ir tras ella. Claro, en aquellos tiempos no había muros ni Trump, ni aduanas ni ‘coyotes’. También se rumora que tuvo uno que otro roce más que fraterno con la actriz Sara Montiel.

En su primer libro Versos y oraciones del caminante (1920), se advierte un estilo sencillo pero potente que lo alejaba de sus contemporáneos y de los bríos renovadores de aquel momento. Su poesía es difícil de clasificar. Maestro del verso libre, alzaba la voz contra lo injusto, tal y como diría Max Aub: « Clamó justicia y como no lo oyeron blasfemó». Whitman, Elliot, Machado y Unamuno son algunos de los poetas que influyeron en su lírica. León Felipe se enfrenta al miedo ancestral del hombre, pero sin temores se lo sacude. Inútilmente se busca en Job, en Prometeo, en Jonás, en el sabio, en el historiador, en el filósofo, en el lagarto, en el viento: « Yo no soy nadie, un hombre con un grito de estopa en la garganta y una gota de asfalto en la retina».

Al estallar la Guerra Civil viajaría a su país para luchar por la causa de la República. En su poema “vencidos”, que Serrat musicalizó, el poeta se consuela abrazando a don Quijote: « Hazme un sitio en tu montura, caballero derrotado, hazme un sitio en tu montura que yo también voy cargado de amargura…».

Aunque hoy la academia lo tiene en el olvido, en su momento fue un poeta muy popular que daba recitales y conferencias por doquier: La Habana, Bogotá, Nueva York, Panamá. De tanto andar un día de 1949 recaló en Torreón, en el norte de México (mi ciudad). En el recinto donde se juntaba la gente ‘culta y pudiente’ dio la charla “España y el viento” que estremecería a aquellas buenas conciencias:

« El destino del hombre está en subasta, miradlo aquí colgado de los cielos, aguardando una oferta. Cuánto mercaderes, cuánto por el destino del hombre…Silencio…Sólo España dio un paso hacia adelante para decir: Aquí estoy yo otra vez, sola y en cruz…España-Cristo con la lanza en el costado. Sola y desnuda. Jugándose mi túnica dos soldados extraños y vesánicos, sola y desamparada…».

Si hoy todavía la comunidad de ese lugar expulsa un tufo provinciano y conservador, imaginen lo que era hace casi setenta años. El público no soportó la palabra indómita del castellano y muchos empezaron a insultarle y a abandonar la sala.

Recorrería el mundo, pero fue un exiliado del éxodo y del llanto que nunca pudo volver a su país. Sin embargo tuvo varias oportunidades de hacerlo pero siempre se negó a convivir con la tiranía de Franco, a quien cariñosamente llamaba el sapo Iscariote y ladrón. Un sapo longevo que viviría más que el poeta (murió en septiembre del 68) y que muchos otros desterrados. Sin duda, por el trato afectivo dado al régimen, su obra estuvo prohibida en España, pero paradojas de la vida, en 2002 el Ayuntamiento de Tábara gastó no pocos euros para comprar su archivo personal en el que había más de dos mil documentos entre poemas inéditos, traducciones olvidadas, fotografías…

Tristemente al final de su vida León Felipe tuvo la mala fortuna de dedicarle versos a Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría, políticos tan execrables como el propio Franco. Quisiera imaginar que el tiempo le había desbielado el motor (tenía 84 años).

Vuelvo a mi ciudad natal, en cuyos patios de la Universidad de Coahuila un busto de León Felipe nos observa. Según el libro que editó Juan Manuel Reyes sobre la visita del poeta a estas tierras, la estatua fue un regalo del presidente Echeverría, el mismo que planificara las matanzas estudiantiles... Somos como un caballo sin memoria, somos como un caballo que no se acuerda ya de la última valla que ha saltado, nos regañan unos versos en el sopor del desierto coahuilense.

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