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Poetas dominicanos y universales

En la primera parte del presente mes lo dedicamos en su mayor parte a poetas de cualquier parte y cualquier tiempo, en esta segunda trataremos de incluir la mayor cantidad de poetas dominicanos de ambos sexos, iniciando como es de rigor con el más romántico de todos, amén de gran patriota que supo enfrentar valientemente a la Segunda Invasión Norteamericana en el país, ofreciendo la imagen con cual los interventores quisieron denigrarlo al  de aparecer vestido de gato en la calle como un criminal cualquiera, logrando lo contrario,  enalteciendo a ese hombre de amores y espadas que  fue Fabio Fiallo. Su hija Margarita apareció una noche en La Carreta, aquel intento lírico teatral del hoy olvidado poeta francomacorisano Rafael Áñez Bergés en la entrada de La Catedral por la calle Padre Billini y nos habló de su padre y cómo ella llevaba por Rubén Darío ese nombre por su poema A Margarita Debayle. Fue una hermosa aparición en aquellos rudos días de los setentas, que llevan el luctuoso epígrafe de los famosos Doce Años.

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Fabio Fiallo, joven

FABIO FIALLO

Fabio Fiallo, nace en Santo Domingo en 1866 y muere en La Habana en 1942. Aunque fue amigo de Rubén Darío, cónsul en varios países, Fiallo no fue modernista en versos, se mantuvo siempre adicto al noromanticismo becqueriano. Entre sus obras están: Primavera sentimental, Cantaba el ruiseñor, El balcón de psiquis, y en prosa sus narraciones modernistas, con las cuales se le considera el más importante cuentista del modernismo dominicano: Cuentos frágiles y Las Manzanas de Mefisto, entre otras, obras suyas lo justifican plenamente. En 1894 él y Tulio Manuel Cestero fundaron la revista El Hogar, donde dieron a conocer a Rubén Darío con sus poemas en prosa de Azul. Primera publicación nacional que dio a conocer el movimiento.

 

 

 

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POEMAS DE FABIO FIALLO

 

Gólgota Rosa

Del cuello de la amada pende un Cristo,

joyel en oro de un buril genial,

y parece este Cristo en su agonía

dichoso de la vida al expirar.

Tienen sus dulces ojos moribundos

Tal expresión de gozo mundanal,

Que a veces pienso si el genial artista

Diole a su Cristo alma de don Juan.

Hay en la frente inclinación equívoca,

Curiosidad astuta en el mirar,

Y la intención del labio, si es de angustia,

Al mismo tiempo es contracción sensual.

¡Oh, pequeño Jesús Crucificado,

déjame a mí morir en tu lugar,

sobre la tentación de ese Calvario

hecho en las dos colinas de un rosal!

Dame tu puesto, o teme que mi mano

Con impulso de arranque pasional,

La faz te vuelva contra el cielo y cambie

La oblicua dirección de tu mirar.

 

For ever

Cuando esta frágil copa de mi vida,

que de amarguras rebosó el destino,

en la revuelta bacanal del mundo

ruede en pedazos, no lloréis amigos.

Haced de un rincón del cementerio

sin cruz ni mármol mi postrer abrigo,

después, ¡oh! alegres camaradas,

seguid vuestro camino.

Allí, solo, mi amada misteriosa,

bajo el sudario inmenso del olvido,

¡cuán corta encontraré la noche eterna

para soñar contigo!

 

Plenilunio

Por la verde alameda, silenciosos,

íbamos ella y yo

la luna tras los montes ascendía,

en la fronda cantaba el ruiseñor.

Y le dije… No sé lo que le dijo

mi temblorosa voz…

En el éter detúvose la luna,

interrumpió su canto el ruiseñor,

y la amada gentil, turbada y muda,

al cielo interrogó.

¿Sabéis de esas preguntas misteriosas

que una respuesta son?

Guarda, ¡oh, luna, el secreto de mi alma;

cállalo, ruiseñor!

 

En el atrio

Deslumbradora de hermosura y gracia,

en el atrio del templo apareció,

y todos a su paso se inclinaron,

menos yo.

Como enjambre de alegres mariposas,

volaron los elogios en redor:

un homenaje le rindieron todos,

menos yo.

Y tranquilo después, indiferente,

a su morada cada cual volvió,

e indiferentes viven y tranquilos

¡ay! todos, menos yo.

 

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La foto

Atardecer en La Bahía de Samaná, desde Las Cañitas