Opinión

Poemas en la primavera: Juan Alberto Peña Lebrón

Por Manuel Mora Serrano

[caption id="" align="alignleft" width="500"] Juan Alberto Peña Lebrón, en su residencia, Moca[/caption]

Juan Alberto Peña Lebrón, nació el 23 de junio de 1930 en Estero Hondo, Municipio de Luperón, provincia de Puerto Plata. Cursó estudios primarios en Imbert (Bajabonico) y los secundarios en Santo Domingo.

A los doce años, gracias a sus brillantes notas escolares, gana el Premio Escolar que le permite trasladarse a esta ciudad donde se gradúa de bachiller en la Escuela Normal de Varones, entre cuyos profesores estuvieron maestros como Andrés Avelino y Pedro Mir.

Aficionado a las letras, formó parte del grupo de estudiantes a quienes dio a conocer doña María Ugarte en 1948, en su columna “Colaboración Escolar” que fue el origen de la llamada Generación del 48, que como todas incluyó a otros escritores amigos y afines, pero él es de los fundadores. El único que permanece en vida.

Peña Lebrón se invistió como doctor en Derecho el 28 de octubre de 1954, fue nombrado Fiscalizador del Juzgado de Paz la común cabecera de Moca en enero de 1956 y en abril fue ascendido a Juez de Instrucción del Distrito Judicial de Espaillat. Como consecuencia de este hecho Moca ha sido su segunda patria chica, al extremo de que los mocanos, tan exclusivistas con sus naturales, lo consideran un mocano más. Casó en enero de 1960 con Remigia Dolores Comprés, doña Nenita, aunque no han tenido hijos, han conservado un hogar que ha sido modelo en la zoana y centro cultural de toda la región.

Abogado en ejercicio a partir de 1955, organizado y tenaz, ha sido respetado y querido. Fue profesor en la Universidad Madre y Maestra de Santiago, aunque durante unos años residió en esta ciudad por los años 1964-66 fue de los fundadores y codirector de la revista Testimonio. Ensayos suyos han aparecido en la prensa y en revistas locales y en la famosa eme-eme de dicha universidad. Fue animador junto a Freddy Gatón Arce del Grupo Literario del Cibao.

Ha publicado un libro de versos: Órbita inviolable en 1953; poemas suyos han aparecido dispersos en diversos medios y en antologías como la Antología mayor de la literatura dominicana, de Manuel Rueda, Tomo II y en el tomo II de la Generación del 48 de Lupo Hernández Rueda, su amigo íntimo, casi un hermano.

Como la mayoría de los miembros de esa generación, aunque fueron antitrujillistas, algunos militantes, apareció en la Revista del Partido Dominicano Cuadernos Dominicanos de Cultura, gracias a la generosidad de Pedro René Contín Aybar que lo presentó en el No.72 de agosto de 1949 con una nota de Poesía y poeta en agraz, con tres poemas: Preludio Gris (antologado por Manuel Rueda), Poema,y Presentimiento del otoño que no fueron incluidos en su libro. De sus poemas de largo aliento, que hoy pueden considerarse propiamente como políticos, por reflejar de manera precisamente poética, la situación real de la vida en el país. A pesar de su extensión hemos escogido de su libro de 1953, Sistema del destino, que creemos el grito más alto y rebelde que durante el trujillato se pudo editar en nuestro país.

La sociedad mocana le ha rendido varios homenajes.

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Poemas de Juan Alberto Peña Lebrón

 

Preludio gris

Callad. La brisa nueva puede sentirse sola.

Oigo pasos en la neblina, su tamaño no bastó a mi vacío.

Nada bastó, quien lavará su nombre de fresco aroma,

de rocío recién llegados a la orilla de los besos..

Atardecer, tu nunca sospechaste esta palabra: ausencia.

Cada día ella regaba los ocasos con extraños sollozos.

Tal vez algunas cosas se sientan solitarias, gris nocturno,

la brisa nueva, mas el corazón debe ungirse de olvido.

Cendal de gris espacio sigue la misma ruta

despierta de su sombra desplegada.

 

Presentimiento del otoño

Es el otoño, deja que vuelva ahora por su vieja senda transitada.

Allí estás, insomne, al fondo del recuerdo, caída entre los ojos,

desprendido retazo olvidado del tiempo, fugitivo,

tú no comprenderías el rodar de los sueños, (es el otoño).

*

En este árbol todas las hojas son perennes. En este árbol,

(hojas rojas del corazón, dolorosa estación de hojas caídas)-

Todas las cosas son perennes, todas las cosas, hasta el recuerdo mismo,

y el eco de una voz, y el lejano fulgor de una mirada.

Presentimiento del vacío, sombras y muerte que se anuncian:

Es el otoño: deja que vuelva ahora por su viejo sendero transitado.

 

Tarde

Tarde, no tarde ya, sino un espacio

entre la tarde y la noche,

Juan Carlos Jiménez

Ya todo ha muerto aquí: la luz, el cielo.

Si quisiera llorar lo haría sin rencor.

¿Dónde, silencio, tu límite secreto

ciñe el rumor del mar?

*

Han muerto las cuatro estaciones.

Muerto el dolor, la suave melodía

del ayer, la dulzura de otro cielo,

de otra llamada encendida

que la ausencia refleja con tímido candor.

*

Muerto el olvido, lo que fue su amor,

dulce asoma en un vuelo

de alas en agonía.

Muerte del día.

Nota: (Originalmente el epígrafe era Juan Manuel, pero el poeta luego se cambió oficialmente el nombre por Juan Carlos).

 

Sistema del Destino

Las preocupaciones de un estudiante

el beso amoroso del guardián,

la ropa triste de la niña,

el color de la angustia y su sabor terrestre,

unidos en el sueño con una cuerda de oro,

en ramillete frío de pasión rectadas,

no tendrían la dura consistencia del mundo

del hombre solitario, pensando cada noche de desvelo.

*

Pero esto es poca cosa,

como decir “noche dormida” o “Espiga desolada”,

en verdad, nada cruel parecería

si más allá de un simple detalles perceptible al oído

no condujera a otra más triste consecuencia de muerte.

*

Porque es difícil todo, difícil callar,

es difícil decir, difícil la alegría

de retener lo ausente, de anhelar, de morir

en un lecho de escarcha dulcemente olvidada,

es difícil ganar y difícil perder,

y tener solo arena entre la húmeda mano

cuando suena el preludio del lúgubre final.

*

Eso es lo malo: equivocar la senda,

creer que el mundo es dulce como un manjar divino,

creer que el tiempo espera la cosecha

para luego segar la última espiga inútil;

pero en vano esperamos de rodillas

con nuestros ojos implorando al cielo.

*

Oh, cuán agotadora jornada de silencio en este mundo,

de silencio por todas partes,

en sobres prisioneros, en mantos húmedos,

en rincones desiertos, cada día

vigilando la duda y la sonrisa,

acechando la espera; la sospecha

levanta su índice y nos lanza

al oscuro silencio sin final de la muerte.

*

Es el sistema del Destino, su reparto de sombras

dando roncos aullidos sobre el mar.

redactando panfletos de instrucciones de niebla.

estableciendo direcciones bajo el cielo

para el hombre que clama sin reposo.

*

Porque ya no hay reposo para nadie.

ni de tortura y sombra, ni de llanto;

no hay reposo en el sueño ni en la duda

de creer o dudar, o en el silencio

que protege, o en la palabra inútil

que solo sirve para festejar cruces caídas.

*

Por eso la fatiga se establece

a nuestro alrededor, girando ciega,

organizando el refugio que resguarda nuestros pasos,

y son innumerables los despojos de su festín sombrío,

de su combate decisivo sin rencor.

Entonces esta oscura silueta reflejada

de alegoría eternamente inútil.

*

Este es el mundo y su color. su perfil bajo lluvia y contra llanto:

sombras chinescas de odio, gris, y estaciones frías

donde el hado preside defunciones de gritos,

tentativas frustradas, lamentos del final.

y en torbellino loco todo gira,

tropezando, cayendo, erigiendo protestas en confuso

clamor sin forma, sin ternura,

pero todo en el fondo, unido, unido

con una cuerda de oro que duramente nos aprieta.

 

3

La fotografía

[caption id="" align="alignleft" width="500"] Un ángulo de la biblioteca de Juan Alberto Peña Lebrón[/caption]

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