Revelaciones

Poemas en la primavera: Gabriela Mistral

Por Manuel Mora Serrano

Gabriela Mistral joven

Gabriela Mistral,nació enVicuña, Chile, el 7 de abril de 1889, con el nombre de Lucila María del Perpetuo Socorro Godoy Alcayaga. Lucila mostró gran vocación por la docencia. En 1904 obtuvo el cargo de profesora ayudante de la Escuela de la Compañía Baja. En 1908 se desempeñó como maestra en la ciudad de Cantera, y luego, en los Cerillos. En 1910 logró el título de Profesora de Primaria, otorgado por el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile.

Se destacan entre sus obras: Sonetos a la muerte (1914), Desolación(1922), Lecturas para mujeres (1923), Ternura (1924), Nubes blancas y Breve descripción de Chile (1934). Dedicado a su madre, que había fallecido en 1929, escribió Tala en 1938. Le siguen Antología (1941), "Lagar", obra que escribe en 1954, inspirada en muchos poemas por los horrores de Segunda Guerra Mundial, "Recados contando a Chile" (1957), y "Poema de Chile" (1967), editado luego de su muerte.

El 12 de diciembre de 1914, recibió el Primer Premio en el Concurso Nacional de Literatura "Juegos Florales" en Santiago, por "Sonetos de la Muerte", que tratan del suicidio de Rogelio Ureta, de quien estaba profundamente enamorada. Fue en este concurso donde comenzó a utilizar el seudónimo de Gabriela Mistral, en homenaje a los poetas Gabriele D’Annunzio y Frédéric Mistral.

El 10 de diciembre de 1945 se convirtió en la primera latinoamericana en recibir el Primer Premio Nobel de Literatura, de manos del Rey Gustavo V, de Suecia.

El Doctorado Honoris Causa del Mills Collage of Oakland, California, le fue concedido en 1947, y en 1951, recibió el Premio Nacional de Literatura.

El cáncer puso fin a su vida, el 10 de enero de 1957, en Nueva York.

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Poemas de Gabriela Mistral

 

Balada

 

Él pasó con otra;

yo le vi pasar.

Siempre dulce el viento

y el camino en paz.

¡Y estos ojos míseros

le vieron pasar!

El va amando a otra

por la tierra en flor.

Ha abierto el espino;

pasa una canción.

¡Y él va amando a otra

por la tierra en flor!

El besó a la otra

a orillas del mar;

resbaló en las olas

la luna de azahar.

¡Y no untó mi sangre

la extensión del mar!

El irá con otra

por la eternidad.

Habrá cielos dulces.

(Dios quiere callar.)

¡Y él irá con otra

por la eternidad!

Desolación 

La bruma espesa, eterna, para que olvide dónde

me ha arrojado la mar en su ola de salmuera.

La tierra a la que vine no tiene primavera:

tiene su noche larga que cual madre me esconde.

El viento hace a mi casa su ronda de sollozos

y de alarido, y quiebra, como un cristal, mi grito.

Y en la llanura blanca, de horizonte infinito,

miro morir intensos ocasos dolorosos.

¿A quién podrá llamar la que hasta aquí ha venido

si más lejos que ella sólo fueron los muertos?

¡Tan sólo ellos contemplan un mar callado y yerto

crecer entre sus brazos y los brazos queridos!

Los barcos cuyas velas blanquean en el puerto

vienen de tierras donde no están los que son míos;

y traen frutos pálidos, sin la luz de mis huertos,

sus hombres de ojos claros no conocen mis ríos.

Y la interrogación que sube a mi garganta

al mirarlos pasar, me desciende, vencida:

hablan extrañas lenguas y no la conmovida

lengua que en tierras de oro mi vieja madre canta.

Miro bajar la nieve como el polvo en la huesa;

miro crecer la niebla como el agonizante,

y por no enloquecer no encuentro los instantes,

porque la "noche larga" ahora tan solo empieza.

Miro el llano extasiado y recojo su duelo,

que vine para ver los paisajes mortales.

La nieve es el semblante que asoma a mis cristales;

¡siempre será su altura bajando de los cielos!

Siempre ella, silenciosa, como la gran mirada

de Dios sobre mí; siempre su azahar sobre mi casa;

siempre, como el destino que ni mengua ni pasa,

descenderá a cubrirme, terrible y extasiada.

Ausencia

Se va de ti mi cuerpo gota a gota.

Se va mi cara en un óleo sordo;

se van mis manos en azogue suelto;

se van mis pies en dos tiempos de polvo.

¡Se te va todo, se nos va todo!

Se va mi voz, que te hacía campana

cerrada a cuanto no somos nosotros.

Se van mis gestos, que se devanaban,

en lanzaderas, delante tus ojos.

Y se te va la mirada que entrega,

cuando te mira, el enebro y el olmo.

Me voy de ti con tus mismos alientos:

como humedad de tu cuerpo evaporo.

Me voy de ti con vigilia y con sueño,

y en tu recuerdo más fiel ya me borro.

Y en tu memoria me vuelvo como esos

que no nacieron ni en llanos ni en sotos.

Sangre sería y me fuese en las palmas

de tu labor y en tu boca de mosto.

Tu entraña fuese y sería quemada

en marchas tuyas que nunca más oigo,

¡y en tu pasión que retumba en la noche,

como demencia de mares solos!

¡Se nos va todo, se nos va todo!

Volverlo a ver

¿Y nunca, nunca más, ni en noches llenas

de temblor de astros, ni en las alboradas

vírgenes, ni en las tardes inmoladas?

¿Al margen de ningún sendero pálido,

que ciñe el campo, al margen de ninguna

fontana trémula, blanca de luna?

¿Bajo las trenzaduras de la selva,

donde llamándolo me ha anochecido,

ni en la gruta que vuelve mi alarido?

¡Oh, no! ¡Volverlo a ver, no importa dónde,

en remansos de cielo o en vórtice hervidor,

bajo unas lunas plácidas o en un cárdeno horror!

¡Y ser con él todas las primaveras

y los inviernos, en un angustiado

nudo, en torno a su cuello ensangrentado!

Pinares

El pinar al viento

vasto y negro ondula,

y mece mi pena

con canción de cuna.

Pinos calmos, graves

como un pensamiento,

dormidme la pena,

dormidme el recuerdo.

Dormidme el recuerdo,

asesino pálido,

pinos que pensáis

con pensar humano.

El viento los pinos

suavemente ondula.

¡Duérmete, recuerdo,

duérmete, amargura!

La montaña tiene

el pinar vestida

como un amor grande

que cubrió una vida.

Nada le ha dejado

sin poseerle, ¡nada!

¡Como un amor ávido

que ha invadido un alma!

La montana tiene

tierra sonrosada;

el pinar le puso

su negrura trágica,

(Así era el alma

alcor sonrosado;

así el amor púsole

su brocado trágico.)

El viento reposa

y el pinar se calla,

cual se calla un hombre

asomado a su alma.

Medita en silencio,

enorme y oscuro,

como un ser que sabe

del dolor del mundo.

Pinar, tengo miedo

de pensar contigo;

miedo de acordarme,

pinar, de que vivo.

¡Ay!, tú no te calles,

procura que duerma;

no te calles como

un hombre que piensa.

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La fotografía

Pinos en Casa Vieja, Los Cachones, Castillo


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