Desde Israel

Pobre Obama

Por Uri Avnery

POBRE OBAMA, lo compadezco.

Justo en el momento de inicio de su encuentro con la historia, hizo “El discurso en El Cairo”. Un gran discurso. Un discurso inspirador, edificante.

Habló con los jóvenes educados de la capital egipcia. Habló sobre las virtudes de la democracia, el futuro brillante que le espera a un mundo musulmán liberal y moderado.

Hosni Mubarak no fue invitado. Esa fue la pista de que él constituía un obstáculo para ese mundo nuevo y brillante.

Tal vez la pista fue tomada en cuenta. Quizás el discurso sembró la semilla de la primavera árabe.

Probablemente, Obama no estaba consciente de la posibilidad de que la democracia, la democracia virtuosa, conduciría a un gobierno islámico. Trató de acercarse tímidamente, con delicadeza a los Hermanos Musulmanes, después que estos ganaron las elecciones. Pero, probablemente, al mismo tiempo, ya la CIA estaba planeando el golpe militar.

Así que ahora estamos exactamente donde estábamos los días antes del discurso: con dictadura militar despiadada.

Pobre Obama.

AHORA TENEMOS un problema similar en Siria.

La Primavera Árabe engendró una guerra civil. Más de cien mil personas ya han sido asesinadas y el número crece con cada día que pasa.

El mundo estaba mirando pasivamente. Para los judíos, era un recordatorio del holocausto, cuando, según la lección que todo niño y niña aprende en la escuela de aquí, "el mundo miraba y guardaba silencio."

Eso, hasta hace unos pocos días. Algo ha ocurrido. Se ha cruzado una línea roja. Han utilizado gas venenoso. La humanidad civilizada exige acción. ¿De quién? Del Presidente de Estados Unidos, por supuesto.

Pobre Obama.

HACE ALGÚN tiempo hizo un discurso, otro de esos discursos, en el cual trazó una línea roja: ni armas de destrucción masiva, ni gas venenoso.

Ahora parece que cruzaron esta línea. Se ha empleado gas venenoso.

¿Quién haría algo tan terrible? Ese tirano sangriento, por supuesto, Bashar al-Assad. ¿Quién más?

La opinión pública estadounidense, la opinión pública, de hecho, de todo el Occidente exige acción. Obama ha hablado, por lo que Obama debe actuar. De lo contrario, se confirmará la imagen que tienen de él en muchos lugares: La imagen de un cobarde, un flojo, un hablador que no actúa.

Esto le haría daño a su capacidad para poder alcanzar cualquier cosa, incluso en asuntos muy lejos de Damasco: en la economía, la salud, el clima.

El hombre se ha llevado a sí mismo en una esquina. La necesidad de actuar se ha convertido en algo primordial; la pesadilla de un político.

Pobre Obama.

SIN EMBARGO, ciertas interrogantes sacan la cabeza.

En primer lugar, ¿quién dice que Assad lanzó el gas?

La lógica pura parece desaconsejar esta conclusión. Cuando ocurrió, un grupo de expertos de la ONU, nada tontos por cierto, estaban a punto de investigar las sospechas de una guerra química en el terreno que se produjo. ¿Pero por qué un dictador en su sano juicio aportaría las pruebas de una infracción? Aunque pensara que esa evidencia pudiera ser eliminada con el tiempo, él no podría estar tan seguro. Podrían delatarlo los equipos muy avanzados.

En segundo lugar, ¿qué podría lograr con armas químicas que no pudiera alcanzar con armas convencionales? ¿Qué ventaja estratégica o incluso táctica le ofrece que no pudieran proporcionarle otros medios?

El argumento para refutar esta lógica es que Assad no es lógico, que no es normal; no es más que un déspota loco que vive en su propio mundo. ¿Lo es? Hasta ahora, su comportamiento ha demostrado que es tiránico, cruel, carente de escrúpulos. Pero no está loco. Al contrario, es calculador, frío. Y está rodeado por un grupo de políticos y generales que tienen todas las de perder, y que, particularmente, parecen tener mucha sangre fría.

Además, últimamente el régimen parece estar ganando. ¿Por qué correr el riesgo?

Sin embargo, Obama debe decidir sobre si los ataca sobre la base de lo que parecen ser pruebas muy concluyentes. El mismo Obama que vio la evidencia mendaz aportada por George Bush hijo para justificar el ataque a Irak ‒un ataque al cual Obama, con todo crédito, se opuso desde el principio‒ ahora está en el otro lado.

Pobre Obama.

¿Y POR QUÉ gas venenoso? ¿Qué es tan especial, eso de la línea roja y todo lo demás?

Si me van a matar, no me importa si es con bombas, obuses, ametralladoras o gas.

Es cierto que el gas tiene algo de siniestro. La mente humana rechaza lo que envenena el aire que respiramos. Respirar es la necesidad humana más elemental.

Pero el gas venenoso no es ningún arma de destrucción masiva. Mata como cualquier otra arma. No se puede equiparar con las bombas atómicas utilizadas por Estados Unidos en Hiroshima y Nagasaki.

Además, no es un arma decisiva. No cambió el curso de la Primera Guerra Mundial, cuando fue utilizado en forma extensiva. Incluso, ni siquiera los nazis le vieron ningún uso en la Segunda Guerra Mundial ‒y no sólo porque Adolf Hitler fuera “gaseado” (y cegado temporalmente) por gas venenoso en la Primera Guerra Mundial.

Pero después de haber trazado la línea roja del gas venenoso en la arena siria, Obama no podría ignorarlo.

Pobre Obama.

SIN EMBARGO, la razón principal para la dilatada vacilación de Obama es de un orden muy diferente: se ve obligado a actuar en contra de los verdaderos intereses de los Estados Unidos.

Assad puede ser un tremendo hijo de puta, sin embargo, funciona para los objetivos de EE.UU.

Durante muchos años la familia Assad ha apoyado el statu quo en la región. La frontera entre Siria e Israel es la frontera más tranquila que Israel ha tenido, a pesar del hecho de que Israel ha anexado territorio que pertenece, indiscutiblemente, a Siria. Es cierto que Assad utiliza a Hezbola para provocar a Israel de vez en cuando, pero no constituye una amenaza real.

A diferencia de Mubarak, Assad pertenece a una secta minoritaria. Y a diferencia de Mubarak tiene tras de sí un partido político fuerte y bien organizado, con una ideología auténtica. El partido Baaz ("Resurrección"), nacionalista panarabista, fue fundado por el cristiano Michel Aflaq y sus colegas, principalmente, como un baluarte contra la ideología islamista.

Al igual que la caída de Mubarak, la caída de Assad conduciría muy probablemente a un régimen islámico más radical que la Hermandad Musulmana egipcia. El partido hermano sirio siempre fue más radical y más violento que el movimiento matriz egipcio (tal vez porque el pueblo sirio es por naturaleza de una disposición mucho más agresiva.)

Por otra parte, forma parte de la naturaleza de una guerra civil que los elementos más extremos lleguen al poder, porque sus combatientes son más decididos y más abnegados. Sin importar el volumen de la ayuda extranjera, no podrá apuntalar a la sección moderada y secular de los rebeldes sirios con fuerza suficiente para que ellos se hagan cargo del poder, después de Assad. Si el Estado sirio se mantiene intacto, será un estado islámico radical. Sobre todo si hay elecciones libres y democráticas, como la hubo en Egipto.

Tal como se ve desde Washington D.C., esto sería un desastre. Así que aquí tenemos la curiosa imagen de Obama, impulsado por su propia retórica para atacar a Assad, mientras la totalidad de sus propias agencias de inteligencia trabajan horas extras para impedir una victoria de los rebeldes.

Como alguien escribió recientemente, es en el interés de Estados Unidos que la guerra civil siga eternamente, sin que gane ningún bando. Prácticamente todos los líderes políticos y militares israelíes dirían: Amén.

Así, desde el punto de vista estratégico de EE.UU., cualquier ataque contra Assad debe ser mínimo, un simple pinchazo que no pondría en peligro al régimen sirio.

Como ya se ha señalado, el amor y la política resultan ser extraños compañeros de cama. Por el momento, una extraña variedad de poderes está interesado en la supervivencia del régimen de Assad: EE.UU., Rusia, Irán, Hezbolá e Israel. Sin embargo, Obama está siendo empujado a atacarlo.

Pobre Obama.

TRATANDO DE entender la mentalidad de la CIA, yo diría que, desde su punto de vista, la solución egipcia también es la mejor solución para Siria: derrocar al dictador y poner a otro dictador en su lugar. Dictaduras militares para todos en la región árabe.

No es la solución con la cual a Barack Obama le habría gustado estar asociado en los libros de historia.

Pobre, pobre Obama.

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