Mundo de la Vida

Persuadir, convencer, obligar

Por Roque Santos

Ahora que, según los órganos oficiales, nos acercamos a la “frontera de la transmisión comunitaria” del Covid-19 está claro que las discusiones inútiles, como suelen llamarles a las cuestiones filosóficas y teóricas, podrían resultar las más útiles o, al menos, estarían detrás de decisiones vitales en estos momentos de emergencia sanitaria.

Digo esto a propósito de los términos persuadir, convencer y obligar. Estos verbos indican acciones para las cuales es necesario un decir dentro de un contexto comunicativo. Al decir, en el marco de un contexto, es necesario tomar en cuenta el auditorio receptor del acto comunicativo. De este modo, quien emite el mensaje sabrá usar los medios adecuados para que su mensaje tenga el efecto deseado en el receptor. En términos de John Austin el acto locucionario (el decir) tendrá una intención o fuerza intencional (acto ilocucionario) lo que permitirá producir determinado efecto en otros (acto perlocucionario). Es cierto, las consecuencias del decir si bien están previstas no necesariamente la respuesta del auditorio será la esperada.

Regularmente suelen contraponerse convencer y persuadir y se deja de lado la acción de obligar. Los dos primeros actos ilocutivos se suelen diferenciar por el mecanismo interpuesto para lograr sus fines. Así se dice que “convencer” es dar argumentos lógicos para que el receptor adopte una idea o un punto de vista respecto a tal o cual realidad y que, por el contrario, persuadir es usar “otras estrategias”, regularmente ligadas a lo afectivo, para llevar al interlocutor a realizar un acto querido por el emisor. En este sentido, no se trata ya de un “dar razones para” sino de un “llevar a” por mor de los afectos. Si se quiere, la clave de la persuasión está en hacerle creer al interlocutor de que la intencionalidad del acto proviene de su fuero interno, de sus deseos más íntimos, sin que logre ver que en realidad proviene desde fuera. Por ejemplo, en el discurso amoroso la intencionalidad del amante es captar los favores de la amada; en este sentido el discurso lógico y argumentativo podría no surtir los efectos deseados, no se concretizaría el acto recurriendo a meras formas lógicas de razonamiento, de ahí la necesidad del apelo emocional como vía “alógica” para que “llevar a” sea idéntico a “razones para”. Véase que en el último caso se está convencido de que lo intencionado por el otro es lo que se quiere por y para sí mismo.

Estas elucubraciones de filosofía del lenguaje a partir de Austin permiten explicar por qué hubo un sector de la población que, en los primeros días del toque de queda, le hizo caso omiso a la consigna del distanciamiento social o, en términos más emocionales, al “#Quédate en casa”. Observemos que este sector es mayoritariamente joven y en edad productiva. La razón última no estuvo en la poca o ninguna educación ya que muchas personas con niveles de escolaridad bajos permanecieron en sus casas acatando de este modo la intencionalidad de la política de las autoridades.

La razón última está en el desafío a la muerte, la relativización de lo poco al carecer de mucho. Esto es, quien poco tiene que perder, poco teme. Bajo esta premisa, resultan poco acertadas las razones dadas para convencerles de que es importante el distanciamiento social para que el factor de infección decrezca o se mantenga en un rasgo manejable por el sistema sanitario. De igual forma, resulta una empresa sin frutos establecer mecanismos de persuasión ligados a la estima de sí o el cuidado del otro. La noción de alteridad y responsabilidad social resultan muy abstractas para el corazón.

Aquí es cuando el convencimiento y la persuasión deben realizarse por la fuerza pública. La coerción de la fuerza pública se impone por encima de mis afectos o de mis convicciones lógicas. Ya no se trata de mi interés, sino del interés colectivo. Puede que la fuerza pública, note que no he dicho en ningún momento violencia pública que es el ejercicio extremo y legítimo de aquella, me obligue a acatar una orden de la que no estoy convencido o los mecanismos de persuasión utilizados no han sido eficaces. En uno u otro caso, resta solo obligar y obedecer .

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