Un marinero, de esos de Siete Mares, Capitán de barco, previó el enorme peligro que corrían su embarcación y sus tripulantes. Sabio y responsable, como la vida le había enseñado, logró colocar a cada uno de ellos en los botes salvavidas y, como siempre supo que sería, se quedó de último a morir junto a sus viejos maderos, aguantando hasta el final su timonel. Cantaba mientras ya no encontró donde más colocar su esqueleto.

Una Sirena, perdidamente enamorada del bello canto, no pudo resistir romper el mandato divino y el hechizo y salvó al capitán, ya sin respiro, ya casi sin vida. Y le depositó en la arena, de donde no se movió hasta verlo retomar la vida.

El Capitán la vio al abrir los ojos y fue su amor cosa de segundos "quédate conmigo", le dijo "vivamos para siempre" ella, llorando amargamente, le cantó la triste, irremediable verdad "no es posible".

2

“No es posible”, se repetía indolentemente en su cabeza todo ese largo tiempo que tuvo que permanecer en tierra. Desacostumbrado, tropezando en lo plano, perdido su vaivén, sus olas rizadas o calmas. El inacabable, tedioso juicio donde unos “expertos” pretendían demostrar que no podía ser, que algo raro se escondía, que no cuadraban los testimonios de los marineros con la extraña coincidencia de que aun tuviera vida. Si no le hubieran salvado, el Seguro no tendría que pagar. Era viudo y nunca tuvieron hijos. Nadie quien reclamara.

Ya en el clímax de la absurdidad, sus abogados sin mayores argumentos, el juicio a punto de ser declarado un limbo, imposible de consumarse, dijo la única verdad posible: “me salvó una Sirena” volviendo él, irremisiblemente, a ese momento tan aciago de verla desaparecer en el océano, dejándolo en la arena, con vida pero sin ella. Mientras escuchaba, como en sordina, la algarabía de los otros que llegaban en los botes salvavidas. “No es posible” le retumbaba aun en la memoria.

Lo dijo tan bajito, lo de ser salvado por la Sirena, que sólo sus abogados escucharon y, astutamente, el más joven, el más aguerrido, el que más necesitaba ganar ese juicio, no solo por el dinero, por el prestigio, lo cambió todo. “Los Delfines, claro, los Delfines”

No hizo falta nada más. Ya sea por el tedio, el aburrimiento del Juez; ya sea porque los abogados demostraron sin mácula que sí era posible, sacando cientos de ejemplos, verdaderos o inventados, en los que los Delfines habían sido claros aliados de los humanos; ya sea porque los abogados de la Aseguradora no tuvieron mejores argumentos, esta no tuvo más remedio que cumplir.

3

Sin prisa, eso sí. Años habían pasado cuando finalmente logró tener en sus manos el muy respetable fajo de dinero. Tiempo más que suficiente para urdir, consensuar, amasar, su plan. Se había pasado los dos años y medio que duró el juicio, en su vieja casita de la playa, la que le servía de refugio en los pocos días fuera de La Mar. Las olas lo suficientemente cercas como para no perder su ir y venir, su baile. Paseando por el puerto; hablando con los viejos amigos; con sus antiguos marineros; tomándose tragos en la ruidosa taberna; comiendo cualquier cosa.

Invariablemente se detenía junto al barco de pesca al que le había echado el ojo. Antiguo pero reformado: fuertes maderos, dos modernos motores diesel, porta-redes eléctricas, planta de diez kilos, frigoríficos. Lo había cotejado bien en sus paseos. Comprarlo fue mero trámite entre viejos lobos de mar.

Algunos de su antigua tripulación, se le acercaron a ofrecer sus servicios, viéndolo repletar el barquito de alimentos, herramientas, aperos marinos, combustible, como si fuera a un largo viaje. No los necesitaba, les dijo, pensaba vivir en el bote. Vendió la casita de la playa con todo y muebles y, efectivamente, se fue a vivir al pesquero.

4

Una madrugada, sin testigos, salió al viaje del cual no pretendía volver. Recordaba perfectamente la zona, el pedazo de mar de su desgracia o de su suerte. Tenía todo el tiempo del mundo para esperar. Echaba la red parsimonioso, siempre cantando aquella melodía, constataba su temblor y la subía para luego devolver lo que traía y que no le interesaba. Sin descanso, navegando en círculos, un poco más lejos, un poco más cerca. Era el mar su hábitat, lo sabía pero también sabía que los seres, humanos o marinos, preferimos ciertas zonas donde pasar nuestros días y nuestras noches, por algo era capitán de barco, pescador en los Siete Mares.

Así que no fue sorpresa – ya sus viejos ojos de marinero cansado, habían visto su silueta, su cabellera, surcar las cercanías del bote – despertarse de su medio sueño al percibir los pequeños y suaves tirones en la cuerda de la red, siempre entre sus dedos.

El corazón le dio un vuelco, ahí estaba ella, chorreando agua marina sin edad. Atropelló las palabras, explicándole cómo zafar los nudos de la cuerda, cómo no quedar prisionera sin quererlo y ella se rió, no solo de su torpeza. De cierto que no sabía que ese era su oficio: liberarse y liberar a sus co-marítimos de las muchas redes humanas. Esta era una, sin embargo, difícil de romper: quería a este hombre. El Capitán que no había escuchado nunca el cristal de su risa, quedó perplejo con melodía tan sublime, tan encantadora.

5

Lo demás, también fue mero trámite entre conocidos, entre amantes. Superada la sorpresa, el brincar de su pecho, le detalló todo su plan. La Sirena comprendía, sin hablar. Escuchaba y lo dejaba hacer. Se quedaba largos ratos con él, lo acompañaba, oía sus palabras y se arrobaba con su cantar, áspero, ronco, distinto. Luego, cuando aclaraba, un poco reseca su piel, corta la respiración, le pedía que la bajara y se perdía en la inmensidad del océano.

Siempre volvía, sin poder evitarlo, triste, cada vez más. “No es posible”, repitió una noche, “tu no conocerás nunca mi mundo, yo no puedo vivir en el tuyo”

El Capitán, como si hubiera esperado su replica, soltó ancla, bajó a la sala de máquinas, subió, no sin esfuerzo, dos tanques de oxígeno, colgados en el brazo izquierdo, ataviado un poco ridículamente, en ropa apropiada para el buceo, enorme escafandra, lámparas submarinas, chapaletas, pló, pló.

“Vamos” le dijo, terminando de asegurar los tanques en la espalda y dejándose caer de revés por la borda. Ella lo siguió muy divertida, logrando hermoso clavado y con su risa de cristal hendiendo el aire, los mares.