El 160 aniversario de la anexión a España, ocurrida el 18 de marzo de 1861, sepultura de nuestra patria naciente, encuentra nuevamente a la opinión pública nacional en actitud de impugnación histórica ante la controvertida figura de Pedro Santana.

En la ocasión, se anuncia que un nuevo proyecto de ley será sometido al Congreso Nacional, encaminado a disponer que sus despojos mortales sean sacados  del Panteón Nacional, proyecto que de convertirse en ley anularía el decreto 1383 del 24 de octubre de 1975, mediante el cual el entonces presidente Balaguer dispuso tan controversial medida, tardíamente ejecutada, el 23 de julio de 1978, faltando menos de un mes para entregar el poder a su sucesor don Antonio Guzmán.

Aun hoy, transcurridos 162 años de su muerte ¿natural o autoinfligida?, resulta poco menos que imposible analizar las actuaciones de Santana al margen de la encendida pasión que las mismas suscitan.

Y es que la controversia hunde sus raíces en la primigenia formación de la Republica.

Así consta en uno de los primeros documentos escritos por opositores desde Nueva York, en 1856, titulado “Vida política de Pedro Santana, actual Presidente de la Republica Dominicana”,  en el que, entre otros juicios en su contra, se señala: “Santana, de pastor oscuro y bodegonero, se lanza a la vida pública bajo la calidad de miembro del Cuerpo Municipal; y procurando a fuerza de manejos e intrigas el puesto de coronel de milicia, aspirando  al mismo tiempo a la gobernación del Seibo, hace memoriales al gobierno en nombre del pueblo y busca signatarios que apoyen sus deseos”.

Es ese el mismo Santana que a, decir de Rosa Duarte, en mayo de 1843 “era Jefe de los afrancesados (como hombre de espada y de prestigio en el pueblo del Seibo…” y que alcanza indiscutibles lauros militares en las campañas de la primera República, hasta el punto de que alguien tan poco sospechoso de santanismo como Emiliano Tejera llega a afirmar que: “Los triunfos de Santana en Azua y de Imbert en Santiago permitieron la constitución de la Republica. Pierrot y los demás enemigos de Rivière hicieron el resto”.

Es el Santana asesorado por Bobadilla y que también manda a deportar a Bobadilla, conminando al Congreso de entonces a decidir en torno a la medida en plazo perentorio.

Es el Santana que alababa Galván y vituperaba José Gabriel García en aguda polémica iniciada en 1889.

Y seria ese mismo Santana el que, andando el tiempo, erigido ya en árbitro indiscutible de los destinos nacionales durante la Primera República, comete la ignominia de enviar a Duarte y su familia al ostracismo, expulsándolos a perpetuidad mediante decreto del 22 de agosto de 1844, aunque consta históricamente que su primera intención era el fusilamiento del Padre de la Patria, a lo que se opone el acaudalado comerciante de origen judío Abraham Coen.

Y es el Santana que, en el primer cumpleaños de la patria, condena a pena capital a la tía del Patricio Francisco del Rosario Sánchez, doña María Trinidad Sánchez, a su sobrino Andrés, a José del Carmen Figueroa y Nicolás de Barias y a otros luchadores por la causa independentista, y el que el 23 de diciembre de 1847 fusila a José Joaquín Puello y a su hermano Gabino, junto a Pedro de Castro y Manuel Trinidad Franco.

Y es el Santana que el 2 de abril de 1849, convaleciente en el Seibo, ante el asedio de las poderosas tropas de Soulouque, conformada por 18, 000 efectivos, es llamado por el Congreso para ponerse al frente de las tropas que en su lar nativo pudiera concentrar. Es el Santana de Sabana Buey, Las Carreras y el Número.

Y es el Santana que se revela contra el presidente Jiménez y se rehúsa a acatar sus órdenes de entregarle el mando a Duvergè en mayo de 1849 y es a quien el 18 de julio del mismo año el Congreso declara “Libertador de la Patria” y hace colocar su retrato en el Palacio Nacional junto a los de Colon y Sánchez Ramírez.

Y es el Santana a quien Francisco del Rosario  Sánchez llama “Padre del Pueblo” en marzo de 1853; a quien el Congreso entrega una espada empuñada en oro en febrero de 1853 con la inscripción “La Patria agradecida a su ilustre fundador” y le entrega “16,000 pesos fuertes por una sola vez como tenue reparación de sus sacrificios pecuniarios ”y es a quien Mella presta sus servicios diplomáticos diligenciando el reconocimiento y protectorado de España en 1854.

Y es el mismo Santana que comete el aborrecible fusilamiento de Duverge y su hijo Alcides y demás valerosos dominicanos en 1855.

Y es el Santana que, contra la demostrada determinación del pueblo dominicano de preservarse libre e independiente, atormentado por los miedos y fantasmas de su traumatizada psique, opta, consecuente con su falta de fe en nuestra autodeterminación, reincorporar la Republica al poder colonial español.

Y es el Santana que termina fusilando a Sánchez, tal como lo hiciera con su tía diez y siete años antes; a quien combate Mella en la ardorosa campaña restauradora.

Y es el Santana, reivindicado por el Trujillismo, al que  jóvenes ilustrados de entonces alaban, entre otros, Peña Batle y Goico Castro y de quien diría Don Emilio Rodríguez Demorizi, uno de los más encumbrados patriarcas de la  historiografía nacional,  que “mientras más lo conocía más lo admiraba”.

Fue por cierto don Emilio quien escribió desde Roma en 1952, que “la tradición seguirá diciendo: Duarte, Sánchez y Mella, y seguiremos escuchando fervorosos esos mágicos nombres. Pero la crítica histórica, poniendo de un lado el pensamiento y del otro la acción, extremos de toda empresa, reducirá esta gloriosa trilogía a este simple binomio: Duarte y Santana”.

Y es el Santana que mereció los juicios encontrados de lo más granado de la intelectualidad nacional en la famosa encuesta convocada por El Caribe en 1956.

Y es el Santana a quien Balaguer denigraba en conferencia en 1961 y diez y siete años después -como quien en pose angelical parecía luchar contra religiosos escrúpulos- lleva al Panteón Nacional.

Es el Santana que cercena nuestra joven nacionalidad y quien el 4 de octubre de 1863 escribe al ministro de Ultramar de España reconociendo que la guerra restauradora fue la reacción del pueblo dominicano ante “impremeditadas disposiciones locales, que resintieron las costumbres y veneradas tradiciones; de la tirantez con que se impuso un régimen de contribuciones aflictivas; de los embarazos que se crearon en la administración de justicia y de la intolerancia del Arzobispo Monzón”.

Es el Santana que los liberales denigran y los conservadores defienden. Y es ante esa innegable disyuntiva ante la que ha de colocarse con ecuanimidad y perspicacia el historiador profesional, quien ante todo y sobre todo tiene la alta responsabilidad  de comprender y explicar el pasado.

Queden para otros las diatribas y epítetos denigrativos. Y que aflore el sereno y competente juicio de la historia para que resplandezca la verdad. Sin prejuicios ni estridencias, como conviene al debate respetuoso y de altura.