Cuando el poeta, narrador e historiador Pedro Mir  escribió La noción de período de la historia dominicana (1993, 3 vols., Col. Historia y Sociedad, Universidad Autónoma de Santo Domingo, 807 Págs.), pensó también en un cauce textual, un ensayo novelesco, un texto experimental: Cuando amaban las tierras comuneras (Ed. Siglo XXI, México, 1978). Este proceso que asimila historia, literatura, ficción y política se plantea el imaginario histórico y poético desde una experiencia vocalizadora y procuradora  de formas en la cardinal del sentido político insular.

La inscripción colonial se piensa, en este caso, como elemento épico, narración acentuada como texto seminal que se abre a través de una suma de voces oprimidas y expresivas. Las funciones y bordes de una escritura que se pronuncia como historia y discurso, participa también de los ecos socioculturales emblematizados a partir de un universo de formas, signos, objetos reales y abstractos, revisados y analizados por la historiografía dominicana, caribeña y latinoamericana. América, la isla Hispaniola, Santo Domingo, República Dominicana y Haití, siguen siendo al día de hoy fórmulas impuestas por el sujeto dominante, por la acción metropolitana dominante y por una travesía legal europea cuya pedagogía política, histórica y cultural ha figuralizado todo un cuerpo económico, historiológico, poético, político, y religioso instruido  por una base intencional dominicana procuradora de valores etno-socio-culturales.

La hazaña crítica, historiográfica y narrativa legible en La noción de período en la historia dominicana, se aplica desde una tensión que empieza con el descubrimiento-encubrimiento de la isla, se desarrolla como práctica de explotación desde el siglo XVI hasta los siglos XVII, XVIII y comienzos del XIX y se presentifica como estrategia a mediados y a finales del siglo XX.

Los comienzos del siglo XX se caracterizaron en el “insulario” caribeño por una visión de la historia leída a través de signos, objetos, contratos, leyes, apoyos, adheridos a un guión político establecido y conformado por todo sujeto administrativo, político, económico y cultural. La periodización de Pedro Mir sería puesta en discusión si admitimos que toda cronología o misión política goza del beneficio de la historia como espacio de  libertad y dominación.

La vida isleña comienza con la prehistoria  la protohistoria y su rutario geohistórico, para cumplir con la materialización de la historicidad propiamente dicha. La historia, según Pedro Mir, es una conjunción continental donde también cobra valor la misma historia del pueblo dominicano. Pero desde allí entramos a la narrativa imperial o función de los poderes reales y posibles. El nacimiento del pueblo dominicano es lo que destaca un historiador como Franklin Franco que sostiene como acción y relato el vínculo inter-étnico, perteneciente a la temática épico-lírica de la creación verbal. Se trata, como muy bien lo señala Mir en La noción de período… (vol.3), de “La era imperialista” que ya para la década de los 70 del siglo XIX era una realidad normada por el capital y la conformación de estructuras sociales e ideológicas dominantes en la sociedad dominicana, caribeña y latinoamericana.

Aquello que destaca nuestro autor en las 807 páginas de La noción de período… es justamente la historia de la sociedad dominicana con sus antecedentes y consecuentes crítico-sociales. La crítica del autor  a la gobernabilidad, gobernanza, gobernación, bio-insularidad, desgobierno o gobiernos insulares, no deja de precipitar y a la vez interpretar el orden y la acción de una visible legibilidad crítica en su obra, que de paso, traduce el caos o el orden de la sociedad dominicana moderna regida por el capital, sus metáforas, símbolos e imágenes.

La coherencia temática mostrada por nuestro autor está en la relación poesía-historia, poesía-poética y poesía-sujeto.  Para Pedro Mir la poesía no está separada de ninguna institución ideológica. El desborde, la simetría y la representación dependen de una trama historiológica donde el procedimiento expresivo acentúa el mundo de la vida que se analiza en la obra histórica, poética y narrativa de nuestro autor.

Cuando hablamos de la raíces de las poéticas de Pedro Mir sabemos, por las cardinales de su productividad, que el autor se autoenuncia en sus obras. Pero aun así, la obra habla y el poema sigue traduciendo un trayecto temático y formal donde el texto poético se asume como consideración crítica y convergencia de producción. El poeta habla y convierte el poema en un universo, en un mundo profundizado en la poeticidad. Pero lo que se enuncia es la problemática de una elementaridad poético-vocal:

 

“No es eso solamente. Faltan hombres

para tanta tierra. Es decir, faltan hombres

Que se acuesten con la virgen cordillera y la hagan madre

después de unas canciones. Madre de la hortaliza.

Madre del pan. Madre del lienzo y del techo.

Madre solícita y nocturna junto al lecho…

Faltan hombres que arrodillen los árboles y entonces

los alcen contra el sol y la distancia.

Contra las leyes de la gravedad.

Y les saquen reposo, rebeldía y claridad…”

(Hay un país en el mundo, en Pedro Mir: Poesías (casi) completas, Ed. Siglo XXI, México, 1994, p.67)

El movimiento mismo de estas correspondencias verbales expresivas, atildan sobre el cuerpo del poema en su pronunciamiento ontológico, político y figural. Si la palabra en este trasiego se busca a sí misma para acusar la realidad, ello indica los principales índices de creación e intuición de un mundo representado, metaforizado y conjugado como lenguaje.

Así pues, el poema surge desde sus raíces y sus tiempos, anunciando sus viajes, memorias y espacios desde la aventura intelectual y sensible constituida por la llamada “secuencia de mundo”, que parte a su vez de los modos vocales y polivocales de la esfera dominicana, caribeña y latinoamericana.

En efecto, los generadores poéticos y verbales del poema, organizan los diferentes planos de la expresión y del contenido que confluyen en el mensaje poético de base. En el caso del Contracanto a Walt Whitman, la unidad expresiva y textual configura la significación como espacio del poema. La voz del yo y la voz del otro crean una diferencia conjuntiva de lo poético:

 

“Yo, un hijo del Caribe,

precisamente antillano.

Producto primitivo de una ingenua

criatura borinqueña

Y un obrero cubano,

nacido justamente, y pobremente,

en suelo quisqueyano.

Recorrido de voces,

lleno de pupilas

que a través de las islas se dilatan,

vengo a hablarle a Walt Whitman.

un cosmos,

un hijo de Manhattan.

Preguntarán

¿quién eres tú?

Comprendo.

Que nadie me pregunte

quién es Walt Whitman.

(Ver, Contracanto a Walt Whitman, op. cit. P.99)

 

La paradoja del yo-poético y del yo-poeta se afirma en la historia y el origen, creándose  de esta suerte un mundo verbal estetizado en el Contracanto…, como respuesta a un yo democrático y plural y como reconocimiento del sujeto transindividual. San Pedro de Macorís-Manhattan, conforman una mirada que genera un estado de significación dinámico y abierto:

“Y un día,

En medio del asombro más grande de la historia,

pasando a través de muros y murallas

la risa y la victoria,

encendiendo candiles de júbilo en los ojos

y en los túneles y en los escombros,

¡oh Walt Whitman de barba nuestra y definitiva!

Nosotros para nosotros, sobre nosotros

y delante de nosotros…

Recogeremos puños y semilleros de todos los pueblos

Y en carrera de hombros y brazos reunidos

los plantaremos repentinamente

en las calles de Chile, de Ecuador y Colombia,

De Perú y Paraguay,

de El Salvador y Brasil,

en los suburbios de Buenos Aires y de La Habana

y allá en Macorís del Mar, pueblo pequeño y mío,

hondo rincón de aguas perdido en el Caribe,

donde la sangre tiene cierto rumor de hélices quebrándose en el río…

¡Oh Walt Whitman de estampa proletaria! (…) (Vid. Op. cit. p.121)

 

Blandiendo el corazón de nuestros días delante de nosotros,

nosotros y nosotros y nosotros”. (Vid. P. 122)

¿Y cuál es la “palabra yo” que genera todo ese mundo conformado por la réplica-memoria y la palabra “nosotros” en el presente de la enunciación poética marcado por el “ahora” de la función expresiva?

“Nosotros y nosotros y nosotros”

La clave de un yo plural agítase como lengua, espacio y tiempo de los signos del otro, función de una historia que se expresa como pregunta y confesión:

¿Por qué queríais escuchar a un poeta?

Estoy hablando con unos y con otros.

Con aquellos que vinieron, a apartarlo de su pueblo,

a separarlo de su sangre y de su tierra,

a inundarle su camino.

Aquellos que lo inscribieron en el ejército.

Los que violaron su barba luminosa y le pusieron un fusil

sobre sus hombros cargados de doncellas y pioneros.

Los que no quieren a Walt Whitman el demócrata,

Sino un tal Whitman atómico y salvaje”. (Op. cit. p. 123)

Ciertamente, el poema-raíz se ha convertido en palabra testimonial y confesional para contribuir a una metahistoria poética. Para Pedro Mir, narrar la democracia que quiere vivir Walt Whitman es abrir las compuertas de los secretos colectivos; reconocer la dialéctica del “yo” y del “nosotros” en una visión de lo poético y lo político, liberado de lo único autorizado, estimado como sujeto imperial. El “nosotros” es lo que habla en la historia más allá del otro y más allá de mí como persona y sujeto transindividual.