Como ya hemos visto, el desarrollo del turismo se ha llevado a cabo en nuestro país explotando sus condiciones tropicales, y aprovechando una parte de su litoral marítimo configurado por excelentes playas, algunas de ellas compuestas de finas arenas blancas. Acompañan estas buenas condiciones antillanas, la ventaja de encontrarse en el corazón de la región del Caribe que, como sabemos, es privilegiada, entre otros motivos por su clima, en el que se combinan cambios extremos durante todo el año.

Por un lado, las Antillas son azotadas por vientos huracanados, época durante la cual se pueden producir eventos devastadores y, por otro lado, las condiciones se tornan benignas con jornadas de temperaturas de cierta tibieza; otras jornadas se caracterizan por sus días frescos y noches templadas; o, días de un sol radiante pero menos agresivo, y noches estrelladas y capaces de deleitar al más exigente mortal. Por estas razones, los pobladores de estas tierras, desde épocas prehispánicas hasta los tiempos presentes, han podido llevar una vida plácida, y cómoda.

Viéndolo bien, ¿a quién se le ocurriría pensar en otra cosa que no sean estas condiciones tropicales las que más incitan a pasar vacaciones, tanto a residentes como no residentes, durante casi todo el año? ¿A qué veraneante o viajero trashumante se le ocurriría venir al Caribe a disfrutar de otra cosa que no sean esas blancas arenas, aguas turquesas, y sol radiante, acompañado de bien dotadas instalaciones hoteleras y de otras atracciones no tan santas, como las que abundan en esos exclusivos centros de concentración humana?

Es así, como los dominicanos han seguido a piés juntillas los cánones que le han sido recomendados por guruses de organismos internacionales, que se regodean recomendando a veces lo que no conviene. De ahí que la segunda mitad del siglo XX se le conoce como la Era del Turismo, iniciándose la misma en las playas del Mediterráneo europeo y, más adelante, en las aguas tropicales de América. Quien piense lo contrario, que tire la primera piedra.

Nosotros, que tenemos la satisfacción de haber participado en el arranque del  turismo en nuestro país, no podemos negar estos asertos, pero aún así, hemos venido aseverando desde entonces que la exclusividad no es siempre aconsejable, que en la variedad es que está el gusto, y que nada en la vida es perdurable. De ahí que, teniendo nuestro país otros atractivos, no se pierde nada con intentar explotarlos, en similares condiciones a los que ya se publicitan; y que, además, ya lo han hecho otras plazas, tanto en el Viejo Mundo, como en el Nuevo.

Creemos que el turismo, al igual que todas las demás actividades humanas es propenso al cambio, y a las modas que van surgiendo. De ahí, que quien quita, que algún día se produzca lo inesperado, aunque sí previsto por algunos; me refiero a que al emplear su tiempo vacacional los turistas decidan modificar las costumbres locales, muchas veces impuestas, particularmente cuando hayan empleado varias vacaciones descansando y disfrutando de las arenas, no del desierto, sino de las playas tropicales, entre otras, siendo esas otras las que se esparcen por el mundo con la misma categoría climática nuestra.

Como personalmente hemos dedicado la mayor parte de nuestra vida a tratar de resolver lo que tiene que ver con el patrimonio histórico arquitectónico de nuestro país, y entendiendo, como ya lo he dicho con anterioridad, que el patrimonio cultural y el turismo se complementan para los fines de desarrollo de los países que tienen ese privilegio de tenerlo, no nos cansaremos de predicarlo.

En estos días venimos oyendo los rumores y comentarios que nos llegan, por diferentes vías, relacionados con la continuación del rescate y revalorización de la Ciudad Colonial, tal y como se venía haciendo desde finales de la década de los años sesenta, lo que me alegra y llena de satisfacción, pues, finalmente decidieron poner el carro en marcha nuevamente, por lo visto tratando de hacer lo que se había dejado de hacer por varios motivos, y con la meta enfocada en la actividad turística. ¡Enhorabuena!

No obstante, no todo luce de color rosa. Como experto en el tema, me permito sugerir, tanto a los encargados de llevar a cabo los trabajos, como a los que los financian, que tengan sumo cuidado. Que no es lo mismo crear que recrear. Que para esto es necesaria la participación de una dirección y de una mano de obra compuesta por expertos. Que hay que preguntarse, en un ejemplo de tantos, dónde encontrar los canteros que tendrán a su cargo la reparación y el relleno de los faltantes de piedra que se emplearon en las mismas construcciones a intervenir ahora. Y así sucesivamente, hay que dar las explicaciones necesarias antes de que sea tarde.

Más adelante continuaremos con el mismo tema, si es que la dirección de ACENTO nos lo permite.